TRAS LA ESTELA DE LAS MONTAÑAS VOLADORAS.

Montañas que vuelan, amores volátiles.

TRAS LA ESTELA DE LAS MONTAÑAS VOLADORAS. Francisco Po Egea.jpg

Autor: Francisco Po Egea
Editorial: Ediciones Atlantis.

                                                                                                     Por Antonio Picazo.

         Francisco Po Egea (PacoPo) es un veteranísimo cronista de viajes de cuando los reportajes de este género eran eso, relatos con un cierto orden y calidad. Una época ya casi lejana, y a punto de extinguirse, muy anterior desde luego al batiburrillo actual de pelmas digitales empeñados, desde las redes, en contarte sus simplezas, memeces y turistadas, así como de esa especie invasiva de blogeros jovencitos (bloggers dicen los imbéciles) una panda de irrespetuosos que parece que están de vuelta cuando ni siquiera han completado el camino de ida. Francisco Po, pues, pertenece a aquella saga de cuyos rescoldos apenas quedamos unas cuantas pavesas.

    Paco ha escrito un libro, “Tras la estela de las montañas voladoras”, perteneciente al género de los que no se sabe a qué género pertenecen: Novela, memorias, biografía, amor, sexo, viajes… Se trata, pues, de un deseo de juntar y decir cosas de distinta naturaleza. Un tanto de todo y estilísticamente un mucho de nada concreto. Así no se podía ganar el premio Desnivel de literatura de montaña, al cual se presentó “Tras la estela…”, en una  edición, por cierto, cuyo fallo del jurado resultó muy controvertido.

       El autor habla del hecho de abandonar un modo de vida tenso y agobiante, aunque económicamente aliviado. Pero romper con esa manera de vivir y cambiarla por otra más -se supone- libre, natural y alternativa, hoy día está taaaan visto, lo hace y lo cuenta taaanta gente. Sí, son esas personas que se quedan prendidas a los síntomas propios de muchos acomodados económicos, esos tipos que pueden elegir otra existencia con ayuda de los muchos dólares/euros ganados en el infierno inhumano de la empresa capitalista. Otros, tantísimos, no lo pueden hacer, y gracias que tengan algo para nutrirse, para mal mantener y, en su caso, educar adecuadamente, a su familia, a su clan. Y es que la cosa en general no está como para hacer de viajerito de ruptura para así sobresalir de entre la morralla alienada, una gente ésta sedentaria que, precisamente, y mira por donde, el viajero guay se encuentra a la vera de los caminos y de los destinos habitualmente exóticos. “Viajar por viajar” es un invento reciente, casi nadie en la historia de los tiempos y de lo humano se ha desplazado de un sitio a otro si no ha sido con un fin concreto (y no abstracto). “Viajar por viajar”: un prurito del personal desahogado tanto de dinero como de compromisos. Cierto que esa ruptura Francisco Po la hizo hace años, pero la escribe y, sobre todo la publica ahora, cuando todo eso está taaaan visto.

      El libro deja ver rasgos del oficio del autor, el texto posee tono y fluido narrativo, pasan cosas casi constantemente, hay hechos que contar y se cuentan: la historia del moribundo de la montaña, un encuentro con los maquis, el leopardo de las nieves, Katmandú, el Tíbet indio, etc. Excelente el relato de una atroz tormenta en plena montaña, una escena dramática e intensa que hace del capítulo 20 el mejor del libro. Una pena que como elemento de ralentí entre historias se escoja unos empalagosos pasajes amoroso-eróticos que, salvo al autor, no le interesan a nadie. El relato en esas páginas se columpia entre la pseudolírica y la ida y venida de flujos, reflujos, fluidos y erecciones. ¿A santo de qué? ¿Por qué presentar este obsesivo sexy boom, cuando el autor tiene tanto y tanto que contar fuera de lechos y habitaciones? Por mucho que sea el abundante tedio que se sufre, (o se disfruta, según), en los viajes, en las aventuras, a uno no le da por repasar constantemente –aunque un poco sí, desde luego– el pasado y voluble meneo de las ingles. Y si le da por recordar pues se recuerda, pero no deben malgastarse 100 páginas de un libro que se extiende hasta trescientas y pico.

          Hay en “Tras la estela…” algunos detalles que no debían habérsele colado a Paco: alguna que otra expresión tópica como la de la página 16: “Presentaban signos claros de congelación”. O, imperdonable para un escritor de viajes: no explicar el significado de la palabra “Sirdar“, ese encargado de contratar a los porteadores de una expedición, de comprar y coordinar los víveres y otros diversos medios durante la marcha de aproximación a la montaña o a un campamento base. Es decir un capataz, un jefe de obra. O ese vulgarismo: “Nos lo cuentan en los periódicos, en las teles…” (Pág. 203).

         Tampoco he visto en el libro nada contundentemente literario, incluso las citas que encabezan cada capítulo resultan obvias y escasamente brillantes. Mala selección de ellas, con las tantísimas cosas inteligentes y vibrantes que se han dicho en la historia de la humanidad y se eligen esas frases que se olvidan conforme se leen.

      Y dale con eso de llamar “americanos” a los estadounidenses, una tendencia periodística que hace rechinar frases e ideas y que denota una evidente comodidad mental.

       Por último una observación: el título de la obra resulta algo redicho, sin lo de “Tras la estela…” hubiera quedado mejor, porque lo de “Las montañas voladoras”, cuya sola imagen, sensación y justificación quedan muy bien trazadas en el libro, como expresión narrativa es un hallazgo interesante. Lo de la estela sobra.

       Lo mejor:   Cuando la narración recrea las escenas de montaña o, en su caso, de otras vivencias propias de atmósferas viajeras. El capítulo que relata la tormenta en la montaña posee un pulso tal que provoca una lectura sobrecogedora

       Lo peor:     Los amores del autor y sus detalles, así como sus afanes de bamboleo de cadera. Todo eso no pinta nada en este relato, aburre, no interesa.

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