LOS GUARDIANES DE LA SABIDURÍA ANCESTRAL.

LOS GUARDIANES DE LA SABIDURÍA ANCESTRAL. Wade Davis.jpg

Un hispanófobo metido a antropólogo.

Autor: Wade Davis.

Editorial: Punto de Vista.

                                                                                                                 Por Antonio Picazo.

         (Escritor y periodista especializado en reportajes de viajes y crítica de literatura viajera).

 

            Si Wade Davis dice que es antropólogo, yo voy y me lo creo. Pero si decide publicar un libro sobre antropología cultural, y leo ese libro, pues a lo mejor (o peor) voy a empezar a pensar que o no lo es, o lo es de una manera floja, flácida. Cuando uno se pone en ese plan de tanteos etnológicos, al menos tiene que aportar un buen puñado de tesis, teorías e ideas que no estén en el habitual carrusel del conocimiento de los diletantes. Pero Wade Davis, en “Los guardianes de la sabiduría ancestral”, más que antropólogo demuestra ser un empleado de la National Geographic Society, y no es lo mismo una cosa que otra.

          Y en sí, el autor del libro no empieza su galería de mala manera, en principio la obra tiene buena pinta. Aporta algún que otro bosquejo interesante: introduce el término “etnósfera” como ese elemento etnológico humano, comparativo con la biósfera (elemento biológico del medio). Ambos son soportes que apuntalan la conformación de nuestro mundo, y ambos son víctimas de un acoso y derribo destructivo, de algún modo autodestructivo, sobre todo en su referente humano. Es decir, más aniquilador en el caso de la etnósfera que en la biosfera.

          Por otro, lado habla de la figura del chamán como mediador entre el origen animal del ser humano y el propio ser humano. El nexo que conecta la separación irreparable entre ambos mundos. También desmonta las teorías del noruego Thor Heyerdahl basadas en su praxis y estudios de las migraciones por el Océano Pacífico. De Polinesia habla un rato luciéndose en alguna que otra faena de aliño.

         Así van transcurriendo las páginas de “Los guardianes…” Pero, como se sabe, en la vida, las expectativa y la esperanza son de las últimas cosas que se van enmustiando y finalmente perdiendo. Wade Davis no pasa de aquellas (pocas) aportaciones, luego, se viene abajo, se vuelve básico y va contando lo que ya sabe hasta cualquier turistilla aficionado a la etnología que pasa un rato en un aseado pobladito de nativos semisalvajes.

         Y hasta ahí, bueno, la cosa está entretenida, pero ¡ay amigo! Davis, aquí y allá, nos empieza dar detalles de hispanofobia, así hasta resultar un tonto de esos que se ha creído lo de la Leyenda Negra. Siempre que en el libro sale a relucir la campaña descubridora y exploradora de España en América, este ignorante comienza su petardeo tópico-chorra, dice: “…los días tenebrosos de la conquista española en América”. Habla de los (inventados por la Negra Legendaria) genocidios llevados a cabo por los españoles, pero no dice nada de los exterminios de sus admirados incas, practicados a y en los pueblos andinos vecinos. Sí, los incas, los que para Davis eran tan civilizados y humanistas que además de eso, realizaban sacrificios humanos, especialmente de niños. Tampoco suele mencionar los genocidios anglosajones. El autor es otro de los que no perdona la época y épica de los descubridores y exploradores españoles en América. Como digo, este pollo, siempre que menciona a los españoles y a España como presentes en la América de entre los siglos XV al XVIII, habla de saqueadores, explotadores, esclavizantes, o crueles genocidas. Sin embargo nada dice, o dice de pasada, de sus paisanos anglosajones. No menciona la caza del hombre por el hombre de los británicos en Australia, o por extensión, del exterminio sistemático de éstos entre tantos y tantos pueblos del mundo. Eso sí, sin darse cuenta, sin querer, relata la heroica hazaña de Orellana en el Amazonas.

