EL TURISTA DESNUDO

EL TURISTA DESNUDO. LAWRENCE OSBORNE

El inventor de la pólvora escribe el peor libro de viajes de la historia.

                                                                                                        Por Antonio Picazo.

(Periodista especializado en reportajes de viajes y crítica de literatura viajera.)

 

        Lawrece Orborne en la primera parte de “El turista desnudo”, dentro de lo que se supone que es un libro de crónicas viajeras, consigue escribir una especie de ensayo perfectamente olvidable, tanto que, una vez acabada la lectura de esa cosa, he tenido problemas para acordarme de las pretensiones del autor a la hora de redactar ese primer capítulo.

         En dicho capítulo se expone una serie de reflexiones sobre la figura del turista y del fenómeno del turismo, unas ideas aburridas, tediosas, obviedades que solo pueden interesar a turistas recalcitrantes o a viajeros principiantes. Si lo que L. O. quería era inventar la pólvora y hacer un tratado sobre los fundamentos del nomadeo, pues nada, esa pólvora ya estaba inventada en “El arte de viajar”, el excelente libro de Alain de Botton. Lawrencín va de una cosa a otra sin saber exactamente cómo resolver sus tesis, síntoma de alguien que se aburre por no saber cómo salir del paso, para ello le echa la culpa a la psicología y a esas cosas. Por su postura frente a las escenas que va encontrando a lo largo del relato, por su tendencia hacia los alojamientos de alto lujo, este tipo huele a periodista invitado por los operadores mayoristas de viajes, oficinas de turismo, agencias de comunicación turística, cadenas de hoteles, “pesebrera” le llamamos a esta gente en el argot de la profesión. Y debe serlo porque, para empezar, confunde dos géneros elementales en el periodismo, el reportaje y el artículo. L. O. no es que sea un turista desnudo, es un turista puro, duro y crudo. Aunque si vale la pena leer esas partes en que el autor se pone psico-sociólogo, es porque, por ejemplo, se encuentran divertidas interpretaciones, -a su pesar-, como la que hace de la figura de Robinson Crusoe, el tratamiento que da al personaje de Daniel Defoe es de una retórica tan barata que empuja y despeña al autor por el precipicio de la estupidez. El espectáculo resultante es, ya digo, hasta gracioso.

         Y ya con la pólvora mojada, “El turista…” a lo largo del propio desarrollo del libro, propone un texto típicamente escrito por un británico que como tal, y por extensión, como tantos otros autores anglosajones, lo que le interesa fundamentalmente es mirarse el ombligo, contemplarse en el espejo y con frecuencia, vocear que está encantado y contentísimo de haber nacido en ese cocedero de complejos de superioridad (en realidad de inferioridad) que son las islas Británicas, sobre todo su negociado de Inglaterra.

         Cuando le falta fuelle filosófico-viajero echa mano de definiciones externas, recurre a cosas tan peregrinas como la que expresa Paul Bowles, seguro que después de éste haber pasado una mala noche, acerca de qué es un turista y su diferencia con un viajero, atención, dice Bowles: “Mientras que el turista, al cabo de unas pocas semanas o meses, se apresura a regresar a casa, el viajero no tiene una casa a la que volver, por lo que se mueve despacio, a lo largo de los años, de una parte a otra del mundo”. Aquí P. B. no inventa la pólvora, sencillamente dice una sandez.

         Y todavía L. O. aprovecha un pensamiento de G. Green cuando este dice que la sordidez “… es como darle un bocado al pasado, es la nostalgia por algo que se ha perdido” Aquí quien ha tenido una mala noche es o Green, u Orborne, o la traductora de “El turista…”, o los tres ¿Estamos hablando en español, o qué? Sórdido no es eso, hombre.

         Pero vamos al tajo, venga, desenfundemos, que hay que fundamentar el porqué Osborne es una lumbrera. Y empezamos (o seguimos) con una frase, dice el pollito inglés: “El desplazamiento cuenta más que el destino”, ¡Guau, que idea más original! ¡¡Poum!! ¡Queda inventada la pólvora!

         Y luego está la distribución orgánica del propio libro, el capítulo dedicado al faraónico Dubai, un fenómeno tan soberbio como pelma y cretino que el autor resuelve -es un decir- de manera demasiado extensa, sin recursos y escasamente interesante. Se trata de un gran reportaje a secas que Osborne, seguro, no tenía donde colocar. Aunque este libro, desde luego, y ya puestos, es un buen sitio para ello. Pero no, no hay que ser quisquilloso, que Osborne tiene un estilazo, cazurro sí, pero estilo al fin, al tipo le falta la boina y la maleta atada con una cuerda para componer la imagen del paleto inglés abriéndosele su campesina boca por la fascinación que le produce tanto lujo, un derroche ejecutado por el gusto hortera de los excamelleros de los Emiratos.

         Y nos vamos a Calcuta, que estamos de paso hacia Nueva Guinea. En donde el paleto Lawrence afirma que esta ciudad solo fue floreciente y sin excrecencias cuando los británicos estuvieron aquí. Lawrencito, inglesito guay con toda su percha y, como él dice, “con su lengua global”. Es en esta parte bengalí en donde el autor, de entre todo el libro, hace más referencias a lo estupendo que es ser británico, a lo agradecido que tiene que estar el injusto mundo universal galáctico de haber conocido (y añado yo: sufrido) a este país que tantos genocidas profesionales ha dado y que con tantos piratas ha infectado la sal de los mares. Sí, esos tipos que si bien por un lado forman populachos enteros de turistas cutres y -ahora sí- “sórdidos”, por otro, se ridiculizan a sí mismos con su mucha clase, esos que vestidos de etiqueta, miran, como lo haría Osborne, a través de la ventana del otoño inglés, para ver si con un caza mariposas pueden capturar la vieja nostalgia de un pueblo que en la historia dice que ha sido y hecho tantas cosas. Y que ha vendido muy bien, eso sí, sus fracasos como éxitos ¿verdad que sí, señor Shackleton? Sus referencias son casi todas británicas con un talante colonial que apesta. La boca se le hace gaseosa con la palabra colonialismo.

