Marco Polo en Vallecas

Los viajes de Marco Polo me llevaron hasta un piso junto al estadio de fútbol del Rayo Vallecano. Había quedado con el vendedor a las ocho de la tarde, en su casa para recoger el libro; un ejemplar impecable de una edición reciente del “Libro de las maravillas del mundo” del mercader veneciano.

Acostumbrado a pasear por el centro de Madrid, aquel día cambié las aceras señoriales de Goya por el asfalto obrero del distrito vallecano. Buscaba un bar de los de siempre donde cenar. En una calle porticada tenía donde elegir; tres o cuatro locales me abrían sus puertas o mostraban cierres metálicos totalmente infranqueables. Entré en el más concurrido, una cervecería con terraza a medio llenar. En la barra se agolpaban seres solitarios que apuraban botellines de mahou, por unidades o en cubos de cinco en cinco, también se veía algún tercio de la misma cervecera, todos con aperitivo. Me acoplé en una esquina de la barra.

Inesperadamente vi caer en “mi sitio” una bandeja vacía. Saludé al camarero, un polaco mal encarado, que no dijo nada. Poco después pedí una caña que me sirvió el mismo camarero -no había otro- sin tapa.

Crucé la calle, dejé a un lado un kebab y me metí en la cafetería restaurante “Los asturianos” No había nadie, un marroquí me siguió y pasó detrás de la barra. Como tapa para la caña me ofreció tortilla de patata o jamón serrano con tomate. El jamón estaba muy bueno.

No vi queso cabrales, no vi referencia a la fabada, no vi chorizo a la sidra. Un gran cartel anunciaba platos combinados a cinco euros y medio. Póngame el de “solomillos de cerdo con huevo frito y patatas fritas o ensalada a elegir”. Señalé varias veces el plato en la carta y varias veces el señor que hacía de camarero asintió. A continuación salió del bar, quizá revolviéndose en su interior no apto a la carne impura.

Pocos minutos después un joven indio pasó a ocupar el vacío dejado tras la barra y dio cambio a una señora para tabaco. Pasado un rato observé que la carne esperaba al lado de la plancha y deduje que ésta estaba fría, por lo que mi cena tardaba en llegar.

Apoyado en la barra y sin consumir nada, un hombre mayor de unos 75 años, conversa más o menos confidencialmente con el camarero. Cuando el anciano se va pido otra cerveza y el camarero aprovecha para contarme cosas: el viejo es el dueño de este y otros cuatro locales similares, tiene mucho dinero y cambia cada dos por tres a sus empleados de bar; ¡Así no se puede hacer una clientela duradera! El marroquí es dependiente en una tienda cercana y él no es indio, es de Bangladesh.

Ante la llegada del combinado me siento en una mesa.

Nuevos clientes: una madre, su bebé y la abuela de éste. Las dos pidieron cerveza con limón. Al niño, tumbado en el cochecito, le dieron agua de la botella de su madre y se atragantó. La abuela: ¡Tu madre casi te ahoga! La madre: ¡Ay hijo culpa de mamá, es que te ve tan grande que no cae en lo pequeño que eres! El hijo: me sonríe y agarrado de la mano de mamá da unos pasitos sobre el suelo de terrazo.
Aunque estoy disfrutando de mi cena, al llegar a la mitad del plato, le hago notar al camarero que le había pedido a su compañero carne de cerdo y no filetes de ternera que él me había servido. Tras señalar varias veces el plato en la carta, tanto él como yo, no nos entendimos.

Una pareja de parroquianos, de edad madura, se acerca a la barra, ella charla con el camarero y él da vueltas pensativo, por fin se decide y con acento sudamericano pide un vino español. Al fondo un chino juega en la máquina tragaperras.
Satisfecho con mi cena salgo camino del metro, bajo los soportales.

José-Félix Sánchez

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