Las montañas desde la que se divisan tigres y dragones. Región de Guanxi (China)

Por extraño que pueda parecer, Viviano aún no ha hecho acto de presencia en el pequeño aparcamiento que se sitúa delante de la entrada del hotel. Extraño porque, en China, lo normal es que cualquier conductor con el que hayas quedado para ir al aeropuerto o hacer una excursión, llegue con bastante tiempo de antelación. Viviano es el conductor que vamos a tener ese día, como el anterior, después de haber contratado sus servicios dos días antes por mediación de su mujer. Le hemos bautizado con ese nombre porque su mujer tiene como nombre en inglés el de Vivian–ponerse un nombre occidental es una práctica habitual para la mayoría de las personas chinas-. Finalmente, llega con unos diez minutos de retraso, y no tardamos en comprender el motivo de la anomalía: tiene una de las dos ruedas delanteras de la furgoneta pinchada. Por ello, debemos detenernos unos minutos en un taller de arreglado de pinchazos de la pequeña ciudad en la que nos encontramos, Yangshuo. Aunque tenemos que esperar un rato hasta que el establecimiento abra, la persona encargada no tarda en arreglar nuestro problema.

Ya circulamos en dirección norte, hacia nuestro destino, las terrazas de arrozales de Longji. El camino entre Yangshuo y Guilin –la ciudad más grande de la región- está salpicado de las hermosas formaciones kársticas propias de la zona. Se trata de un tipo de paisaje natural formado por la erosión de la roca caliza a partir de la reacción química de aguas con cierto contenido ácido, presente solamente en climas tropicales. Las formas son de lo más variado, es complicado encontrar dos, no ya iguales, sino que se parezcan mínimamente. Las formaciones son independientes una de otra, todas nacen desde la propia tierra, y en la mayoría de los casos la roca está cubierta por una exuberante vegetación. Disfruto contemplándolas en su variedad, no solo las que están más cerca, de las que por supuesto se aprecia más el detalle, sino también de aquellas que, en un segundo o tercer plano, cierran el horizonte con graciosos dibujos recortados de algo que parece cartón, un cartón casi de mentira, irreal. El espacio entre las elevaciones, está cubierto casi en su totalidad por plantaciones de arroz.

A partir de cierto momento, las formaciones kársticas van siendo sustituidas por montañas, pequeñas y redondeadas primero, y más voluminosas y abruptas después. Es síntoma de que nos estamos acercando a la zona deseada, aunque como bien apunta uno de mis compañeros de viaje en un momento determinado, las terrazas “se resisten” y aún tardamos un rato considerable en, primero desviarnos de la carretera que hemos llevado casi todo el camino, después atravesar un pequeño pueblo aún en una zona baja, y por último comenzar la ascensión a un puerto de montaña de pronunciadas pendientes. Por fin, llegamos a nuestro destino, y una vez aparcado el coche, comenzamos a caminar. Un pueblo construido en distintas alturas –comunicadas entre sí principalmente con escalones-, es el punto de partida para las diversas rutas que pueden recorrerse. Comenzamos nuestro camino por una de ellas, hacia el Mirador de los Nueve Dragones y los Cinco Tigres –un ejemplo más en nuestro viaje de los pomposos nombres que se asignan en China a los lugares de interés-, por el sendero de piedra que ha de conducirnos hasta el punto más alto. Recorremos las terrazas en transversal y en longitudinal, pudiendo apreciar cómo son considerablemente más anchas de lo que parecen desde una cierta distancia. Una pequeña serpiente que se escabulle huyendo del camino e introduciéndose en la vegetación, y algunas –pocas- personas que hacen el camino inverso al nuestro, son las notas más significativas del trayecto.

