AVIÓN CLUB

Autor: Carlos Santos
Editorial: Las esfera de los libros

Alguien voló sobre un avión.

Por Antonio Picazo. (Escritor y periodista especializado en reportajes de viajes. Crítico de literatura de viajes).

avic3b3n-club-carlos-santos.jpg

          “Avión Club” es una novela que cuenta con un gran punto de enganche: un relato evocador, especialmente dirigido a los que conocimos aquel tan especial e inolvidable bar madrileño, el Avión Club. La lectura del libro supone un trayecto a través de un tiempo pasado y rebozado de nostalgia.

       Pero cuando alguien (como es mi caso) fundamentalmente se interesa por este relato, sobre todo por lo que significa recordar las escenas del bar Avión, la crónica ochentañera que acompaña al libro no es más que un colchón amortiguador de todas las memorias entrañables que se destilaron en aquel local de la calle Hermosilla, nº 99. Porque todas las cosas que ocurrieron en España en la década prodigiosa están aquí tratadas como si fuesen un cierto catálogo, una lista de hechos archiconocidos y archisabidos, no hay nada especialmente novedoso. En cambio, a los que, por juventud, esa misma crónica de los años 80 (S. XX) puede serle útil, informativa, o enseñarle y aportarle algo, les supone que lo que se cuenta respecto del bar, les va a sonar como a paisaje lejano, desconocido, a historia sin poso ni reposo, en fin, dos de los componente que soportaban la médula del Avión.

           Se trata, pues, de un testimonio del Madrid de la transición y de los primeros rodajes de la democracia, muy al estilo de Francisco Umbral, aunque claro, contado con más modestia literaria, con una ideología de izquierda suave, como de barra de bar, social y políticamente correctísima, si acaso llena de expresiones quizá demasiado sabidas.

          La libertad que oxigenó aquella sociedad cubierta de pelusa, en el libro se expresa simbólicamente, creo, mediante lo mucho que bebían los clientes del Avión (los que aparecen en el libro), y lo mucho que fumaban todo tipo de componendas, sus muchas y largas juergas –parece que ninguno de ellos trabajaba -y no, trabajaban- ni tenía que levantarse temprano -y sí, se levantaban pronto, lo que pasa es que dormían poco– y lo mucho que se restregaban, y a la postre se aliviaban, los calores reprimidos por las circunstancias preochentistas. El fundamento de la verdadera libertad que trajo el tiempo de la transición y su rodaje democrático, su nueva perspectiva social, pienso que, con tanto realismo de trasnoche, con tanta bohemia de birras y canutos, la década prodigiosa queda aquí un tanto reducida.

           La figura central de la novela es César, el legendario pianista que casi cada noche tocaba las piezas propias que se solían interpretar en semi garitos tales como el Avión. Pero ese personaje está visto y tratado de una manera, sí, definida pero que no coincide exactamente con la imagen que yo guardo de este hombre. Se dice que sonreía con cierta facilidad, yo nunca lo vi sonreír, mucho menos reír. Es más, solía tener un semblante ausente y, si se me apura, algo amargado.

         También se perfila a un César acomodado que tiene hasta ama de llaves, yo lo recuerdo como un tipo de aspecto de pensionista modesto, con ropa muy usada, prácticamente raída. Eso, además de feo, de rostro color pajizo (propio de quien vive de y en la noche). Sin embargo, el contorno que se le da en el relato es el de un hombre atractivo, vivaz, hasta jovial, casi joven y galán. Si se tiene la imagen real de César, ese viejo que, como Tierno Galván, –al que varias veces se menciona en el libro– siempre fue viejo, desde luego no es muy creíble el flirt que se trae con Julia, una joven que por mucho prurito que tuviera ésta en la baja falda, no creo que ella se viese compartiendo con el viejo César una noche de sexo volandero. En cierto pasaje del libro se dice: “Es impresionante pensar que César, que está todas las noches fumando y tocando el piano tan tranquilo, sin hablar con nadie,…”. Esa sí que es la imagen que yo guardo del pianista avionero. Más cerca de un juguete roto, de un tipo distinto sí, pero no distinguido.

          Por el libro pasan y se posan muchos nombres (una estructura coral, al fin), entre ellos Alaska, a la cual entonces se le concedió el título de musa esencial en la movida madrileña. Quizá lo fuera, como seguro que también fue (y es) una horrorosa cantante, la peor de la historia del pop español, mucho más mediática que artista. También, como ya he dicho, Enrique Tierno Galván, el aquel muy popular alcalde de Madrid que confundió el nombre de John Lennon, llamándole John Lennox, por lo visto como dice y justifica el libro, por hacerse notar. No acabo de estar de acuerdo, pienso que no tenía ni idea de cómo se escribía y pronunciaba el apellido de Lennon.

        Sin embargo, apenas se menciona a los cantantes espontáneamente habituales que visitaban el local y a su manera, actuaban en él, como Don Antonio –y sus tarareos– (Don Antonio era más personaje que muchos de los saltimbanquis que aparecen en “Avión club” y a los que se les concede mucha más cancha), Ni Don Antonio ni otros avioneros como él, merecen tan poca presencia, siendo como eran un motivo cardinal, una firma justificante de las cosas que pasaban en el bar.

          Otra carencia son las pipas, una de las particularidades más características del sitio, éstas casi no aparecen. Tampoco se menciona aquel cartel emblema adosado en un lugar visible de la barra, y que a mí me hacía tanta gracia, ese que decía: “Se prohíbe comer pipas”.

          El libro es demasiado largo y con frecuencia parece que está escrito con prisa. Se deja leer, sí, pero no por el relato de lo que fueron aquellos 80, sino por lo que fue y significó aquel local tan tranquila y rabiosamente peculiar.

         Lo mejor:   El propio recuerdo del bar Avión. Un torrente de evocaciones especialmente dirigido a las gentes y clientes que circularon y por aquel irrepetible local madrileño. El autor, un cliente asiduo del bar, en aquellos años ochenta, sin entonces pretenderlo, hizo un trabajo de campo cuya observación y experiencia, con el tiempo, acabaría aposentándose en las páginas de este libro.

        Lo peor:     La crónica que acompaña al relato. Los hechos destacados que se mencionan, ocurridos en la España transitoria y neodemocrática, son de sobra conocidos, no aporta nada nuevo a la memoria de aquella década de los 80, un tiempo lleno de prodigios y zapatos nuevos.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s