La Chancha y los ángeles 

Allá lejos y hace tiempo, parafraseando a Guillermo Enrique Hudson, que en 1918 describió los paisajes y las costumbres de la Argentina de sus recuerdos desde su casa en Inglaterra, me atrevo a contar los míos de una Pampa más cercana en el tiempo, pero igual de plana, monótona, inmensa, de noches cerradas y amaneceres gloriosos.

En 1976, haciendo mi servicio militar en Buenos Aires, me escapaba cada vez que podía a casa de mi abuela en Mercedes, una pequeña ciudad que conoció mejores tiempos cuando los tribunales provinciales tenían su sede ahí. Mercedes, a 100 km de la capital, se sitúa en la tierra de nadie donde el monstruo urbano del gran Buenos aires cede el protagonismo al campo, a la Pampa.

Los viernes a partir de las 4 de la tarde, miraba ansioso el reloj, vigilando al coronel que me tocó como jefe, tratando, con el poder de mi mente, de empujarlo hacia la puerta y así liberarme para correr a la estación. Cuando no cogía el rápido, 100 km en 1 hora y 45 minutos con solo dos paradas, no me quedaba más remedio que montarme en el suburbano para un primer trayecto de 38 km en 70 minutos y 16 paradas y transbordar en Moreno a “La Chancha” para un segundo tramo de 62 km, 13 estaciones en 1 hora y 30 minutos. Valía la pena correr para ahorrarme una hora de viaje.

Una noche a principios de diciembre, no solo no cogí el rápido, llegué de casualidad a treparme en el último suburbano y la última Chancha.

La Chancha merece una mención especial, era un tren coche-motor Fiat de dos vagones (aunque se hicieron después versiones de hasta cinco coches), que marcó toda una época desde principios de los 60’s hasta el año 2000 cuando el último dejó de funcionar. La Chancha estaba pintada de amarillo con unas grandes líneas rojas en su parte inferior, sin embargo, los colores no eran lo que más me llamaba la atención sino su aspecto de máscara de gladiador romano a la que solo le faltaba gruñir.

Cuando por fin me senté justo detrás de la cabina del conductor, descubrí que era el único pasajero en un vagón a obscuras, todos los otros viajeros habían preferido la seguridad de la penumbra amarillenta del segundo coche. De Moreno a Luján, son diez estaciones de otros tantos pueblos que vistos en un mapa parecen los tentáculos del gran Buenos Aires que no quiere, a fuerza de estirarse, ceder espacio a la Pampa.

Era frecuente que robaran las bombillas de los vagones. Con la inconsciencia propia de los 20 años eso no me importó. Me encantó la sensación que resultaba de la combinación del movimiento del tren y la brisa del verano austral entrando por las ventanas abiertas, en una obscuridad solo rota por el enorme tercer ojo de la Chancha que iluminaba nuestro camino. La silueta negra de los árboles se recortaba en el horizonte siempre plano de la Pampa que se adivinaba apenas con las últimas pinceladas de la ya lejana puesta de sol.

Saliendo de la estación de Luján, protegidos por la patrona de Argentina que ahí tiene su casa, solo quedan tres pequeñas estaciones hasta Mercedes. El paisaje cambia, las luces de los poblados se hacen más distantes, huele a campo y a medida que avanza, la noche se hace más cerrada.

Mecido por el vaivén del tren y acariciado por la brisa cálida, me estaba quedando dormido cuando de repente, entre las estaciones de Jáuregui y Olivera, tuve la sensación de estar en las nubes, miles de mariposas blancas volaban como polvo de ángeles alrededor de la máscara del gladiador. La luz de su tercer ojo, potente como un faro, las iluminaba después de que el paso del tren las había despertado de su sueño de verano.

Llegué a Mercedes con una sensación de haber hecho un viaje fantástico a través de un paisaje de ensueño.

Durante todo le verano no volví a coger el rápido con la esperanza de que los ángeles diminutos me visitaran de nuevo.

*Chancha, cerda en Argentina

Eduardo R. Lafforgue

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