Las personas que eran tan iguales que no podían entenderse

Ibel (Senegal)

Apenas hemos tenido tiempo para salir del coche a nuestra llegada a Ibel, y ya estamos rodeados de un generoso grupo de chicos del pueblo. Es una de esas veces en las que uno se pregunta si los pequeños no van al colegio porque no quieren, porque no pueden, o es que sencillamente hay tantos que da para que tanto escuelas como calles estén llenas de ellos. Pronto comienzan a tocarnos, a acariciar nuestros brazos, y a seguir con la mirada hasta el más mínimo de nuestros movimientos. A diferencia de lo que ocurre en muchos otros países, ninguno extiende la mano para pedir dinero. Sólo sienten sorpresa, y tal vez un punto de asombro por los recién llegados y el extraño color de su piel, incluso a pesar de que no se trata de un lugar demasiado alejado de las rutas convencionales de turismo. No tarda en llegar el momento en el que varios de ellos compiten por ser quien nos acompañe a la cima de la pequeña colina a la que vamos a ascender para visitar el poblado bedik –una minoría étnica en Senegal- llamado Iwol. Evitamos decantarnos por alguno, por lo que finalmente son varios de ellos quienes vienen con nosotros.

Iniciamos el camino colina arriba, en un trayecto cuya duración no alcanza la media hora, según la información que hemos recibido. La subida no es complicada, y solo la pendiente que debemos salvar, y el incipiente calor, arrancan algunas gotas de sudor de nuestras frentes. Los chicos que nos han acompañado chapurrean el inglés o el francés, o pronuncian los nombres de algunos conocidos equipos y jugadores de fútbol europeos. Algunos de ellos van abandonando paulatinamente la expedición, unos para darse la vuelta y volver al pueblo, otros para permanecer en el camino o en sus inmediaciones. Poco antes de llegar a la cima, nos damos  la vuelta y observamos el fantástico valle que se extiende bajo nuestros pies. El conjunto, de abrumador color pardo, con algunas montañas al fondo, varios núcleos de población en diversos planos, todo ello salpicado de los puntitos verdes de la sabana aquí y allá, nos entretiene durante unos minutos.

Ya divisamos el poblado, que solo consta de algunas decenas de casas con techo de paja y fachada de madera o cemento, en función de las posibilidades de cada familia. Pronto nos sorprende la impactante imagen de una mujer de en torno a lo que, me atrevo a decir, son unos cuarenta años, con una especie de palo –después descubriremos que es una púa de puerco espín- atravesada en la nariz. Tiene el pecho al aire, y apenas luce un trapo que oculta la parte más íntima de su cuerpo. Tras ofrecerle unas frutas que hemos comprado como presente en el mercado de la ciudad de Kedougou –de dónde venimos-, continuamos nuestro camino, y pronto nos encontramos con nuevos vecinos del poblado. Dos mujeres acompañadas de sus respectivos niños, han salido a la calle a cocinar. Lo hacen en unas grandes cazuelas casi tan oscuras como su piel, que se nutren del fuego hecho en una base de piedras situada, a su vez, en un montículo de arena. Dos barreños verdes contienen los alimentos que van a ser cocinados. Las dos mujeres lucen unos coloridos vestidos –los colores, rosa, verde,  amarillo, morado y naranja, entre otros, nos deslumbran mientras pasamos a su lado-, y los niños les ayudan, o al menos juegan a ayudarlas. Los cuatro nos miran divertidos. En un segundo plano, dos perros negros vigilan la entrada de una de las cabañas cercanas.

Avanzamos algo más, y no tardamos mucho en llegar cerca de otro nuevo grupo de personas, compuesto en este caso por seis adultos y varios niños. Cuatro de los adultos y todos los niños permanecen de pie. No nos acercamos para no interrumpir lo que parece una atareada mañana, pero distinguimos cómo los niños están recibiendo algo que uno de los adultos tiene en una bolsa. A continuación, Ambroise, nuestro guía, nos conduce a la casa del patriarca de la tribu. Nos acomodan en unas sillas bajas frente a él y escuchamos su discurso de bienvenida. Es solo una muestra más de la famosa teranga –hospitalidad- senegalesa, después de que solo unos días antes, en nuestra visita a un clan familiar mandinga-otra de las etnias del país- nos hubiesen ofrecido incluso quedarnos a comer con ellos. El patriarca continúa hablando sobre algunas de las tradiciones y costumbres de la comunidad. Combinan algunas prácticas animistas, con las que veneran algunos elementos de la naturaleza, con una moderada creencia cristiana, según cuenta. Nos dirigen a una construcción que se sitúa cerca de allí, que alberga la iglesia, una cabaña de un diámetro considerablemente mayor al del resto de cabañas, con un gran espacio vacío en el centro, y una única pared que, interrumpiendo todo el anillo de abertura al exterior sin ventana que se extiende alrededor del círculo, muestra dos cruces y algún otro elemento religioso adicional.

Cuando terminamos de hablar con el patriarca, caminamos hasta unos telares en los que algunas mujeres trabajan con el algodón. Y comenzamos el camino de vuelta, bordeando el poblado por el lado opuesto, y acercándonos a algunos lugares importantes que se sitúan en el límite de la zona habitada. Uno de ellos es uno de los baobabs más grandes del país, que con su enorme tronco, domina imponente sus vastos alrededores y minimiza, casi ridiculiza, el árbol que está a su lado, que en cualquier otro lugar también hubiera impresionado por su tamaño. Y una ceiba sagrada, en cuyas inmediaciones son enterrados los reyes y los venerados griots –narradores de historias, comunes en África Occidental-.

No tardamos en iniciar el descenso, disfrutando de los últimos coletazos del paisaje que tenemos delante, que ahora tenemos de cara. Ya abajo, acuden algunos niños a nuestro encuentro, aunque menos que un rato antes. El efecto sorpresa, se ha mitigado. Montamos en el coche, y Ambroise, nuestro guía, empieza, como ya ha hecho en otras ocasiones durante el viaje, a bromear con Cheikh, nuestro conductor, sobre lo perezoso que es, permaneciendo siempre tumbado en el coche durante nuestras ausencias. Le llama mandinga, comunidad que tiene fama de vaga y perezosa, a pesar de que él es wolof, la etnia mayoritaria en el país. Apenas hemos avanzado unos metros cuando una mujer solicita la parada del vehículo. Cheikh, diligente, detiene la marcha, y Ambroise baja su ventanilla para escuchar. La mujer comienza a hablar, aunque obviamente, no entendemos nada. Pronto percibimos que tampoco Ambroise entiende nada, porque la mujer habla en idioma peul –la lengua mayoritaria en la zona-, que tiene pocos elementos en común con el wolof, el más hablado en el país. Resulta curioso comprobar cómo las diversas etnias de este país, teniendo tantas cosas en común social, económica y culturalmente, no comparten la misma lengua y no pueden comunicarse   –al menos de manera verbal- entre sí. Me recuerda a esas veces en las que dos personas, siendo casi iguales y teniendo prácticamente la misma postura en relación a un tema, discuten y discuten sobre matices del mismo, sin darse de cuenta de que en líneas generales están de acuerdo. Como ellos, las etnias de Senegal son tan iguales que no pueden entenderse.

Sergio Gonzalo

 

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