Llegamos al mirador, y contemplamos, extasiados, el panorama que se extiende ante nuestros ojos. Los diferentes matices de verde se suceden componiendo un mosaico irregular, bello en su imperfección, tanto por el conjunto que forman, como por el detalle de cada una de las teselas o piezas que lo componen, ya sean bancales de arroz, ya espacios de vegetación salvaje o pequeños puntitos dibujados por árboles desperdigados aquí y allá. El tamaño de algunas de las montañas es descomunal, abrumador, dejando insignificantes a todas aquellas otras cosas en las que nuestros ojos pueden detenerse en ese momento. Como suele suceder en estos casos, solamente con un ejercicio extremo de imaginación son posibles de aproximar, siquiera muy de lejos, las formas de dragón y de tigre que supuestamente adoptan las montañas que nos rodean, y que dan nombre al mirador.

Ya iniciamos camino hacia hacia abajo. En esta ocasión, es un pequeño lagarto que se desliza hacia arriba por una pared vertical, el que ameniza nuestro viaje. Comemos en uno de los restaurantes del pequeño pueblo del que hemos partido un rato antes, empleando más tiempo del que hubiéramos deseado, al tener que esperar prácticamente una hora hasta ver servidos los platos que hemos pedido, y asombrados por nuestras dificultades de entendimiento con los chinos: inicialmente habíamos pedido dos platos diferentes para compartir, al recibir la información de que no tenían existencias de uno de ellos hemos decidido doblar la cantidad del que sí tenían, y sin embargo sobre la mesa nos han servido dos platos diferentes. Es el día a día en este país, y es que, como vengo certificando a lo largo de los días del viaje, lo que nos diferencia de los chinos es algo que va más allá de la lengua y de la cultura, y que no es otra cosa que el esquema mental. Definitivamente, es difícil entendernos con ellos, incluso en esas situaciones en las que un tenemos una lengua en común para comunicarnos, en este caso el idioma inglés.

Después de comer, comenzamos nuestro camino hacia el segundo de los miradores. Tiene otro nombre rimbombante –Mirador de las Siete Estrellas y la Luna-, y en este caso la distancia que debemos cubrir es considerablemente menor que en la ruta que hemos hecho por la mañana. Se encuentra apenas a la salida del pueblo, rodeado de pequeñas tiendas ambulantes de suvenires, y desde allí podemos contemplar vistas tan espectaculares como las del otro mirador, aunque con una perspectiva diferente del valle y de las montañas que lo rodean. Como ese paseo de la tarde nos ha sabido a poco, decidimos alargarlo por otro estrecho sendero de piedra que sale desde un poco más abajo del mirador. Avanzamos por la estrecha senda durante unos pocos centenares de metros, hasta que llegamos a un pequeño refugio, en uno de cuyos bancos nos sentamos. Una gigantesca y desagradable araña se sitúa, inmóvil, cerca del techo del refugio. Tras unos minutos allí, volvemos al núcleo urbano.

Deshacemos el camino andado por la mañana, ya en dirección al coche, mientras las mujeres que regentan pequeños puestos de venta de diversos artículos –la mayoría dispuestos en el suelo- sonríen y nos ofrecen sus existencias. Pertenecen a la minoría étnica yao, y sus mujeres se caracterizan por llevar el pelo muy largo,  cayendo hasta la altura de las piernas en algunos casos. Ahora lo llevan recogido, y ante nuestra petición de que se lo suelten para apreciar su longitud, nos contestan pidiéndonos dinero. Abandonamos el lugar reflexionando sobre los aspectos negativos que la democratización del viaje y del turismo, y la llegada masiva de personas a lugares como este, están creando. El interés y el dinero parecen estar venciendo la batalla particular que les enfrenta a la hospitalidad y a la cordialidad ante personas de otras culturas. Aunque, tal vez, debamos consolarnos con el hecho de que, gracias a esa mayor facilidad para el viaje, más personas -entre las que nos incluimos- puedan tener la oportunidad de disfrutar de sus innumerables aspectos positivos, incluso aunque sea a costa de no poder acceder a un puñado de cosas superficiales -como la que no hemos podido hacer hace un momento- sin dar dinero a cambio.

Sergio Gonzalo

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