¿Dónde se encuentra el señor Unamuno?

En un utilitario de alquiler abrimos y cerramos el camino como si de una cremallera de asfalto se tratara. Una y otra vez avanzamos del término municipal de Tefia al término municipal de Tindaya y retrocedemos de esta población a la de inicio. En medio, desde un monumento de grandes dimensiones, don Miguel mira ensimismado hacia las pequeñas colinas que tiene enfrente; quizá desvíe unos segundos su vista de cemento, para observar nuestro loco ir y venir buscando la entrada hacia su pedestal. Desde la carretera, a Unamuno le vemos insignificante; a su espalda la mole de Montaña Quemada, moteada de amarillos vegetales propios del mes de abril, le empequeñece. Un cartel marrón nos indica la “Montaña de Tindaya” en el pueblo del mismo nombre. Ni montaña ni pueblo, hay que seguir una pista de grava, oculta por la carretera principal, que nos llevará a los pies del catedrático.

Sin nadie alrededor, dejamos pasar el tiempo haciéndonos fotos junto a la estatua o resbalando por la tierra polvorienta o admirando otra trama vegetal de rojo intenso, fundido en negro volcánico. Un extraño efecto visual nos hace ver ladera abajo, en un aislado reducto campesino, a unas gallinas del tamaño de ovejas que inclinadas sobre un comedero picotean el grano.

Desde el mirador Morro Velosa, situado en el centro de Fuerteventura, observamos el esqueleto que conforma la isla canaria, así comparada por Miguel de Unamuno en su destierro. Vértebras montañosas de una redonda y amarillenta suavidad, agradables a la vista, pero envueltas en esos aires fuertes y altivos que dan nombre a la isla.

Cerveza local, queso majorero, guiso de carne de cabra, helado de postre y café que nos devuelve un agradable calorcito, a la vez que nos sume en una modorra no deseada.

Ya de noche, en Puerto del Rosario, Puerto de las cabras durante la estancia del escritor, mi hermano y yo recorremos de pe a pa la avenida primero de mayo, a donde nos dirige un único cartel municipal para llegar a la Casa Museo de Unamuno. La encontraremos al día siguiente en una calle aledaña.

El antiguo Hotel Fuerteventura conserva la cama y la mesa despacho que utilizó don Miguel. Prácticamente solos, recorremos la casa de sala en sala con evidente relajo y parsimonia. Surgen preguntas e inquietudes que amablemente nos resuelve la encargada del museo. Salimos después de comentar varias fotos de época frente a un busto del escritor canario Benito Pérez Galdós. Si antes de entrar en su casa, Unamuno nos saluda desde una estatua plantada en la acera, ahora, al salir, somos nosotros los que nos despedimos de él; fotografiándonos de uno en uno, en un pase de mano sobre su hombro, que resulta un poco frío; no ayuda que el escultor Frank Vincentz envolviese el espíritu del filósofo en bronce.

Seguimos los pasos del rector de la Universidad de Salamanca con desorden cronológico; Unamuno estuvo en 1910 en Gran Canaria, invitado a un certamen literario y en Fuerteventura en 1924, desterrado por el dictador Primo de Rivera.

Mientras Alfredo duerme en su apartamento en Playa del Cura (Gran Canaria) salgo a la terraza antes de que asome el sol por la ladera de enfrente. Escucho los golpes del mar sobre las rocas y desvío la mirada hacia el ascensor comunitario. Las edificaciones en el sur de la isla se construyen escalonadas, aprovechando la ladera del barranco. De esta manera todas las viviendas disponen de una terraza inundada por el sol. Este tipo de arquitectura implica un elevado número de escaleras y recovecos, que hacen difícil física y razonablemente acceder a los apartamentos. La solución, dos tipos de elevadores: el ascensor vertical; una columna exterior que sobresale por la parte alta del conjunto de apartamentos y el ascensor comunitario (los dos pertenecen a la comunidad de vecinos) que no es otra cosa que un funicular privado, cuyos railes se inclinan entre paredes blancas de cal. Me recuerda al de Monserrate, cuyo subir y bajar discurre por el verde boscoso del cerro bogotano. Colegiales o vecinos con perro lo esperan al comienzo del día. Cualquier repartidor reza para que durante su jornada esté en funcionamiento.

Después de circunvalar media isla por autopista, para evitar el interior montañoso, “entramos en aquel Teror de sosiego, donde tan bien se duerme”. El propósito es acercarnos al hotel que alojó a nuestro escritor, entre juego y juego floral. El ayuntamiento quiso recordar el hecho con una placa, que incluyese el poema con el que el autor fija sus pasos literarios en estas escarpadas tierras; el verso antes referido. Nuestro cometido consistía en absorber todo el saber que la placa refleja; pero para ello debíamos localizarla primero. Recorrimos los estándares turísticos empezando por la basílica de Nuestra Señora del Pino. Edificio grande que como toda arquitectura religiosa, parece todavía más descomunal en su oscuro y fresco interior. Entre los dorados del retablo, luce la virgen blanca que debería ser la patrona de Canarias, a entender de los canariones, en contra de la tinerfeña Virgen de la Candelaria de arraigo posterior. Avituallamiento necesario en los tenderetes de los alrededores. Queso de leche de cabra, mermeladas de mango o tuno de indio (higo chumbo), dulces de las monjas del Císter y para comer, bocadillo del exclusivo chorizo de Teror (similar a la sobrasada) con el mencionado queso y una lata de cerveza. Rodeamos la iglesia, recorremos calles colindantes, admiramos la plaza de Teresa de Bolívar; un antepasado de la mujer del libertador era terorense. De la placa nada de nada. De vuelta a la plaza de la basílica, en una terraza a la sombra de un laurel de gran tamaño, le pedimos un par de cosas al camarero: dos cafés cortados, cortos muy oscuros y así nos servirá dos cortados al estilo peninsular y la otra, que nos indique dónde se encuentra la placa de Unamuno.

