EVEREST. PORQUE ESTÁ AHÍ.

Autor: Ion Berasategi.

Editorial: Desnivel.

(Por Antonio Picazo (Escritor y periodista especializado en reportajes de viaje. Crítico de literatura de viajes)

EVEREST. PORQUE ESTÁ AHÍ. Ion Berasategui.jpg

   De 40 páginas, sobran 120.

         Esta novela (Premio Desnivel 2017) rememora la escalada que, en 1924, un grupo de británicos llevó a cabo en el monte Everest. Se trata de aquella expedición fracasada en la cual perecieron los míticos Andrew Irvine y George Leigh Mallory. El libro cuenta, además de la historia de ese ascenso, otra escalada en la que, dos españoles, en el año 2013, intentaron, también sin éxito, alcanzar la cumbre del Everest.

         El relato, en sus primeras 120 páginas (tiene un total de 160) resulta anodino, plano, sin color. En ese tramo, prácticamente no ocurre nada, sí es verdad que el lector pasa algo del frío torturador procedente de la gran cordillera del Himalaya, pero, en general, el texto discurre entre las aguas de un suave aburrimiento. De esa parte se salvan algunos detalles de humor, por ejemplo, las interpretaciones que los porteadores de la expedición británica hacen de las defectuosas y delirantes traducciones del idioma inglés al nepalés, las cuales reciben de un traductor que no domina muy bien el idioma anglosajón. El argumento, pues, es mortecino carece de la pericia necesaria para hacer interesante cualquier narración. Cierto es que a lo largo de las últimas 40 páginas, las dos historias tienen una remontada interesante, un cambio de ritmo, un giro, más que una subida de tono narrativo es una resurrección, guardándose para el final una sorpresa que, bueno, hace que uno se reconcilie con el autor y la obra gracias a la enmienda de la mala deriva que, hasta ese punto, llevaba la novela. “Everest. Porque está ahí”, se levanta de su anestesia y acaba despabilando al lector que ya andaba quedándose traspuesto.

         Sin embargo el autor, a lo largo de toda la narración, sufre diversos resbalones que se suman a la impericia general del texto, por ejemplo, abusa de ese rasgo típico de los escritores a los que les falta algo de músculo redaccional: el demasiado frecuente adjetivo delante del sustantivo. También circulan por el relato algunas frases redundantes, cuando no repetitivas, así como otras impregnadas de ese incómodo barniz aguachirle que es el tópico. Todo ello, posiblemente debido a una falta de celo en el proceso de corrección, o quizá a una edición poco rigurosa.

         El título, obviamente, está sacado de aquella famosa frase que dijo Mallory cuando le preguntaron acerca de su interés especial en llegar a la cima del monte Everest: “Porque está ahí”, manifestó. Es admirable la capacidad que tienen los británicos para embaucar al mundo. Con el mismo desparpajo con que envuelven sus fracasos con el papel de regalo del éxito (como en el caso de Shacklenton), sacan punta a una supuesta genialidad sublime, cuando se trata de una frase estúpida, básica, sin imaginación, ni ingenio, ante la que, por cierto, muchos escaladores españoles se postran mientras oran y adoran tanto a la propia frase como al santo que la dijo.

        Ojo, al final de la novela, ésta cuenta con un excelente recurso, un soporte narrativo muy sugerente.

      Lo mejor:   Las 40 últimas páginas.

      Lo peor:     Las 120 primera páginas.

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