          Empalagoso, en fin, con lo british. Y posiblemente aficionado al pimple, que en el libro se agencia, más de una vez, alguna que otra botella de whisky, para ventilársela en la habitación del hotel, el elixir con el que los escritores británicos creen cumplir con el más puro rito de la literatura dipsómana.

         Otra frase, atentos: “Como inglés tengo siempre la impresión de que se espera algo de mi” ¿Se puede ser más tonto?

         Aunque hay que reconocer que el relato de Lawrencillo mejora cuando narra escenas de viaje, más que cuando navega a la deriva, una y otra vez, por las pistas resbaladizas del pensamiento y la teoría. En el testimonio se le ve algo más de oficio. Aunque el hombre diga que odia al fenómeno National Geographic, ¡Uy! a lo peor es que N. G. no ha querido contar entre sus plumillas al inventor de la pólvora y claro, Lawrencete está resentido.

         Otra frase, esta también es buena: “No se me había ocurrido antes, pero quizá la gran diáspora del viaje occidental sea una búsqueda a ciegas para redescubrir los sentidos”. Viejos y tópicos cohetes estallando en el oscuro y diminuto universo de Orborne.

         Y el hombre sigue por Tailandia. Haciendo todo lo posible por comprar, comer, beber y dormir en todos los lugares posibles en donde no pisan jamás los tailandeses de a pie y sí los meros turistas de ciertos altos vuelos. Bueno, es una manera como otra cualquiera de que un destino se le escape vivo, ya lo ha hecho con Calcuta, por qué no lo va a hacer con Bangkok.

       El tipo confunde ir de putas con que Bangkok es una posibilidad de encuentros y conocimientos eróticos espontáneos para los turistas. Aquí L. O. se supera y toma por panolis a los lectores. El asunto es que como este hombre es incapaz de realizar una buena, penetrante y nutritiva crónica de viajes, en Tailandia se entretiene haciendo otro reportaje largo sobre las clínicas de salud, estética y restauración, que puede estar muy bien en un suplemento dominical pero no aquí que queda interminable, pesado y escasamente atractivo.

         En la parte de Bali, sobre todo en lo que se refiere a la historia reciente de esta peculiar isla, Lawrencete se hace un lío, elabora un texto confuso, casi atropellado. Atención, frase relacionada con Bali: “El asquerosamente omnipresente gamelán”. Olé con el respeto a la cultura -en este caso musical- de los lugares, por muy turistazo que sea Osborne, se podía haber contenido un poco.

         Y bueno, Lawrencete llega a Nueva Guinea, a su gran aventura. Este capítulo es de lo mejor y más interesante del libro, claro que con tal destino exótico y primitivo, el texto se escribe solo. Pero oye, ya esta Osbornín para recordarnos que es él, el analfabetoide, el que esta realizando esa ruta sugestiva, afirma que, por ejemplo: “El monte Carstensz (situado en Papúa occidental -4.884 mts.-) es la séptima cumbre más alta del mundo”. Y se queda tan pancho ¡Ay, que me da algo! ¡Cómo se habrán sonrojado el Himalaya, los Andes y otras altas compañías!

         Ah, se me olvidaba. L. O. especialmente en Nueva Guinea, se pone en fase antropóloga, lo que le faltaba. Atención frase: “El primitivismo -ir desnudos y adornados con plumas- es el único patrimonio que poseen. En cuanto se ponen la camiseta y las zapatillas de deporte, dejan de tener valor, aunque a los korowai y a lo kombai, por lo que he oído, les encanta la ropa occidental y la visten siempre que pueden”. O sea, que aquella gente, como cultura, solo tienen eso de ir desnudos y adornados con plumas. Lo dicho, este tío no se ha enterado de nada, pero nada de nada, acerca de lo que es cultura y primitivismo. Y hay más cosas de estas, por ejemplo, su incapacidad para entender lo básico y esencial de la adaptación humana al medio. O cómo pretende preguntar con lógica occidental a los nativos para que estos le respondan con la misma lógica. Así, sus admirados Leví-Strauss y Margaret Mead, si vivieran, no iban a homologar a L. O. “Don Lawrencio, está usted suspendido en antropología. Se acabó, no vuelva más”. Es decir, el paseo de L. O. por la Papúa occidental queda como una castaña pilonga al lado del libro de Peter Matthiessen -este sí que era escritor- “Al pie de la montaña”, en donde con distancia antropológica, con frecuencia demasiado fría, describe la vida, a veces atroz, de varias tribus de Papúa oeste.

         Y una guinda final: “Porque el viajero siempre olvida sus viajes” ¿Qué no se me cree? Que sí, que sí, que es verdad, que esta frase está en la página 274.


Lo mejor:

-El título del libro, es de un gran enganche. La gente con ese señuelo pica hasta hacer que “El turista desnudo” haya tenido, incomprensiblemente, alguna que otra reimpresión.

-El testimonio acerca de los nativos jarawas de Andamán y los safaris humanos de que son objeto. También, parte del capítulo sobre Nueva Guinea.

-Alguna frase como la que dice: “El mundo entero es una instalación turística y el desagradable sabor a simulacro se eterniza en la boca”. O alguna idea como la relacionada con las reacciones atávicas de miedo.

Lo peor:

-El resto del libro.

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