El horror del mercenario

Sin título“Grande hazaña con muertos” · Los desastres de la guerra (Goya)

(Relato de aventuras basado en hechos reales)

Están ahí, entre la espesura vegetal, pero no se dejan ver. Isidro, sentado al lado del auxiliar conductor, escruta el paisaje a la misma velocidad con que circula el jeep por la pista. Atrás, el alférez Deme, que nunca hizo el servicio militar, se encarga de la ametralladora M60. Nueva, como las otras cuatro del destacamento y ya parcheadas por Isidro -se pierden piezas y quedan inutilizadas-. Otra vez en uso no merece un agradecimiento por parte del Mayor del Zarzal.

Isidro, ex paracaidista, está muy nervioso, el cruce queda a cinco minutos y el alférez tiene que disparar unas ráfagas en prevención de un ataque que intuye bastante probable. En lugar de ello, con gafas de sol, la camisa desabrochada a la altura del pecho y la gorra en la mano, desafía al peligro de pie, apoyado en la ametralladora y disfrutando la caricia del viento. El auxiliar, negro azande, pisa el acelerador con firmeza.

  • ¡Mi alférez… la ametralladora!

Al mediodía el calor es sofocante en todo el margen derecho del río Uéle. Isidro se limpia las gotas de sudor de la frente con el dobladillo de la camisa, antes de que le lleguen a los ojos y el escozor le distraiga.

Los monos no alborotan, solo observan desde los árboles más altos, los grandes depredadores no cazan, los pájaros no cantan y ningún animal come, juega o copula, la selva está alerta en completo silencio, incluso el fluir del río es lento e insonoro… Es el momento de los hombres.

Mientras, a unos siete minutos, avanzan los dos camiones que completan el convoy, cargados con material bélico, algunas armas, siete mercenarios más y cuatro soldados pro gubernamentales. Se dirigen al destacamento a por avituallamiento para el puesto avanzado y la paga que el gobierno congoleño asigna mensualmente a estos aventureros españoles.

Pu pú, pu pú, pu pú. Es un sonido seco y sordo nada escandaloso. Lo provocan unos rifles de madera antediluvianos, los “pupú”, a los que hay que cargar, previamente a la bala, con pólvora prensada. Dos flechas se han insertado en la capota recogida del jeep.

  • ¡Demetrio, cojones! -grita Isidro-.

Isidro dispara repetidamente su “FAL” hacia la maraña vegetal, calculando la altura del pecho de  una persona pues no ve nada, absolutamente nada, tampoco se mueven las hojas, ni se oyen crujidos de ramas.

Bruscamente una bala detiene su veloz recorrido en la parte interna del muslo derecho del alférez, que se arrastra hasta la ametralladora. Haciendo fuerza en su pierna izquierda se levanta y agarra las dos asas y dispara. En los camiones se oye el tableteo de la M60 y aumentan vertiginosamente la velocidad.

El cruce está taponado de guerreros: Algunos empuñan “pupús” y van vestidos con indumentaria militar que no llega ni a ser harapo, el resto usa pantalones cortos desgarrados o taparrabos tribales. Los más portan arcos y flechas o intimidantes lanzas de punta ojival. El auxiliar frena en seco y parte en dos, sin sacarla, la flecha que tiene clavada un par de centímetros por encima del tobillo del pie izquierdo.

Los revolucionarios corren gritando hacia ellos. A la mayoría se les distinguen unas incisiones en sus torsos desnudos, que cubren con un polvo blanquecino; el “dawa”, A otros les cuesta mantener el equilibrio, borrachos de vino de palma como están y sin embargo, todos alcanzan la pista sin miedo, son inmortales, el “dawa” les protege transformando en agua las balas que penetran sus cuerpos. En el peor de los casos resucitarán al cuarto día. Son los temidos Simba -el horror con denominación de origen-

El alférez Deme está provocando una carnicería. Hileras de cadáveres se amontonan sobre la tierra anaranjada de la pista, salpicada de charcos de sangre simba. Isidro ordena a su compañero azande que dé la vuelta, hay que retroceder hacia los camiones.

El auxiliar pisa el embrague a fondo, gira el volante y acelera, mientras apoya el pie izquierdo sobre el pedal del freno, lo que le dibuja una deforme mueca de dolor en la cara. Silban las balas, vuelan flechas sobre el jeep y algunas se clavan donde pueden en la carrocería del vehículo. Una lanza que circula en paralelo a diez centímetros de la cara de Isidro pierde fuerza y cae sobre la pista. Se percata de que el alférez está disparando a la copa de los árboles y tras soltar el fusil belga salta hacia la M60, que apunta al cielo. Deme yace desangrado con una mano cogida al asa correspondiente: Una flecha le hiere la espalda y otra abre el soleado pecho del militar.

Alguna gota de agobiante sudor consigue entrar en los ojos de Isidro y transformadas en lágrimas alcanzan las mejillas. Con fuerza aprieta el gatillo y barre despiadadamente a un lado y otro de la pista. Entre ramas rotas y hojas troceadas surgen numerosos cuerpos heridos de muerte que medio reventados van a dar contra el suelo.

El mercenario nota que el vehículo bandea.

  • ¡Dios!, ¿Qué pasa ahora?
  • Hostias, tiens bon joder, tiens bon –Aguanta grita Isidro al conductor-

Deja la ametralladora y salta apartando de un empujón al auxiliar para ponerse al volante, éste le señala el tobillo. Isidro desesperado acelera. No pueden morir ahí. Tiene muy claro que sus cadáveres serian despedazados y comidas las partes más sabrosas. Sus cabezas adornarían la pista insertadas en lanzas y quizá alguna mano colgase a modo de trofeo del cuello de los caníbales.

No se oyen disparos ni se cruzan flechas o lanzas; los simba han desaparecido. Al fondo de la pista se ven los dos camiones atravesados, realizando las maniobras necesarias para girar y regresar al puesto avanzado. Numerosos cadáveres de nativos les rodean, también dos españoles, que sus compañeros se afanan por subir a los camiones. El primero inicia la marcha y el segundo espera al jeep ante los insistentes pitidos de reclamo.

El peligro ha pasado, los revolucionarios simba intentarán asaltar el primer poblado que les pille de paso y tras masacrar a la población y robarles sus escasas pertenencias desaparecerán. Eso si el Mayor del Zarzal no envía a la tropa desde el destacamento para impedirlo.

El cuerpo inerte del alférez descansa junto a los otros cadáveres de mercenarios en el camión. El auxiliar azande es atendido por un sargento médico en el mismo vehículo.

Isidro conduce el jeep al final del convoy absorto en sus pensamientos; hoy, mañana y pasado su único alimento será dos o tres piezas de fruta variada y si las hay un par de sardinas de lata. No disfrutará tampoco, de unas cuantas “primus”, la cerveza nacional, ya que en los bolsillos no encontrará el fajo de billetes que esta mañana se veía seguro. Tampoco se quita de la cabeza a esa negra fea que hasta hace un par de meses le hacía tan feliz y que tuvo que “despedir” porque no aguantaba su fétido aliento de borracha las veinticuatro horas del día.

La columna motorizada orada el verde intenso de la jungla. Al fondo de esta larga línea de tierra, un puñado de nubes muy negras presagia una tormenta descomunal. El calor es menos intenso y a los lados de la pista se oyen chillidos de loros grises, aullidos de monos y un rugido lejano de leopardo, que junto con los simba, son los reyes de esta selva.

José-Félix Sánchez

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