TRIBU. (Sobre vuelta a casa y pertenencia)

 TRIBU. Sebastian Junger.jpg

Los ricos y civilizados pierden su tribu

Autor: Sebastian Junger.

Editorial. Capitán Swing Libros.

                                                                                                Por Antonio Picazo.             

         Capitan Swing es una animosa editorial que publica obras de tono social pero con una proyección tanto histórica como ensayística. Sus temas y sus libros están bajo una cuidada y agradable presentación. Un ejemplo de ese estilo es “Tribu” del periodista, y él dice que documentalista, estadounidense Sebastian Junger.

          La obra resultante es un libro breve, poco más de cien páginas –aunque hay que decir que a pesar de su brevedad, resulta algo  reiterativo–, en donde se plantea una observación interesante sobre el concepto tribal primigenio del ser humano. Sentirse de una tribu es una demanda natural de procedencia prehistórica. Lo que ocurre es que –observa Junger– en las sociedades seguras y previsibles, el sentimiento de tribu se atrofia. Es en la dificultad, en las catástrofes, cuando los humanos se muestran necesarios y solidarios, tanto con sus iguales como con sus desiguales. Porque a las personas no les importa tanto la adversidad, como el no sentirse necesarios. La sociedad moderna del progreso y la abundancia, no obstante, ha perfeccionado el arte de hacer que la gente no se sienta necesaria. Por ejemplo, en el siglo XVIII y XIX, en el oeste norteamericano, muchos colonos se iban a vivir a las tribus indias para satisfacer su sentimiento de pertenencia a un grupo, porque la dinámica cooperante de esos colectivos les era vitalmente más agradable y complaciente, porque les nutría más que sus propias necesidades. La vida procedente de la civilización no satisfacía el instinto tribal de aquellas personas. De hecho, muchos cautivos que habían sido capturados por los indígenas no deseaban –y se resistían– volver a sus orígenes, preferían seguir participando en la vida natural de los indios.

         La gente se siente mejor si se ve implicada en su comunidad, en una causa común. De ahí que en los conflictos, la gente que sufre y se ve colectivamente afectada, encuentre en la ayuda y la cooperación un estado de alivio, incluso una especie de bienestar. Además, ante el desastre, una comunidad se torna enormemente igualitaria. Se suavizan, si no se eliminan las diferencias sociales, de raza, cultura y educación. Se puede decir que en los conflictos, el sentido democrático y cooperante se potencia. Cuando la supervivencia se ve amenazada, surge la fuerza solidaria de la tribu, del colectivo.

          Por otra parte, “Tribu” expone el hecho de que a los combatientes que vuelven a casa, a un país desarrollado, y por lo tanto de un alto grado de individualidad, se les ofrecen subsidios y otras ayudas que ya de por sí sirven, a veces sin pretenderlo, o haciéndolo de buena voluntad, para señalarlos como víctimas, es decir, esto no facilita su incorporación a la sociedad como personas normales, solo se les tiene en cuenta como verdaderos estigmatizados.

         O bien, que la falta de civismo, manifestada en actos de escasa o nula educación, como arrojar al suelo desperdicios, basura, o bien aprovecharse de subsidios inmerecidos (como, y esto lo digo yo, los musulmanes o sudamericanos en España) son ejemplos aparentemente nada solidarios que denotan una falta de implicación y compromiso con su comunidad, con la tribu que los acoge. Son detalles y expresiones que muestran y demuestran la no integración, además de sufrir el rechazo de los demás y el igualmente rechazo hacia los demás.

         Temas interesantes pues pero que, con frecuencia, en el tratamiento se advierte el vicio sintético procedente del periodista que es Junger. El autor, por ejemplo, en su tratado, se olvida –no lo menciona– del hecho antinatural que significa la superpoblación como elemento que dinamita tribus de talla razonablemente humana. También Sebastian Junger cae en el súper resobado tópico de la crueldad de la Inquisición española. Se desploma y se columpia con la idea de la tortura sistemática de aquella institución, idea que ya ha sido rebatida e históricamente demostrada como, en general, esencialmente falsa, leyenda negra arrojadiza y arma de propaganda ideada contra España por parte de holandeses y anglosajones, aunque también en su momento, por parte del aparato religioso protestante. Al autor como periodista acientífico de superficie, se le puede perdonar este pecado mortal, pero como supuesto documentalista, no. Error grave. Como fallo es que confunda el lugar en donde se produjo el terremoto que arrasó la población peruana de Yungay, el día 31 de mayo de 1970. (Pág. 51). Según Junger ese terremoto tuvo lugar en Chile. En aquel país, sí, hubo un terremoto, pero el 27 de febrero de 2010. El autor no sabe, el autor se equivoca.

Lo mejor:           La propia tesis del libro, el elemento tribal de los seres humanos. El hecho de sentirse parte de un cuerpo colectivo. Cuando las dificultades abordan a la vida, el instinto tribal acude para socorrerla, y al contrario, cuanta más es la seguridad y la comodidad, la tribu se diluye, prácticamente desaparece.

Lo peor:   Las lamentables pifias documentales del autor. El tono reiterativo del libro.

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