Con gran simpatía y carácter dicharachero nos dirá que, aunque conoce a ese escritor, no sabe de placa alguna pero que le preguntará a su jefe, un hombre muy culto. La cultura del jefe se limita al tema religioso circunscrito a este pueblo. Recurrir al móvil e internet nos resolvió la papeleta. Al comienzo de una empinada calle, la de la Herrería, se encuentra la casa esquinera que en su día fue el Hotel Royal y en su fachada balconada la placa.

No vamos a experimentar el buen dormir de Teror: nos espera el Mirador de Unamuno en Artenara. Circulamos por un frondoso bosque de pinos y tilos. La carretera es muy sinuosa, estamos adentrándonos más en el interior isleño. Una hora después, desde lo alto vemos diferentes monumentos en distintas colinas que rodean la localidad buscada. Destaca un cristo redentor similar al que bendice Río de Janeiro. La otra escultura no representa a una persona, entonces… ¿dónde se encuentra el señor Unamuno? Tenemos el dato de que desde el mirador se ven hacia la izquierda, los emblemáticos roques Nublo y Bentayga. Hay que rodear el pueblo, pero no tanto que casi nos salimos del municipio. Vemos los roques enclavados en la enorme caldera de Tejeda; don Miguel no puede andar muy lejos. Un hombre va a arrancar su pequeño todoterreno camino de sus tierras de labranza y ante nuestro abordaje, nos informa que sí, que está justo encima de nosotros, en lo alto de esa pared de acantilado seco en que nos encontramos; que entremos en Artenara y preguntemos. No hace falta, estamos en el único lugar del viaje en que unos indicadores locales nos van a llevar hasta don Miguel. Otra vez embebido en el paisaje, apoyado en la barandilla del mirador, luciendo una bronceada chaqueta que brilla con el sol que empieza a caer, el escritor no es capaz de desfijar su mirada del imponente roque Bentayga, enclavado en ese “abismo pétreo” como mentalmente lo está definiendo en estos momentos y que ya hizo un centenar de años atrás.

Fotos al paisaje, fotos a la escultura y fotos entre nosotros, también contemplación silenciosa e individual del valle entretienen nuestro tiempo. Dos parejas de jóvenes estudiantes y ahora turistas se acercan al mirador, reconocen a nuestro escritor al que alguna vez estudiaron, pero que no recuerdan si perteneció a la Generación del 98 o a la del 27. A 1.270 metros de altitud empieza a hacer frio, nada que un café caliente no pueda remediar, pero no hay un solo bar abierto. El viento ya es gélido, tenemos que llegar al coche y salir corriendo. Todavía nos retrasa otro artenarense de pro; un cuervo canario se pasea cojeando por la calzada. Sin efectos visuales extraños comprobamos el enorme tamaño de este animal endémico de Canarias.

No da tiempo a más. Alfredo, que conduce su coche, propone regresar al sur por el interior, por la montaña y no seguir la autopista. La carretera se va haciendo cada vez más estrecha, siempre de bajada con la costa presente en el horizonte cercano.

Todo el barranco de Tejeda se me hace muy pelado, de tonos amarillentos y marrones claros en superficie. En las paredes gigantes de roca desnuda, descansa la gris “tempestad petrificada” descrita por Miguel de Unamuno.

Poco a poco y curva a curva nos vamos internando en la noche. Sin yo saberlo estamos siguiendo la ruta de las presas, pasamos por dos y en una de ellas la carretera cruza el río por encima del embalse. Ninguna tiene mucha agua, no ha llovido lo suficiente. En la mayoría de los tramos, la calzada no permite circular a dos coches en sentido contrario. Al doblar una curva muy cerrada paramos en seco al igual que una furgoneta sin luces que casi nos embiste, mi hermano se a bordilla para dejarle pasar. Sin luna la  oscuridad es total. Aun así, el aldeano arranca con los faros apagados y al pasar nos hace un gesto reprochándonos nuestra tardanza en apartarnos de su camino. Mi hermano me comentó una vez que con los conductores canarios del interior había que tener bastante cuidado. Después solo nos cruzamos con dos coches más, que conducían a una velocidad excesiva, eran familias o parejas que regresaban a Artenara después de un día de playa. Todavía nos dio tiempo a tomar ese café pendiente en La Aldea de San Nicolás de Tolentino, en una terracita de cuatro mesas que invadía acera y asfalto por partes iguales. El café, aparte de tener buen sabor resultó barato: 80 céntimos, precio que imaginó el presidente Rodríguez Zapatero unos años antes y se materializa unos años después.

Al día siguiente, domingo, en Jinámar barrio periférico entre Las Palmas de Gran Canaria y Telde, mi excuñada, celebra su cumpleaños, el de una prima, el de un sobrino y otro más y estamos invitados. Un mes antes ha reservado la barbacoa del parque público. Todo el día estará nublado, lo que alegra a los peninsulares, nosotros dos, y cabrea a todos los demás. Mucha comida y bebida, alegría y risas, emociones al abrir los regalos; nada enturbia la fiesta, tampoco ciertas caras de circunstancia pues se acaban las botellas de Arehucas, el ron canario. Se interesan por nuestra ruta: ¡Qué plastas con Unamuno! No es de recibo que estando en Canarias, con iconos como Maspalomas; enjambre de playas y sol, nos hayamos paseado cuatro días sin sacar el bañador de la mochila.

José-Félix Sánchez

 

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