         Luego ya, metido en la harina de la más superficial antropología, embarrándose hasta los codos en el bajo coste de la divulgación dirigida a los somnolientos seguidores de los programas documentales de National Geographic, mete la pata cuando alaba a las culturas andinas soportadas por uno de sus pilares, la mítica hoja de coca; no analiza, y mucho menos estudia, el porqué esas sociedades, esas comunidades que tanto invocan a la Pachamama y espíritus colaterales, llevan siglos de existencia precaria y mísera.

           Antropólogo elemental pues, divulgando esa ciencia muy al estilo de National Geographic. Así habla de fenómenos conocidísimos como los que tratan la monumentalidad de los pueblos, la cosmogonia de los objetos cotidianos y su adherencia a las casas comunales, o a las cabañas familiares, o a los ríos, a los árboles, a los ancestros, etc. O sobre los mitos como factor ecológico y de mantenimiento de los recursos y medios de subsistencia. O bien, los motivos de la poligamia. O de la permisividad sexual premarital que se da en culturas pastorales. Bueno y esas cosas.

          Pero aun viviendo de las rentas de lo que es la divulgación de otros pueblos y culturas, ya la cosa se pega un porrazo de postín cuando este autor se vuelve (en realidad ya lo era) pesado, pelma y sobre todo, gélido; los relatos que hace de las fiestas y rituales son fríos, carecen de descripción ambiental, les falta músculo narrativo. Convierte la lírica de las historias míticas en mera retórica, y el potencial literario del relato antropológico en una mera relación glacial y tediosa.

         Y ya el colmo es cuando, hacia el final del libro, armando una buena zapatiesta de sencillez, este memo, científicamente simple, incluso mediocre, de profunda y prejuiciosa hispanofobia, intenta explicar, racionalizar, lo que es la otra manera de pensar de otros pueblos claramente lejanos a la globalidad anglófona, no ya diferentes, sino que circulan por otra emisora distante del pensamiento lógico, etnocéntrico, el que tenemos los civilizados racionales, colectivo al que pertenece el propio autor que muestra y demuestra que de antropología seria sabe lo justito, o más bien poco.

           Al final, después de darse un razonable descanso teórico-práctico denunciando, con razón, los etnocidios de la historia reciente, tanto propiamente físicos como culturales de los sistemas socialistas-comunistas exterminadores de culturas como la tibetana, Davis obsequia a los lectores con una crítica al uso sobre el cambo climático. El autor, otro individuo que, perteneciente a la sociedad desarrollada y anglosajona, todavía no se ha enterado que la mayoría de las culturas nativas y perdedoras hasta la extinción, optan por el sistema de vida de rápido progreso y fácil consecución de fines y resultados. Que el coste que significa su desaparición apenas roza la conciencia de lo material y explotación del medio ambiente. Que se lo pregunten al atroz modelo capitalista y anglosajón, y después hablamos de cambio climático, o a ese modelo financiero que es la macroempresa, por ejemplo, esa multinacional que es National Geographic Society, para la que el autor trabaja.

    Otras cosas:

    Errores en el texto:

  -El autor dice que el insecticida rotenona se obtiene a partir del pescado cuando su origen es vegetal.

  -Afirma que Charles Marie de La Condamine fue el primero en identificar la quinina/quina, cuando hay otros puntales investigadores como, entre otros, Bernabé Cobo, José Celestino Mutis, o Sebastián López Ruiz, pero claro, estos eran españoles, o criollo-españoles, y esa mención un hispanófobo, como es Wade Davis, no se la puede permitir.

            Lo mejor:

          Algunas buenas ideas sobre la antigua cultura polinesia, también una cierta explicación sobre la existencia del fenómeno del chamanismo. El interesante maridaje de dos términos: etnósfera y biósfera.

            Lo peor:

   La hispanofobia militante del autor. La retórica de sus planteamientos y explicaciones, así como la frialdad narrativa de su estilo. El enfoque básico de los ya muy conocidos elementos antropológicos que Wade Davis maneja en el libro.

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