SOLO

Autor: Richard Byrd

Editorial: Volcano

Esa fría amiga llamada soledad.

Por: Antonio Picazo. Escritor y periodista, especializado en reportajes de viajes y crítico de literatura de viajes.

SOLO-Richard-Byrd

          Desde el 28 de marzo hasta el 10 de agosto de 1934, y por su propia voluntad, el militar y explorador estadounidense Richard Byrd, se sometió voluntariamente a una prueba de aislamiento que casi acaba con él. Permaneció solo y apartado en un lugar de la zona de la barrera de hielo de Ross, en la Antártida, en una cabaña situada a 200 kilómetros de su campamento base (Little América) y con el que tan sólo mantenía contacto por radio. Fueron 135 días (el proyecto original contemplaba siete meses) de sufrimiento en donde la soledad, la oscuridad y el frío del invierno antártico, así como la merma física, que le provocó la intoxicación producida por los gases que emanaban de una estufa, fijaron en la piel de este hombre las cicatrices que suele dejar la naturaleza, sobre todo cuando ese minúsculo elemento que es el ser humano le propone cualquier desafío.

          Byrd intentó justificar su aventura con argumentos que, a la larga y en definitiva, nadie se creyó. Dijo que su prueba se iba a llevar a cabo con el fin de realizar observaciones e investigaciones meteorológicas –cosa que ciertamente hizo– pero en realidad se trataba de un reto consigo mismo ya que, a pesar de haber intentado diversas y anteriores hazañas, la mayoría de ellas contando con grandes medios materiales, humanos y económicos, en su propia e íntima consideración, él no había dejado de ser un segundón en el inventario de las exploraciones polares. Quería, necesitaba, un record, ser el número uno en algo. Todo muy yanqui.

          El relato de aquella, a la postre, dramática prueba tomó forma en un libro cuyo título resulta tan breve como adecuado: “Solo”. En el activo del texto, casi un dietario, y al contrario de la habitual mentalidad anglosajona, figura el hecho de que este hombre no tuvo reparos en expresar sus sentimientos, declarar su debilidad, los terrores y miedos que le produjeron la soledad, la enfermedad y, por qué no, la muerte circundante. Es de destacar, igualmente, la teoría de Byrd sobre la convivencia, una de las ideas con las que el autor pretendió apoyar su decisión de realizar en solitario aquella prueba tan severa. Dice Byrd que en una convivencia extrema es mejor que al menos sean tres las personas que formen un grupo, porque solo dos acaban mirándose, aguantándose, interrogándose, revelándose, irritándose. Una tercera persona puede hacer de figura mediadora en un conflicto, de juez de paz. Aunque no dice nada de otra catástrofe, cuando entre tres miembros hay dos que conspiran contra el tercero de ellos.

          Al leer “Solo” se pasa mucho frío, se padece mucha oscuridad, también el lector se contagia de la sufrida neurosis obsesiva de una persona tan ordenada como debió ser Byrd, la cabaña que habitó significó un reto para un tipo tozudo en mantener equipo y víveres en perfecto orden y estado. Eso sí, al final fue la cabaña, con sus leyes de desidia y la rebelión de sus objetos, la que acabó merendándose a Richard Byrd. Igualmente, en el libro se siente el drama del aburrimiento. El autor se aburre tanto como él mismo aburre al lector. Hay descripciones detallistas un tanto pelmas, muy al estilo anglosajón, sobre todo cuando se refieren tanto al constante inventario del material con que se contaba en aquel Puesto Avanzado, como cuando se habla, una y otra vez, del trabajo diario que se allí se realizaba. Claro que para que estas historias se sustenten, es muy complicado, dificilísimo, encontrar recursos narrativos, es lo mismo que les ocurre a los relatos que escriben los navegantes solitarios. En “Solo” no se pueden hallar milagros, Byrd era explorador, piloto (a su pesar) aventurero, pero no era escritor, y se nota, y mucho más cuando en medio del universo antártico, se pone a filosofar, cuando la retórica –con frecuencia ininteligible y árida– lo envuelve como las prendas de abrigo que le protegen del clima. A sus descripciones les falta el mismo calor que no tuvo en su cabaña antártica, y le sobra distancia para poder conectar con los lectores. Tiene pasión pero carece de incandescencia literaria. Resulta mucho más natural, incluso ameno, cuando transcribe partes de su diario de a bordo de la nieve. Y eso sin tener en cuenta que a lo largo del texto, el lector se encuentra con algunos párrafos ciertamente incoherentes cuyo origen, seguramente, sean deslices de la edición del libro, o quizá de su traducción, o ambas cosas.

          En cualquier caso, “Solo”, y aunque este no fuese el objetivo del libro, resulta una exposición atroz de síntomas físicos y emocionales provocados por el aislamiento, con los añadidos del frío, la oscuridad y la intoxicación. Signos físicos terribles que, en aquellas circunstancias antárticas, a cualquiera le producen signos psíquicos, o viceversa.

Lo mejor:   El testimonio de una prueba tan sufrida y extrema como fue aquella permanencia en plena Antártida.

Lo peor:   El estilo reiterativo, incluso algo cansino, de las descripciones del autor.

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