El tintero

En los primeros años del siglo XIX, la mujer de un prócer cubano, ocupaba las ausencias políticas de su marido, recibiendo en su alcoba, a los más variopintos hombres de la sociedad cubana. El apodo no se hizo esperar: el tintero, donde toda pluma mojaba.

-No, yo no voy a Cuba para eso.

-¿Habéis visto la película Guantanamera? Una comedia que recorre la isla desde Guantánamo en el oriente, hasta La Habana en el occidente, en coche fúnebre. Yo viajo de norte a sur con agencia y guía españoles y, en todo caso, siguiendo las huellas de la agonizante Revolución Cubana.

*

Con sorprendente agilidad y salto certero, Javi y Leo caen sentados sobre el muro del malecón de Cienfuegos. Mis dos intentos inútiles y vergonzosos pasan discretamente desapercibidos; me quedo de pie apoyado en la piedra humedecida por la noche caribeña. Leo, el único que no llega a los cincuenta, es el guía español. En realidad es cubano de nacimiento, no negro como recalca la agencia. Aprovechó el fin del “Periodo Especial” -periodo que sumió a Cuba en una sofocante penuria económica, desde la caída del muro de Berlín hasta el año 2005, más o menos- para dejarse caer por Galicia, tierra de sus antepasados. Leo enciende el puro con que le obsequió, días atrás, el capataz de una plantación de tabaco que visitamos.

-¡Chicas, chicas! grita Leo desde su puesto de vigía.

Dos chicas pasean por la acera de enfrente, yo no las veo, me las tapa un árbol y la oscuridad.

-¡Bellezas! insiste el gallego nacido en Camagüey saltando del muro a tierra.

Las mujeres cruzan la calle y en la noche se dibujan dos siluetas; una de una chica alta y guapa, pintada y muy delgada. La otra no tanto. La primera luce un vestido corto, de color blanco, tan ceñido que le marca una leve tripita que no tiene. “No tanto” se cubre con un pulóver y vaqueros ajustados.

Leo les vacila y ellas se dejan.

-¡Pero vosotras sois menores! dice Leo con tono de sorpresa.

-No, no, yo tengo veintidós años responde la guapa llevándose las manos al bolso.

-No es necesario, chica, déjalo dice Leo sonriendo.

Las chicas, indecisas, continúan su camino paralelo al malecón, reencontrándose con la oscuridad.

-¡Cuidado con esa, debe tener de todo; condón imprescindible! comenta Leo.

-¡Vamos a tomar unas cervezas ahí enfrente! dice Javi.

*

Frente al hotel de Niquero, el busto en yeso del apóstol, José Martí, el héroe de la independencia cubana, puede dar testimonio de nuestro particular botellón. Pegado a un lateral del hotel hay un chiringuito con terraza, donde Javi y yo nos vamos a tomar un roncito para terminar el día.

-El ron tiene que ser por botellas, nos dice la cantinera.

Detrás de ella, no menos de doce botellas de Havana Club añejo, con el precio marcado, esperan su turno. Delante de la chica un grifo de cerveza y un cartel “Hay cerveza dispensada” atraen mi atención.

-Pon, entonces dos cervezas de grifo… dispensada, quiero decir.

-No hay, se ha acabado.

Nos sentamos en una mesa con dos latas de cerveza. Las mesas están ocupadas por chicos y chicas jóvenes, botellas de ron, cervezas o algún refresco nacional. Comentamos las experiencias viajeras del día mientras cruzamos miradas con las chicas.

Al salir un chico nos dice algo que no entendemos, nos lo repite una segunda vez, a la tercera queda claro.

-¡Que si queréis mujeres!

-¡Eh! No, nos vamos ya para el hotel, dice Javi.

-Os las podéis llevar.

-¡No! sentenciamos los dos a la vez.

*

En la Casa de la Trova de Santiago de Cuba, un hombre amanerado presenta, con bastante energía, al septeto de la noche y exige “el aplauso, el aplauso” con cada canción. El espectáculo es para turistas, una pareja de bailarines profesionales caldean el ambiente. Hay cubanos que sacan a bailar a mujeres nórdicas, de países del este, argentinas, españolas… Hay cubanas que esperan que los extranjeros las saquen a bailar. Nosotros, atornillados a las sillas, sentimos el ritmo, el son en el interior del cuerpo, que regamos con pequeños sorbos de un exquisito ron de siete años. Van pasando las canciones: El Chan-chan de Compay Segundo, el ardiente Cuarto de Tula, La Loma, de donde son los cantantes… De uno en uno nos vamos yendo.

*

Mirando al mar, apoyado en la piedra empapada del malecón de La Habana, apuro los últimos minutos del viaje. A mi espalda un motor se ralentiza, un taxi amarillo, oficial, ha parado. De él sale una mujer bonita y joven, de piel negra, que se apoya en el muro unos metros más allá de mí, dando la espalda al mar.

– ¿Es usted gallego… perdón español?

-Sí, se nota mucho ¿verdad?

-Bueno… ¿Le gusta Cuba?

-Mucho, me ha gustado mucho. He recorrido la isla entera durante veinte días y en cierto modo, me estoy despidiendo; En pocas horas volaré a Madrid; dejaré este bello paraíso.

-Yo estoy muy ilusionada; a punto de crear mi paraíso particular, ¡el sábado me caso con mi hombre!…

El claxon de un Chevrolet descapotable del 54 interrumpe la conversación. Desde el volante un joven negro hace un gesto y la chica corre hacia él gritando: ¡Nos vamos a Santiago para la boda!

Regreso al hotel. El mar, obsesivo, sigue arañando la piedra del malecón.

José-Félix Sánchez

 

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