NEW YORK, NEW YORK…

Autor: Javier Reverte.

Editorial: Plaza y Janés.

Javier Reverte se queda sin fuelle.

Por Antonio Picazo.

(Escritor y periodista especializado en reportajes de viajes y crítica de literatura viajera).

          Javier Reverte se ha quedado sin fuelle. Ya se le veía venir sin resuello a lo largo de sus últimos libros. El dedicado a China –”Un verano chino”– es un verdadero arrepentimiento para el autor y para sus lectores. Y es que J. R., ya no se gusta en sus libros de viajes, si es que se gustó alguna vez. Como se sabe, aunque no sea público, pero sí notorio, este hombre que, a su pesar triunfó en la literatura de viajes, lo que realmente siempre ha querido ser es novelista, un contador de historias, género éste por el que ha pasado sin gloria, y sin ni siquiera pena.

           Javier Reverte, según dice, fue a Nueva York a escribir una de sus novelas, no tanto a reconocer el lugar, y mucho menos a escribir sobre él. En “New York, New York…” no hace una crónica, transmite, o mejor, transcribe el dietario, bastante, anodino por cierto, que escribió mientras transcurrían los tres meses que J. R. residió en aquella ciudad tan peculiar.

          A J. R. se le ve sin mucha ilusión: jazz, algún museo, ciertos paseos, algunas historias divulgativas y sus habituales vinos y cervezas, estas rubias espumosas suelen ser las habituales compañeras de viajes el J. R., en este caso, 11 oficialmente reconocidas y censadas con lo que las no confesadas, claro, debieron ser muchas más. Respecto a esto del bebercio, J. R. hace una afirmación que queda muy simpática pero que habla de la justificación y complicidad que necesitan aquellos que habitan el universo de la dipsomanía, dice J. R. que si en esta vida no se bebe alcohol se acaba siendo de una secta evangélica. Aunque no se da cuenta que los feligreses del agua de fuego también forman parte de otra secta, la de la Copeja Alegre.

          En el libro se observan los usuales recursos de escritura de J. R. Las empalagosas descripciones de cielos, luces solares, temperaturas y demás inventarios climáticos. Casi todos los capítulos comienzan así. Caramba cuando J. R. habla de los cielos plateados, o de color aluminio. Ya lo hace en otros libros suyos, especialmente en “En mares salvajes” y en “El río de la luz”, y cáspita, qué carga-cargante literario ambiental. Igual que cuando en N. Y. el autor espera ansiosamente a los colores del otoño, y dale a la matraca. Incluso hace un ejercicio filo cursi de carácter vegetal: “En lo único que tengo confianza es en el otoño, que sigue agarrado a los árboles, llenos de hojas melancólicas que cuelgan de sus ramas como lánguidos racimos cárdenos y dorados“.

          Y nada, aquí, en “New York,…”, cómo no, también aparece la habitual falla de J. R., el llamar América a Estados Unidos y americanos a los estadounidenses, y lo reconoce, él siempre lo avisa en sus libros, por lo tanto para qué le vamos a advertir de que hable/escriba con propiedad, y es que J. R. ya es muy mayor para cambiar. Y ya la repanocha es cuando usa y abusa del eufemismo política, mediática y socialmente correcto –y con un tufillo de paternalismo racista– de “afroamericanos” para designar a los negros de Nueva York, los negros son negros y punto, hombre.

          El libro comienza con un tópico inaceptable para un escritor de viajes, y mucho menos para el que para tanta gente es el principal escritor de este género en España, es decir: el relato de las primeras impresiones que el autor recibe en su viaje al llegar al aeropuerto. Es lo que hacen todos los cronistas novatos o simplemente malos escritores, y mira por donde, J. R., con tanto espolón de rutas, trayectos y narraciones viajeras, también lo hace. Imperdonable. Luego ya sí, el libro contiene las pautas divulgativas y documentales normales en el estilo de J. R., un territorio en donde este autor siempre mejor se ha defendido. Y observaciones algo más interesantes como esa de que N. Y. padece, o disfruta, de cambios continuos, que no soporta lo permanente, que su permanencia es la impermanencia. Que el neoyorquino, y por extensión el yanqui en general, tiene intolerancia al aburrimiento. Aquí, como nunca, se puede aplicar ese tópico de que los estadounidenses son como niños. O cuando habla de los chinos, citando a la escritora neoyorquina Djuna Barnes: “… y no obtienen ni disgusto ni placer del sonido de sus interiores familiares, ni tampoco deleite ni disgusto alguno del sonido de los exteriores de la vecindad”. También cuando J. R. señala acerca de los argentinos:  “… estos son encantadores, cultos, amenos y gentiles en Buenos Aires. Pero salen de allí y en su mayor parte, parecen una gabardina reversible: de pronto se transforman en seres soberbios, pretenciosos, aburridos y, a la postre, mentecatos

          Otras cosas menos interesantes son muchas de las citas con las que J. R. decora el texto, la mayoría prescindibles y sosas. Demuestra J. R. que ha leído media docena y media de libros sobre N. Y., pero tal sabiduría no se transmite ni se muestra, solo se lee, no es suficiente. O su frecuente y habitual tono antipatriota, antimilitarista, antibelicista, antirreligioso, de izquierdista básico, a veces en sus afirmaciones J. R. se parece mucho a J. L. Rodríguez Zapatero, qué cosa.

     En suma, y resumiendo, que a otro autor desconocido no se le hubiera perdonado, ni permitido, este libro insulso, cualquier  editorial se lo echaría atrás, abajo, fuera.

          Una corrección: Juan Ramón Jiménez no era malagueño, como afirma J. R., sino onubense.

 Lo mejor:

          -Las curiosidades que contiene el libro: Por ejemplo, la explicación del porqué del Día de Acción de Gracias. También, sobre el origen del término “Viernes negro”.

     -Una de las principales virtudes de Javier Reverte, su predisposición para emprender conversaciones con los lugareños de aquellos sitios que visita.

 Lo peor:

          -Un libro sin músculo, anodino, soso… sin fuelle. Prescindible

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