EL REPARTO DE ÁFRICA (De la Conferencia de Berlín a los conflictos actuales).

Autor: Roberto Ceamanos.

Editorial: Los Libros de la Catarata.

Los okupas del siglo XIX.

Por ANTONIO PICAZO.

“Los africanos fueron vistos como si se tratara de animales y se tuvo que advertir al público que no había que echarles comida”.

EL REPARTO DE AFRICA. Roberto Ceamanos.jpg

          A “El reparto de África” casi se le puede considerar como un práctico manual para saber y entender, gracias a su escaso empalagamiento académico, cómo se estructuró y planificó la ocupación europea de África. El que tenga un cierto barullo con el tema, o el que no sepa muy bien qué fue aquel reparto de cartas; o el que sólo tenga una opinión basada en tópicos prejuiciosos o buenistas/paternalistas, bien, este es un buen libro para lavar, secar, planchar y ordenar ideas sobre qué fue aquella Conferencia de Berlín, celebrada entre el 15 de noviembre del 1884 al 26 de febrero de 1885, que reunió a 13 países europeos y a Estados Unidos, y que fue convocada por el canciller alemán Bismarck .

          A lo largo del libro el lector camina por el filo del sentimiento que le proporciona el hecho de que un puñado de naciones desarrolladas se apropiaran de África, y encima sin tener en cuenta  lo más mínimo lo que pudieran decir y sentir los propios africanos. Eso sí, desde las primeras páginas, “El reparto de África”, también va a intentar circular entre dos tendencias (aunque, en definitiva, se decante más por una, la primera, que por la segunda). Por un lado tenemos:

      La postura africanovictimista: la que defiende que todos los problemas africanos proceden de las agresiones externas: esclavitud, colonización, imperialismo, neocolonización. Piensa que el punto de partida de todos los problemas de África está en la Conferencia de Berlín. Y por otra parte: La afropesimista: que dice que la conferencia de Berlín es la excusa perfecta para encubrir las responsabilidades africanas y la incapacidad de sus clases gobernantes para definir modelos alternativos viables de democracia y desarrollo.

          Pero los cimientos más interesantes en donde se va a apoyar el libro es cuando éste habla de los elementos de conflictos, de ayer y de hoy, en África:

       Más que asuntos de fronteras (estados surgidos de la conferencia de Berlín) -que también- los factores problemáticos son la lucha por el oro, los diamantes, el petróleo, el coltan, el agua. También por motivos religiosos (islamistas, sobre todo), así como por la ocupación/venta/alquiler de tierras de otros países no africanos (asiáticos -China, por ejemplo–)

         Igualmente, una de las razones del no progreso de África en su no evolución desde sus bases tradicionales, es el haber importado obligatoriamente sistemas de gobierno y de estructuras estatales ajenas a sus culturas.

        En realidad como dice el autor de “El reparto…” sobre las razones del colonialismo en África:

       “La explotación colonial fue posible gracias a la revolución en los trasportes. Los barcos de vapor remontaron las vías fluviales africanas y el ferrocarril comunicó las plantaciones del interior con los puertos costeros. África se convirtió en el mercado donde colocar los productos europeos y en el territorio que proporcionaba materias primas y mano de obra, no ya esclava, sino forzada. Otro de los factores que explican el interés europeo por colonizar el continente africano fue el factor demográfico. La población europea experimentó un notable crecimiento en el siglo XIX. Entre el fin del periodo napoleónico y el inicio de la primera Guerra Mundial, la población europea pasó de 190 millones de habitantes a 450, y, a lo largo de este periodo, unos 40 millones de europeos emigraron a otros continentes, reduciendo en sus países de origen las tensiones sociales originadas por el desempleo y la pobreza. Fueron quienes poblaron las costas del Magreb, administraron el África Occidental, colonizaron el África Oriental y se expandieron por el África Austral“.

          Aunque los motivos de la invasión, colonización y explotación europea en África no fueron solo económicos, también de estrategia política entre potencias, así como de prestigio, el que suponía tener un imperio. Durante poco más de tres meses, pues, las potencias coloniales discutieron sobre cómo repartirse África, Se trataba de asegurar la libre navegación y comercio en los grandes ríos africanos que desembocaban en el océano Atlántico –Níger y Congo–: fijar las normas básicas a la hora de legitimar la ocupación de un territorio.

      Quizá al autor del libro le falta un poco de intrepidez, de atrevimiento, porque, mmmhhm., el texto resulta frío, y en ocasiones –demasiadas– aséptico. Y mira que tenía cancha para calentar motores, en un sentido u otro, o en varios: Personajes siniestros como Leopoldo II de Bélgica, o Henry M. Stanley, ambos reconocidos genocidas de la negritud (el primero tiene peor prensa, pero el segundo, con su aureola de explorador –que lo era y muy bueno– se ha ido yendo un poco de rositas en la historia, cuando era tal palo de tal astilla leopoldina). O si seguimos hablando de exterminios humanos, en el libro se pasa de puntillas por aquel asesino en serie que fue el alemán Lothar von Trotta, representante de una manera intensa y extremadamente atroz y brutal de entender el colonialismo. Y es que aquellas matanzas contra hereros y namaquas fueron ensayos de lo que treinta años más tarde iba a ser el gran paseo nazi colgado del bracete del horror. Los alemanes, como se ve, siempre aportando a la humanidad una parte de su talento. Qué curiosa tendencia la de la historia germana para promover genocidios.

          Sí está bien, sin embargo, desenmascarar al escritor Rudyard Kipling, un novelista algo confuso, y sobrevalorado, que fue uno de los más aventajados ideólogos literarios del colonialismo más rancio y racista. Dice un poema suyo:

          “Vuestros recién conquistados y descontentos pueblos,

          Mitad demonios y mitad niños”.

       En fin que “El reparto de África” resulta ser una buena brújula histórica y divulgativa de lo que fue fijar posiciones dentro de un continente inmenso al que, suprimiéndole su manera tradicional y estructural de ver el mundo, la vida y los espíritus, le proporcionaron unas maneras en que lo blanco se volvió feo, es decir, que el africano se quedó sin sus elegantes faldones hechos a medida, a cambio de dos sayas de talla infame: la corrupción y la burocracia, todavía las conservan, los blancos también.

Lo mejor: Su tono divulgativo, claro y documental. Resulta un libro muy práctico y recomendable para entender el fenómeno del reparto europeo de África. El capítulo de Conclusiones es un buen resumen de los conceptos del libro.

Lo peor:   Su asepsia y frialdad ante un tema tan fundamentalmente humano. Sus frecuentes erratas.

 

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