Un espíritu entre Mobeka y Makanza

mobekaEl “Go Congo” reduce la ya de por si baja velocidad, va a iniciar la maniobra de atraque; amarrar la proa en contra de la corriente a cualquier palmera de la orilla. En paralelo, los turistas estamos viendo otro pueblo más de la ribera del mítico río, en la inconmensurable curva que traza en el norte de la República Democrática del Congo.

Identificamos los tres colores característicos: azul del cielo, verde de la selva y marrón de la tierra y el agua, y con un tono más grisáceo el de las cabañas construidas de caña, paja y madera. En esta ocasión, en Mobeka el pueblo al que llegamos, nos llama la atención el intenso colorido de la ropa que destaca un grupo de personas numeroso. No nos hacen gestos, ni fotos con móvil, no hay niños. De nuestro lado cámaras y móviles van a comenzar el murmullo fotográfico. Según se acerca el barco distinguimos el verde caqui de un militar “¡No foto!”

Junto a la muchedumbre un edificio de ladrillo color ocre, es el Centro de Salud.

Acaban de recoger del río el cadáver de un ahogado. Caído en la noche desde una barcaza al agua espera a que se le practique la autopsia. La gente está de duelo.

Viajeros y tripulación desembarcamos con distintos cometidos: ellos de compras; agua para su consumo, pan y comida para todos y combustible para los dos insaciables motores fuera borda, que mueven este monstruo de treinta metros de eslora. El armador, por su parte, se encarga de los ineludibles, fatigosos y largos trámites burocráticos. Nosotros a lo habitual, visitar el pueblo y su mercado y conectar en lo posible con la gente, y hacer fotos, muchas fotos.

Tarde de navegación, mal tiempo sin lluvia. Ya de noche el capitán reduce la velocidad y dos puntitos de luz se acercan a nosotros en total oscuridad, son dos piraguas con los funcionarios que guiarán el atraque. Será junto a un barco de la Cruz Roja y unos generadores de ruido infernal. Estamos en Makanza, el pueblo donde intentaremos dormir; unos altavoces expanden una música atronadora. Es la hora de acostarse y nos resignamos a las condiciones ambientales, el cielo está nublado y brilla con gran intensidad una luna redonda.

La música marchosa pero repetitiva, con cierto aire religioso, ha durado hasta las cinco menos cuarto -los generadores también- dando paso a tambores y baile en directo, todo tradicional. Los viajeros más madrugadores se han apuntado a la fiesta logrando un gran éxito.

Con el amanecer llega la información que siempre es relativa. Los lugareños cuentan a la tripulación los hechos en lingala, uno de los cinco idiomas oficiales del país, y ésta lo transmite en francés (quinto idioma oficial) al armador belga, quién informa a nuestro guía, que por último nos relata los acontecimientos en español con deje catalán.

La Cruz Roja congolesa contrató los servicios de un fotógrafo de Kinsasa para su barco, el que está amarrado junto al nuestro, con el fin de hacer un reportaje por el río Congo. Hace tres o cuatro noches este hombre, que no sabía nadar, cayó del barco al agua, la tripulación no pudo salvarlo, sus gritos de nada sirvieron ante la fuerte corriente, en cuestión de minutos el río se lo tragó. Media hora antes de que llegáramos a Mobeka el río devolvió el cuerpo que en la tarde-noche pasada fue trasladado a Makanza para su entierro.

El muerto, su espíritu, demanda los tres días de duelo, el funeral y el entierro preceptivos; con música, bailes, como siempre ha sido desde tiempos remotos. No importa que la familia no esté, si no se hace deambulará por toda la zona malogrando cultivos, trayendo enfermedades, alejando la pesca… El futuro inmediato sería predecible; vendrían mal dadas para los vivos.

Poco después de acostarnos, los vivos se asoman al barco, varios jóvenes borrachos vienen a pedir cervezas, se les ha acabado el vino de palma, el alcohol. Son rechazados por la tripulación, pero antes de irse nos increpan: ¿Cómo podéis dormir con el muerto de cuerpo presente? ¿Por qué no participáis en la fiesta?

El barco zarpa como casi todos los días con hora y media de retraso. El viento y una fuerte tormenta nos retrasará más tiempo. Al día siguiente llegaremos puntuales a Mbandaka donde cambiaremos el “Go Congo” por un avión. El sol, con un espíritu risueño, nos despidió aquella mañana en Mobeka.

José-Félix Sánchez

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