El bund de Shanghái. 1975

Hace cuarenta años la vista desde el Bund hacia el barrio de Pudong, del otro lado del río Huangpu, era muy distinta de lo que es ahora, no había un solo edificio con más de cuatro alturas, los muelles flotantes que hoy se han trasladado río abajo estaban en sus orillas y ahí atracaban los barcos que traían y cargaban mercancías tanto del interior de China como del extranjero. A pesar de todo el movimiento, la otra orilla era verde y bucólica con una gran zona arbolada que se veía desde el restaurant para autoridades del hotel Peace, situado en la última planta, justo debajo de la pirámide de tejas verdes que hace de este edificio uno de los iconos de Shanghái.

Una tarde de agosto de 1975, paseaba por el Bund acompañado de mis guías que no me perdían de vista. A unos pasos del “Jardín de los Europeos”, me recosté perezosamente en el muro bajo que servía de barandal. La brisa del rio aliviaba momentáneamente la intensa sensación de humedad que envolvió cada instante de mi visita a Shanghái.

De repente, unos gritos frenéticos me sacaron de mi letargo e hicieron que me acercara a ver lo que sucedía. Mis dos guías acosaban a un joven y parecía que en cualquier momento le iban a propinar algo mas que gritos.

El camarada de unos treinta años (es difícil poner una edad a los chinos) y mucho más alto que ellas, sostenía fuera de su alcance lo que parecía ser una Rolleiflex de los años 50’s pero con caracteres chinos. Mis guías trataban de arrebatársela sin mucho éxito, el se resistía y se negaba a entregar su cámara.

Al preguntar la razón de tal revuelo la más veterana de mis guardianas me explicó que había descubierto al joven fotógrafo haciéndome una instantánea. Miré sorprendido porque no me imaginaba por qué alguien querría hacerme una foto así que me dirigí al camarada y en un tono respetuoso y sirviéndome de mi acompañante como traductora, le pregunté por qué me estaba fotografiando. “Todos lo occidentales sois iguales” dijo sin gran pudor.

Le pedí a mi guía, que pensaba probablemente lo mismo que él, que tradujese literalmente y dije “bueno yo pienso lo mismo de los chinos”.

Mi traductora se quedó perpleja y por unos segundos en silencio así que con una sonrisa y un gesto amable, le pedí al camarada fotógrafo que posara para mi cámara y yo lo hice encantado para la suya.

Acabábamos de evitar un pequeño incidente diplomático que sin embargo me ayudó a entender que la gente que estaba en la acera y aplaudía cuando bajaba del mini bus que me transportaba a todas partes, o que abría paso y formaba una valla para dejarme llegar hasta el mostrador en una tienda, no era porque creía que yo fuese una celebridad sino simplemente porque era novedoso y exótico!

Poco después de la histórica visita de Richard Nixon a Pekín, China se abrió al turismo en una forma singular, con particularidades que en si mismas merecerían varios capítulos.

Probablemente una de las más llamativas era que casi tres generaciones de chinos, los más jóvenes, no habían visto nunca occidentales de carne y hueso. Por otro lado, los hoteles, restaurantes, tiendas y comodidades que los turistas daban por hecho en sus viajes por el mundo, nadie en China, a mediado de los años setenta, ni siquiera se los imaginaba. Debido justamente a la falta de estructuras, el gobierno chino decidió dosificar la entrada de visitantes extranjeros con un manejo inteligente de los visados por lo que era una suerte poder obtener alguno de ellos.

Shanghái fue durante los años de ocupación colonial una de las ciudades más cosmopolitas del mundo. En el Bund, la zona del malecón que así bautizaron los británicos, se ubicaban desde los años 20’s y hasta la revolución las sedes de los bancos de las potencias coloniales: Gran Bretaña, Francia, Alemania, Japón y Bélgica.

También en el Bund existía, con la aceptación tácita de las clases dominantes locales, que pasaban sus noches en los clubes británicos y franceses, el “Jardín de los Europeos” donde todavía en 1975 se podía leer en la verja de la entrada, escrito en ingles, francés, alemán y mandarín: “Prohibida la entrada a perros y a chinos”.

El Bund había sido un sitio para recordar a China y al mundo quien tenía el control.

Las cosas empezaban a cambiar pero lo harían de forma mucha más radical y rápida en los años venideros, el Shanghái que conocemos hoy con sus edificios de Pudong que parecen haber surgido espontáneamente del río tan rápido como en un video juego “Made in China”, simplemente no existía en 1975.

Unos meses después de mi regreso, haciendo una reseña del viaje a mi padre, no pude evitar lo que podría calificar de “un episodio de vuelta al futuro”. Por unos instantes, intuí que con la disciplina estricta y la férrea voluntad que China rezumaba en cada acto, concierto, operación quirúrgica (solo con acupuntura como anestesia) o manifestación artística a la cual había asistido, el día que saliera a competir con el resto del mundo arrasaría.

Eduardo R. Lafforgue

 

 

 

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