EL AFRICANO DE GROENLANDIA.

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Negro sobre blanco.

Autor: Tété-Michel Kpomassie

Editorial: Turner.

Por Antonio Picazo.

        A finales de los años cincuenta del siglo XX, un joven togolés, a raíz de leer un libro acerca de los esquimales de Groenlandia, y sobre todo de ver sus ilustraciones y fotografías, decide viajar desde la aldea en donde ha nacido y vive, hasta aquella gran isla ártica. Se desplaza hasta las tierras polares persiguiendo un sueño recurrente y para obedecer a una atracción irrefrenable hacia lo desconocido.

           El viaje de ida tiene una duración de ocho años, porque antes de llegar a Groenlandia reside en algunos países de África, Francia, Alemania y Dinamarca. En Groenlandia permanece durante  un total de dieciséis meses. El regreso dura un año. Es decir, que se marchó de su aldea en Togo con 16 años y regresó a ella con 27.

          El africano de Groenlandia es un largo relato cuyos activos fundamentales son las observaciones y comentarios que el autor lleva a cabo acerca de la vida de los esquimales (o inuit), un pueblo que, desde hace décadas, asiste a lo que, por entonces, cuando Kpomassie visitó a aquella gente, ya era una realidad imparable: su degradación racial y, sobre todo, cultural. Lo que no pudo un medio tan hostil –y a la vez tan bello– como es el de las soledades árticas, lo consiguió la invasión blanco-europea. La mayor desgracia de los esquimales ha sido habitar en unos territorios que, a la postre, resultaron ser posesiones de países poderosos: EE.UU. Canadá, Dinamarca. Y eso es lo Kpomassie certifica, la constatación de un abatido deterioro, de un corroído declive.

          Sin embargo, la expectativa del lector puede sufrir una cierta decepción. Porque, precisamente, si bien el banderín de enganche para la lectura del libro es el que propone propiamente El africano de Groenlandia, es decir, un relato escrito por un africano, no un europeo, estadounidense o similar; o sea, por un negro y no por un blanco, con frecuencia, a lo largo de las páginas, se llega a olvidar de que el autor es africano ya que la narración resulta ser un punto de enfoque de alguien convencionalmente cultivado, incluso ilustrado, de una mentalidad blanca. Y es que es difícil diferenciar, salvo algunos destellos, el criterio de un blanco-blanco de este negro instruido, con estudios e idiomas. Apenas hay detalles en que se note que el que escribe y describe es alguien perteneciente al África profunda. Kpomassie, de tanto estar rodeado del color del hielo y de la nieve, acabó convirtiéndose en un hombre blanco.

          Entre esos aislados destellos y detalles comparativos, o coincidentes, destaca aquel que habla de la diferencia de costumbres entre los europeos y los africanos. Por ejemplo, ir de visita a otras casas y, en el caso de Europa, no avisar previamente. En África, o entre los esquimales, no solo no es necesario este trámite, sino que el hecho de presentarse de improviso se considera como un signo de confianza.

          El libro, en definitiva, se basa en el testimonio, experiencias, reflexiones, así como en las palpaciones etnológicas de un africano civilizado, no tan culturalmente virgen como para que se obtenga un impagable documento de contraste entre el África negra y el mundo Ártico.

          De todas formas, si se da la vuelta al señuelo de: “hombre negro visita a esquimales” y se cambia por el de: “viajero polar observa a un pueblo en plena castración cultural”, la cosa puede resultar mucho más aprovechable. Con ese giro, en el libro aparecerán virtudes y hallazgos apreciables, por ejemplo:

          El concepto de la carencia de celos de los esquimales es uno de los choques culturales y costumbristas que sufre el autor, así como la promiscuidad de esta gente y su normal y habitual intercambio de parejas.

         El efecto depresivo que la noche polar produce en las personas que habitan en el ártico. A ese estado de ánimo, los esquimales lo llaman perlerorneq.

         El desorden y la desidia doméstica de los inuit.

         El testimonio de la degeneración de algunos esquimales. Por ejemplo, la familia del esquimal Thue en cuyo hogar miserable se hacen las necesidades orgánicas sin intimidad alguna, o se asiste a la felación sin pudor de un hermano a otro.

         Todo ello, a lo largo de un texto en donde se encuentran abundantes interpretaciones antropológicas de costumbres y ritos, así como descripciones y detalles, aunque a veces excesivas y quizá demasiado objetivas, que se suman a un ambiente en donde aparecen planos de gran belleza como esa luna de la larga noche ártica que a veces llega a iluminar el paisaje casi tanto como un día soleado. O la bonita imagen que recoge el autor y que explica a la gente de las aldeas cómo es la nieve: “Atayi” (Respetable abuelo), imagina que todas las aves blancas del cielo pierden sus plumas…”

         Como observación final, decir que sorprende la facilidad con que el protagonista encuentra alojamientos gratuitos y estables en casas particulares, así como trabajos muy oportunos, tanto en Europa como en Groenlandia. En este último lugar es normal creer esto, pero en Europa, y siendo negro…

          Lo mejor:          La experiencia ártica del autor y el relato de la vida y costumbres de los esquimales de Groenlandia. También las diversas interpretaciones antropológicas que se expresan en el libro acerca de los ritos, mitos y tabúes de los inuit.

          Lo peor:            La frustrada expectativa de que un negro africano haga llegar una visión comparativa entre lo que es el ambiente polar y el complejo universo del África negra. El libro parece que está escrito bajo los parámetros habituales de los meros viajeros y antropólogos blancos.

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