La ciudad en la que las religiones conviven en armonía

Sarajevo · (Bosnia Herzergovina)

Salimos por primera vez de la pensión, después de haber tenido que esperar más de la cuenta, hasta que nuestra habitación ha estado preparada. En realidad, tan solo queríamos dejar nuestras maletas para salir a la ciudad, pero no ha sido fácil convencer a la joven recepcionista que nos ha recibido. Apenas un minuto después de salir, llegamos a la que parece ser una de las plazas más concurridas y ajetreadas de la ciudad. Se trata de Sebilj, donde se yergue -sobre la provisional arena en la que se van a colocar cientos de adoquines, y entre unos cuantos escombros, pues toda la plaza está en obras- la conocida fuente que constituye uno de los símbolos de la legendaria ciudad. De estilo morisco y completamente construida en madera, está completamente rodeada por palomas que revolotean y picotean aquí y allá, lo cual parece ser una constante en ese rincón de la ciudad, motivo por el cual esta céntrica plaza es conocida también como plaza de las palomas.

Estamos en el corazón del barrio de Bascarsija, la zona turca de la ciudad, cuya identidad es hoy imborrable, tras la presencia otomana durante cuatro siglos. Las estrechas e intrincadas calles no ponen nada fácil la labor de orientación en los primeros paseos que el visitante hace por el lugar, aunque, pronto, varios puntos de referencia constituyen una valiosa ayuda. Uno de ellos es la mezquita de Gazi Husrev-Beg, cuyos espigados minaretes son visibles desde gran parte del espacio que pertenece al antiguo barrio. La rodea un conjunto de calles peatonales, cuyos edificios, casi todos construidos en piedra, podrían dar fe de la ajetreada y agitada historia de la ciudad en el caso de poder hablar. Muy cerca del mencionado edificio religioso, pasamos a conocer un par de antiguos caravanserais –albergues destinados a las caravanas de comercio que servían de parada en los largos viajes-, que albergan hoy sendos restaurantes de los más pomposos de la zona vieja de Sarajevo. Entramos en un café de la concurrida calle Ferhadija para refugiarnos durante un rato de la monótona lluvia que, sin ser intensa, no ha parado de caer desde que hemos salido del hotel. En la mesa de al lado, dos jóvenes chicas envueltas en un velo toman café mientras charlan animadamente, y en el exterior, las personas van y vienen en un continuo trasiego. Dedicamos un rato a consultar la guía de la ciudad y a tomar las primeras notas del viaje.

Salimos del café y continuamos caminando hacia la plaza en la que se citan la iglesia cristiana católica y la iglesia cristiana ortodoxa. Cada una en un extremo, parecen rivalizar por la atención de las personas que pasean por allí. En la plaza, centenares de sillas en el exterior de algunos establecimientos esperan la llegada de días mejores. Una estatua del escritor –Premio Nobel de Literatura en 1962, bosnio- Ivo Andric parece contemplar de reojo las partidas que en un tablero de ajedrez gigante disputan numerosos vecinos de la ciudad un día tras otro, sin que importe demasiado que las condiciones climatológicas no sean las mejores.

Llegamos a la zona del río Miljacka, que atraviesa la ciudad desde no muy lejos del aeropuerto, hasta el extremo contrario, en el que la ciudad expira, devorada por las montañas. Tenemos ante nosotros el Puente Latino, el testigo impertérrito del atentado contra el archiduque Francisco Fernando, que en 1914 dio inicio a la Primera Guerra Mundial. Fue en ese preciso lugar en el que el miembro de la organización independentista Joven Bosnia Gavrilo Princip procedería a ejecutar los dos disparos que terminaron con la vida del archiduque austro-húngaro Francisco Fernando. Nos detenemos, y miramos a nuestro alrededor. Construido en piedra, y con cuatro ojos, el puente no parece haber cambiado demasiado desde aquel momento. Observamos también las colinas que se alzan detrás de los edificios, al otro lado de la ciudad, y en el lado izquierdo, justo detrás de la curva que el río dibuja hacia la derecha. Nos resulta sencillo cruzar el puente, a diferencia de lo que ocurrió en numerosas ocasiones entre 1992 y 1995, el período durante el que se extendió el sitio más largo del que una ciudad ha sido nunca víctima, en el que los francotiradores apostados en las colinas aprovechaban el momento en el que los ciudadanos civiles cruzaban de un lado a otro para disparar. Intento en ese escenario recrear en mi mente algunas de los pasajes del libro “El violonchelista de Sarajevo”, que he leído hace algún tiempo, pero que aún mantengo razonablemente nítido en mi mente. El libro cuenta cómo los habitantes de la ciudad debían caminar haciendo zig-zag para que no fuese fácil acertar con ellos desde la mediana distancia de la que recibían los disparos. Con un nudo en la garganta después de esos instantes imaginando esas escenas, seguimos caminando. Ya en el otro lado de la ciudad, visitamos otra mezquita. Acaba de terminar la oración, y los fieles salen del edificio, en dirección a sus trabajos u hogares en la mayoría de los casos, o para conversar en las mesas del café que hay en el patio del templo en el caso de unos pocos.

No lejos de allí, de hecho, solamente un par de manzanas detrás, se encuentra Sarajevska Pivara, la fábrica de cerveza en la que se encontraba la fuente que constituía el único lugar para conseguir agua potable durante el sitio. Era ese punto el destino de la mayoría de los que se aventuraban a cruzar desde el otro lado de la ciudad, para satisfacer esa ineludible necesidad. La fábrica se puede visitar, pero decidimos no hacerlo, al no estar seguros de que la experiencia pueda resultar interesante más allá de que nos cuenten cómo se elabora la cerveza. Volvemos hacia el río, y caminamos en paralelo a él, hasta llegar a la sinagoga. Se trata probablemente de la sinagoga menos austera de cuantas –no muchas- he conocido en mis diversos viajes. Es la confirmación de que las diferentes religiones pueden convivir en armonía en algunos lugares de la tierra. Sarajevo es un ejemplo, una ciudad en la que siempre hubo paz, excepto en aquellos momentos en que vinieron a robarla los de fuera.

Sergio Gonzalo 

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