El reflejo de la madrasa en el estanque

Bujara (Uzbekistán)

Estamos sentados en la terraza del café que ya, después de tres días en la ciudad, se ha convertido en nuestro lugar favorito para descansar y relajarnos por un rato. Quizá es el rincón donde mejor se puede apreciar la esencia de Bujara. Tal vez por figurar en el centro de sus dos principales puntos de vida –la plaza que constituye el lugar central de la ciudad y el antiguo bazar-, quizá por estar desde allí a la vista el tramo  que mejor evoca la calzada que una vez fue una parte minúscula de la ingente Ruta de la Seda. Un grupo de albañiles trabaja no lejos de donde nos sentamos, para arreglar los destrozados escalones que han de facilitar –y no dificultar, como ocurre ahora- el acceso a la elevada plataforma en la que se han colocado las mesas y sillas en las que pasamos el agradable rato. Juego a distinguir si los albañiles son de origen tayiko o uzbeko. Una persona que hemos conocido días antes, intentó explicarnos cómo hacerlo. Los tayikos, descendientes de los persas, se caracterizan por el rostro anguloso, o la nariz aguileña, entre otros rasgos. Pero no tengo demasiado éxito, ya que la duda me asalta a cada afirmación que deseo hacer, y en absolutamente todas las conclusiones que quiero extraer. Cada martillazo que dan, resuena con un fuerte eco en las cuatro esquinas de la amplia plaza. A lo lejos, viandantes y bicicletas se suceden a lo largo del tramo de calzada que queda a nuestra vista.

Son ya nuestras últimas horas en la ciudad, por lo que cuando nos levantamos, decidimos acudir a despedirnos de los dos puntos principales de la misma. Caminamos despacio, atravesando una de las dos construcciones con cúpula que simbolizan la entrada y la salida del bazar, que antaño tantas y tantas caravanas atravesaran. Hoy en día, algunos comerciantes ocupan los espacios que durante siglos han sido dedicados a la transacción, a la compraventa, tan intrínseca a la cultura y manera de pensar  en el Islam. Nos dirigimos a la zona en la que se ubican los principales monumentos de la ciudad. Caminamos unos minutos por esa zona. Las masivas cúpulas celestes de la Mezquita Kalon dominan el panorama, conformado por vendedoras de alfombras, platos y otros muchos productos locales, y por las clásicas construcciones persas –también esa civilización ha pasado por aquí- en piedra-ladrillo beige, con cúpulas rechonchas, que en este caso cumplen la función de tumbas. Un puñado de jóvenes practica saltos, acercándose a toda velocidad al imponente -tiene 47 metros de altura- minarete que recibe el mismo nombre que la mencionada mezquita  y apoyando los pies en él para darse impulso hacia atrás. Al lado, un ejército de niños disputa un masificado partido de fútbol.

 Damos la vuelta, y atravesando de nuevo la parte del antiguo paso de las caravanas ubicada entre la entrada y la salida del bazar –justo la que hemos tenido a nuestra vista mientras estábamos sentados-, y llegamos a la Plaza Lyabi-Hauz. El nombre no puede ser más adecuado, ya que Lyabi-Hauz significa en tayiko “junto al estanque”. Y es precisamente el estanque el verdadero protagonista de este enclave. La plaza alberga dos importantes madrasas, y es que si algo no falta en este antiguo importante centro sufí –la rama más mística y espiritual del Islam-, son las instituciones educativas. No se echa de menos tampoco en la plaza el monumento al mullah Nasruddin, el mítico personaje tan tonto como entrañable de los cuentos sufís. Pero ninguno de estos elementos rivaliza en encanto con el estanque.

Da la impresión de estar con un nivel de agua más bajo del que ha tenido en el pasado, pero ese hecho no le impide dominar todo el entorno, ni atraer las miradas de todos cuantos se acercan por allí. Reproduce todo lo que se encuentra cerca de la orilla en sus cuatro lados, aunque proyecta con especial magnificencia el contorno y los trazos de la madrasa que se encuentra a pocos metros de allí. Me detengo en esa imagen unos segundos. Aguzando un poco la vista, puede llegar a distinguirse en el agua incluso el dibujo de los azulejos azules de la enorme puerta. Una leve racha de viento eriza de repente la superficie y emborrona la imagen, lo cual me recuerda lo efímero de cada momento en el viaje, y por supuesto, en la vida. Poco a poco, la imagen se rehace y vuelve a formar el espléndido cuadro que antes era. Como también vuelven a configurarse nuevos momentos ilusionantes y esperanzadores en los viajes y en la vida.

Sergio Gonzalo

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