Oro y papa bomba

– “Porque necesitamos un chofer”? preguntó una de mis dos colaboradoras durante una visita de trabajo a Bogotá en octubre de 2012.

– “Porque algún día lo podemos necesitar para sacarnos de apuros” le dije sin dar mas explicaciones.

Mis jóvenes compañeras, curtidas en las mil batallas de la consultoría del turismo internacional, consideraban un capricho del jefe el tener a ese hombre siguiéndonos a todas partes habiendo una cantidad razonables de taxis en la ciudad. Mi experiencia viviendo y trabajando en Latino América me había enseñado que siempre es mas que conveniente tener alguien de confianza cerca.

Era el ultimo día en Bogotá, el trabajo estaba terminado y nuestro equipaje y ordenadores en el coche de Yony. Decidí que haríamos exactamente lo que tanto pregonábamos: turismo. Planifique con nuestro chofer el itinerario, saldríamos justo después del desayuno, iríamos primero al barrio de la Candelaria, al museo Botero, pasaríamos por el Centro cultural García Márquez, después a paso rápido por la plaza de Bolívar para comprar unos deliciosos dulces típicos y luego al Museo del Oro en le parque de Santander. Nos despediríamos de Bogotá con una comida tardía en Doña Elvira, antes de dirigirnos al aeropuerto para nuestro vuelo nocturno de regreso a España.

Doña Elvira merece un capitulo aparte. Fundado en 1934 sigue abarrotado de clientes que a ciertas horas hasta hacen cola para entrar. Como bien dijo el critico Roberto Posada, “los descendientes de la creadora de este templo de la cocina criolla luchan con gallardía y elegancia contra la invasión de la comida fusión”. Su sobre-barriga al horno acompañada por la yuca de Armenia (Colombia) o su torta de menudo son platos exquisitos preparados con cariño que nos recuerdan la rica tradición de la cocina Bogotana.

Este era el plan!

Recorrimos le museo Botero sin prisa disfrutando de cada una de las salas que albergan obras del propio Fernando Botero al igual que otras de artistas internacionales, todas donadas por el maestro Colombiano. Desde luego las estrellas son los 123 Boteros que personalmente escogió el artista.

Siguiendo nuestro plan pasamos después al centro cultural García Márquez y nos detuvimos en la librería del Fondo de Cultura Económica. Poco después llegamos a la plaza de Bolívar enmarcada por alguno de los edificios mas importantes de Bogotá. Justamente frente a uno de ellos, el Palacio de Justicia, tuve los primeros indicios de lo que seria el resto del día. Había poca gente pero muchas vallas metalicas y varios camiones de policía, se respiraba tensión en el aire y me di cuenta de que Yony se estaba poniendo nervioso aunque no dijo nada.

El Museo del Oro fue nuestra siguiente parada. Es un edificio que parece mas banco central que museo, de hecho pertenece al banco de Colombia, y guarda en su interior la colección de objetos de oro mas grande del mundo.

Yony nos dejo frente a la puerta principal. Nuestro recorrido por el museo nos llevo a la segunda planta que tiene un enorme ventanal del cual veía a nuestro chofer apoyado en el borde de su coche leyendo el periódico. Nos encontrábamos en la Sala de la Ofrenda sobrecogidos por el espectáculo de luz y sonido y admirando el mural curvo creado con miles de objetos de oro que nos recuerda que las exquisitas piezas de orfebrería que acabábamos de ver eran mas que adornos, eran símbolos religiosos del chamanismo.

De repente el ruido de una explosión atenuado por el edifico bóveda en el que nos encontrábamos detuvo por unos minutos nuestra visita. Aunque intuía que algo no andaba bien terminamos nuestro recorrido en calma. Cuando llegamos a la puerta por la que habíamos entrado estaba cerrada a cal y canto y una valla creaba una zona de amortiguamiento en previsión de que una turba de estudiantes enfurecidos tratara de forzar la entrada.

-“Ahí vienen, prepárense” gritaban los guardias de seguridad al personal del museo que a su vez explicaba a los turistas con cara de preocupación que nadie podía salir ni entrar y que tendríamos que esperar.

Mi primer pensamiento fue para Doña Elvira, había anticipado durante toda la mañana las delicias que nos esperaban en sus mesas. Íbamos de un lado a otro tratando de aplacar los nervios y pasar el tiempo cuando sonó mi teléfono.

– “Doctor ha sido solo una papa bomba* pero haga que le dejen salir, la cosa se esta poniéndose fea, si quiere llegar al aeropuerto tiene que salir de ahí ahora” dijo Yony con tono de angustia.

Pedí ver al responsable de turno, no me dejo ni hablar.

– “Usted no lo entiende, me dijo, ahí vienen y si entran, aquí los “souvenirs” son de a millón de dólares, además si nos matan a un extranjero la culpa me la echan a mi!” Por unos segundos me quedé en blanco sin saber que decir ni que hacer.

Llamé a Yony, hicimos un plan para salir por un acceso lateral.

Me dirigí al jefe de seguridad, le expliqué que tenía a alguien de toda mi confianza que subiría un coche a la acera y lo pegaría al edificio. Yo asumía toda la responsabilidad.

La puerta lateral estaba protegida por tres rejas de seguridad, abrieron primero una, pasamos a tierra de nadie, la cerraron y abrieron la segunda y repetimos el procedimiento, finalmente abrieron la ultima.

Ahí estaba Yony que literalmente empujo a mis jóvenes consultoras al asiento de atrás, ellas para ese entonces ya habían entendido para que necesitábamos un chofer en Bogotá.

Salimos a toda velocidad para alejarnos de la muchedumbre que avanzaba pero llegando a la avenida Circunvalar quedamos bloqueados, mis esperanzas de comer, aunque sea solo unas arepas con guacamole, se esfumaron, Doña Elvira tendría que esperar a otro viaje.

Nuestras emociones fuertes aun no habían terminado. Avanzábamos lentamente cuando un coche en sentido contrario no pudo evitar un perro que salió de la nada y lo atropelló.

El trafico se detuvo y en ese momento tuve un “Flash back”

-“Nos van a asaltar, cúbranse”, grite.

De repente me acorde cuando había visto algo similar en México muchos años atrás. Al perro lo habían empujado a la calzada para obligar a los conductores a frenar.

La avenida Circunvalar rodea Bogotá pegada a la montaña. Por la ladera como si fuera un alud de piedras bajaron rodando 7 u 8 hombres, golpearon con palos los vidrios de los coches delante del nuestro y robaron los bolsos y lo que pudieron en el espacio de no mas de minuto y medio. Nosotros nos salvamos porque Yony con gran habilidad hizo tanto ruido con la bocina que los desubico.

Finalmente, hambrientos y un poco asustados llegamos al aeropuerto justo a tiempo para coger el avión de Iberia.

Antes de despedirse Yony se deshizo en disculpas y no quería que le pagáramos. Por supuesto que no era culpa suya, pero me lleno de admiración y conmiseración que alguien, que no era un representante publico, se preocupará tanto por salvar la imagen de su país. Esta actitud la he visto muchas veces en Latino América pero rara vez en el Caribe y nunca en Asia aunque en muchos de sus países dependan igual que Yony del turismo para comer.

En los siguientes viajes a Colombia, mis jóvenes colaboradoras, no volvieron a dar un paso sin nuestro chofer.

*Nota: Papa Bomba: artilugio explosivo, con una piedra, envuelto en papel aluminio que parece una patata envuelta lista para el horno.

Eduardo R. Lafforgue

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