EL MACONDO AFRICANO.

  • Autor:   Javier Brandoli
  • Editorial:  Editorial Viajesalpasado. 2015

(Por Antonio Picazo)

​“El Macondo africano” trata fundamentalmente de las vivencias y experiencias de su autor, Javier Brandioli, periodista reportero y corresponsal, el cual viajó por diversos países africanos; en alguno de ellos permaneció largas temporadas, tal fue el caso de su estancia en Mozambique, en donde trabajó en un hotel de playa, frente al siempre sugestivo océano Índico.

​La lectura del texto me ha provocado opiniones enfrentadas. Por un lado, en general, es un testimonio relevante que se suma de manera válida a otras impresiones de otros visitantes y residentes blancos que han viajado o viven en África.

Sin embargo, cuando empecé a leer el libro, me temí lo peor, cuando al paso de la andadura atravesé algunos tientos líricos, contundentes, unos trazos excesivamente personales y emocionales, dentro de un relato que no demanda necesariamente espesura poética. Menos mal que, conforme el texto transcurre –y aunque a lo largo del libro van apareciendo algunos destellos más de este tipo– no se abusa de este elemento tan pinturero. Cierto que el tono poético contiene algunas frases e imágenes de alguna brillantez, aunque también es verdad que otras resultan densas, incluso un tanto forzadas. Esas concesiones al diario personal, escrito frente a la calma de un atardecer frente al mar, quizá no encuentran acomodo en este sitio, en esas páginas. A estas palpitaciones se les nota inquietas desde el mismo momento que parten del autor en su camino hacia el lector. En más de una ocasión corren el peligro, están a punto, de convertirse en retórica.

​Al recorrer los capítulos de “El Macondo…” uno reconoce que desde detrás de la andorga crítica, le surge un prejuicio hacia el autor cuando en muchos capítulos y escenas del libro, éste parte de las observaciones llevadas a cabo desde una plataforma de tan frágil visión como es la que le ofrece un lodge turístico, desde ahí Javier Brandoli maneja una buena parte de su eje testimonial. Si bien una vez acabada la lectura del libro, el sentimiento prejuicioso ha amainando un tanto, las suspicacias, la mosca detrás de la oreja, no se desvanecen del todo.

​Resulta muy interesante la declaración de sinceridad que Brandoli hace en diversos capítulos y temas del libro: la explotación feroz de los indios –hindúes– y pakistanies –musulmanes– hacia los negros africanos. La claridad con que se plantea la diferencia de entendimiento, y en consecuencia de comunicación, entre europeos (o por extensión blancos desarrollados) y africanos, sobre todo cuando se da el hecho de blancos-empleadores y negros africanos-empleados. Es decir, que la común imagen del blanco que ordena y manda y el negro que obedece, es foco y origen de la lejanía omnipresente entre unos y otros.

​El libro gana mucha credibilidad cuando el autor cuestiona muy justa y acertadamente la función de los colectivos cooperantes: Organismos, ONGs, etc. Cuando plantea una severa crítica, sobre el resultado nocivo, a la media y a la larga distancia, provocado por este buenismo general y paternalista (el peor de los racismos).

​También cuando presenta, y recuerda, esa África fabulada difundida por el turismo y los turistas. La visión artificial de un continente tan complejo, y, en sí, tan diferente, difundido por los programas y circuitos diseñados por los operadores de turismo. El mundo de Yupi reducido al exotismo de los parques nacionales, los alojamientos obscenamente paradisíacos, y poco más. Claro que peor es el África de la pústula, el universo creado bajo una base cierta, el de los tumores y carencias africanos, pero corregido, ampliado y voceado por fotoperiodistas y reporteros blancos-guays, los curillas de la conciencia y del negociete de la miseria y la excrecencia humana.

​Esa sinceridad alcanza su punto más nítido cuando la declaración se convierte en confesión. Lo hace Brandoli, cuando habla del privilegio que disfrutó al poder sobornar a un médico para que te atendiera antes y mejor que al resto de pacientes de la masa de paisanos negros enfermos, definitivamente resulta ser un acto de contrición basado en algo que también nos diferencia de ese continente que a veces se pretende conocer tan bien.

​No he acabado, en cambio, de cogerle el punto al título del libro. Se aprecia que ha sido un hilo con el que se ha querido hilvanar y justificar el fundamento vivencial en África del autor, pero no he conseguido plenamente hallar la concordancia del asunto, sobre todo cuando hay en el libro dos figuras realmente macondianas y mágicas, como Pedro Muagura e Isla Mozambique que a Brandoli se le escapan vivas. Porque si bien Macondo y, en realidad 100 años de soledad, así como mucha de la obra de G. García Márquez, son lugares comunes mágicos, África no es mágica, es magia (buena y mala), parece lo mismo pero no lo es. En el texto, y no del todo bien resuelto, lo que más se adapta al concepto de Macondo es ese colectivo de las comedoras de arena que aparecen en el último capítulo del libro, ahí sí he visto un poco la luz.

He echado en falta algo, en alguna adecuada medida, de historia complementaria de algunos lugares, hechos y fenómenos que aparecen en el libro: bosquimanos, Isla de Mozambique, origen de la influencia alemana en Namibia, etc.

​No está mal la distribución de la obra en unos no muy largos y numerosos capítulos. Esto acomoda muy bien su lectura general, aunque a veces, y este es el caso, se pierda algo la referencia del lugar del que se está hablando y de los personajes que se está tratando. Al manejar varios viajes y situaciones, con frecuencia distantes en el tiempo y en el espacio, se corre el peligro de perder conexión y coherencia y ganar confusión.

​Habría que darle una vuelta editorial al texto de “El Macondo africano”. Hay erratas de diverso tipo, y lo peor, alteraciones en la redacción: en varios pasajes se han caído palabras, incluso frases, merma que hace, por su frecuente ruido, ininteligibles algunas cosas de las que uno se queda sin saber lo que se quiere decir. Se da el caso de términos y conceptos que quedan graciosos tal como cuando, por ejemplo, se habla de Isla de Mozambique y el texto dice que ésta mide tres kilómetros de largo y unos cuatrocientos de ancho. Caramba, esa isla si que goza de una gran amplitud.

​Se afirma que hay boas en África cuando no las hay. Que el idioma que aun se habla en Sudáfrica es el afrikáner, cuando es el afrikáans. O se confunde especias con especies.

  • ​Lo mejor:

​El testimonio relativamente cercano del autor con algunos ambientes africanos.

La valentía, honestidad e incorrección cuando, por ejemplo, critica a los nuevos negreros de África de origen indio y paquistaní. Igualmente cuando cuestiona ciertas labores contraproducentes de colectivos cooperantes.

  • ​Lo peor:

​Un desubicado tono poético.

​Los desconcertantes párrafos y expresiones que producen la impresión, a veces la seguridad, de que al texto le faltan palabras y frases.

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