PLATAFORMA

Michel Houellebecq.

Editorial: Anagrama

PLATAFORMA. Michel Houellebecq.jpg

Turismo blando. Erotismo duro.

                                                                                          Por Antonio Picazo.

                    Rompedora y nihilista novela en donde el autor se carga muchísimas cosas, casi todas. La postura en la vida del protagonista es una visión de desesperanza, en la que el tiempo pasa y la única espera razonable es que todo acabe, incluso tampoco importa que eso suceda. El relato de Michel Houellebecq es casi continuamente incorrecto, irreverente: con la sociedad, con los funcionarios, con las empresas y su perfil capitalista, con el comunismo, con la invasión de Europa por parte de los musulmanes. Eso sí, Michel, el protagonista del libro, inmerso en el formol nihilista del autor, parece que siempre está enfadado, o que al menos se encuentra en un perenne estado de escepticismo.

                   Escéptico, crítico y deslenguado sexual. En el relato se utilizan, en este último sentido, unos recursos que funcionan por su resultado altamente excitable. Y es que el componente erótico tiene una gran relevancia en la narración. Se usa un lenguaje directo: dice “polla” en vez de pene, o “coño” en vez de sexo, y cosas así. Es palpable la tensión sexual que se siente entre Michel, el protagonista, y la atractiva y solitaria Valerie, su compañera de viaje, éste puramente turístico y organizado, a Tailandia. Detalle de erotismo duro: Cuando Michel todavía no se ha recuperado del último polvo con Valerie, ésta le reclama un nuevo asalto, y al ver su todavía flojera, le dice: “… pues entonces cómeme el coño“. O cuando la misma Valerie, cuando ambos están en un restaurante, va al baño para a su regreso, poner encima de la mesa las bragas que se acaba de quitar.

     Como narrador Houellebecq se muestra tanto literario como extraordinariamente realista (hiperrealista), resulta ser un excelente observador, por ejemplo, cuando describe el trayecto que recorre entre el aeropuerto de Bangkok hasta la propia capital tailandesa; saca partido a un desplazamiento que en sí es bastante anodino.

                   Considera el viajar por viajar, el turismo en definitiva, como el cumplimiento de sueños mediocres. Opina acerca del nuevo turismo: “En el año 2000, queremos ser nómadas. Viajamos en tren o en crucero, por los ríos o los océanos: en la era de la velocidad volvemos a descubrir el encanto de la lentitud. Nos perdemos en el silencio infinito de los desiertos; y luego, sin transición, nos sumimos en la efervescencia de las grandes capitales, pero siempre con la misma pasión…

                Ética, realización individual, solidaridad, pasión: …, estas eran las palabras clave. En este nuevo contexto, no era de extrañar que el sistema de clubes de vacaciones, basado en un egoísmo encerrado en sí mismo y en la uniformización de las necesidades y los deseos, tuviera dificultades recurrentes. La época de los bronceados se había acabado definitivamente: lo que buscaban los viajeros modernos era la autenticidad, el descubrimiento, la posibilidad de compartir. En términos generales, el modelo fordista del turismo de ocio –caracterizado por las famosas “4 S”: Sea, Sand, Sun… and Sex”– había pasado a mejor vida“.

                   En un viaje a Cuba, se analiza cómo plantear la estrategia para manipular las vacaciones y el ocio de la gente, de la masa. Cómo se puede variar el gusto y la moda de los viajes y estancias de vacaciones, en pos de una opción económica y del beneficio empresarial, hasta llevarlos plenamente a lo que se entiende como turismo sexual, o más exactamente, hoteles-burdeles. Interesante contraste de escenas en donde mientras se prepara esta estrategia dirigida a un mundo de lujo, bienestar, vagancia y placeres, afuera, en el barrio en donde están ubicadas las oficinas de la mayorista turística en donde se está proponiendo la idea a seguir, en un polígono industrial, se roba, atraca, viola, se asesina y se suceden las peleas de pandilleros.

                  Interesante reflexión sobre el Islam, y por extensión sobre los musulmanes, acerca de la toxicidad social, incultural y costumbrista de esta gente. Valiente postura del autor al declarar su odio a esta cosa-casta de camelleros. Naturalmente, en su momento, como hubiera ocurrido actualmente, le señalaron las críticas de los necios buenistas, los espíritus flácidos que automática y rápidamente le acusaron de xenófobo. Es curioso que el libro, aunque se publicó en el año 2002, anticipa la infección de terrorismo musulmán que ahora sufre el universo civilizado. Hacia el final de “Plataforma” se narra el ataque que llevan a cabo unos terroristas de esta calaña en un complejo turístico de Tailandia. Esas escenas recuerdan mucho a los atentados realizados más recientemente por los islamistas, y en concreto, el caso de aquellos crímenes efectuados contra turistas que pasaban sus vacaciones, en el año 2015, en un hotel de una zona de playa de Túnez.

              En una parte del libro, y hablando de razas y esas cosas, en “Plataforma” aparece un personaje que dice que cuando se afirma que otra raza es igual o superior a otra raza, es posible que se esté planteando un conflicto futuro. Es entonces cuando se plantea la desconfianza en el otro, ponerse en guardia, mantener la reserva frente al que tiene virtudes mejores y reconocidas. Por ejemplo, el reconocer la superioridad de los judíos en determinadas áreas, llevó al resultado de un antisemitismo que provocó el asesinato de seis millones de personas.

      Lo mejor:   Sin pretenderlo, esta novela acaba siendo, entre otras cosas, un curioso y rompedor libro de viajes.

           Su irreverencia y escepticismo. También su deslenguado erotismo. Su valentía e incorrección al cuestionar, y en su caso deslomar, a elementos tradicionalmente protegidos por el buenismo y demás espíritus fofos.

        Lo peor:     Con frecuencia aparecen frases incoherentes, debidas seguramente a defectos de traducción, que despistan los contextos.

                  A pesar de su estilo rompiente, el autor demuestra un punto de ignorancia al creer en los tópicos y patrañas de la ya longeva y polvorienta Leyenda Negra contra España. Sobre los indígenas taínos (Pág. 209) dice: “Los españoles no habían tenido la menor dificultad en exterminar a esos seres poco preparados”. Inconcebible en un escritor de sus características. Por lo visto ¡Ni siquiera Houellebecq puede ser totalmente incorrecto!

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