Dalyan

   

Cuando me hablaron de Dalyan por primera vez, mi imaginación creó una especie de Torremolinos de los años 60, ya que está situado cerca de la costa mediterránea de Turquía. Aunque no sé cómo era Dalyan en los años 60. Probablemente un pueblo de pescadores, a la orilla del río del mismo nombre, que se dedicaba a sus rezos, su trabajo y su familia.

 Ahora viene a ser parecido, un pueblo de 2000 habitantes, los cuales se dedican sobre todo y principalmente a su familia y a sus Amigos (así con mayúscula), a sus rezos, y a su trabajo: el turismo. Siguen pescando, es verdad, truchas, besugos, mújoles, cangrejos,… de hecho Dalyan en turco significa pesca con barrera. Además cultivan algodón y es una importante zona agrícola. Pero para cuando el primer turista empieza a asomar, ya están terminando de limpiar y arreglar las barcas para paseo, las casas para huéspedes, y los bares de copas y discotecas, que ellos poco frecuentan. Sorprende lo organizados que están respecto al tema del medioambiente. Las playas tienen horarios estrictos si son protegidas. Cada pequeño o gran hotelito ha instalado paneles solares en sus tejados, y comienzan a ser admiradores del reciclaje. Además solo pueden efectuar arreglos y obras en invierno, ya que de mayo a octubre, durante la temporada turística, están prohibidos para evitar el ruido y las incomodidades. 

Los hombres juegan “backgammon” en las terrazas de los bares, en un banco en el parque, en la tienda mientras se despacha a los clientes,…nunca se lo he visto jugar a las mujeres, es extraño ver a las mujeres, si no es rodeadas de niños o haciendo sus compras, porque incluso la compra diaria, la hacen los hombres también. Otro juego masculino es el Ok, se juega con fichas rectangulares de unos 5×3 cm, y es una especie de Chinchón, en el que tienen que juntar tríos y escaleras con números y colores.

Me encanta escuchar las llamadas del imán, a veces las estoy esperando, pero otras me pillan desprevenida y me paro a escuchar sobrecogida. A uno de los perros callejeros le gustan también…o, quizá le molestan, se pone a aullar cada vez que llaman a oración. La mezquita es pequeña y un poco destartalada y está situada en el centro del pueblo, limitada por el río, por la plaza y por el parque, al que no le faltan sus bancos para descansar, y su zona infantil. En hora punta, hasta 12 niños y niñas hacen cola para montar en los dos columpios, 16 esperan para bajar por el tobogán, y el resto corretea entre las madres. Visten de forma curiosa, sobre todo las niñas, claro, con leotardos de colores, vestidos largos y sobrecargados, manga larga bajo el vestido. 

Dalyan tiene otros muchos atractivos: el paseo pavimentado a todo lo largo del río, en el que han construido embarcaderos de madera para los hoteles rurales y los bares y terrazas de las orillas; las aguas termales y los barros “curativos”; el delta del río; la playa de Iztuzu doblemente protegida por ser de difícil acceso y además lugar donde desovan las tortugas “Careta Careta”, que están en peligro de extinción; y un sinfín de posibilidades para la práctica de todo tipo de deportes. 

Sin embargo su principal interés para mí son las ruinas licias de Kaunos, de los años 900 a 300 a.C. Además de varias tumbas excavadas en la roca de la montaña, también quedan restos de varios templos y de un teatro imponente con vistas extraordinarias, en el que una señora se protege del sol bajo una encina y anuncia a voz en grito que vende zumo de naranja recién exprimido. Los turistas a veces no saben que existen, pero merecen la pena, aunque tengan hermanas mayores a solo 60 kilómetros de distancia. De noche iluminan las tumbas, y se puede disfrutar del espectáculo tomando una cena o una copa en uno de los restaurantes que hay en la otra orilla del río.

El Sandybrown es el lugar en el que me estoy alojando, es un pequeño hotel que estamos preparando para reabrir por la temporada estival que llegará en unas semanas. Con un jardín plagado de flores y palmeras, pájaros exóticos, hormigas, abejas, moscardones, abejorros, tijeretas, pulgones, arañas de todo tipo, enormes caracoles, tortuguitas, ranas y puercoespines. No he visto mariposas. En el tejado un búho que se acerca en los atardeceres más tranquilos se queda estático por unas horas y a veces se oye cantar al cuco. Además los gatos del vecindario se meten a molestar a los dos perros del propietario. Sin embargo, es muy agradable si lo que quieres es pasar unos días en calma, a 8 minutos caminando del centro del pueblo, de los restaurantes, bares, supermercados…, y por lo tanto de la bulla y el ruido de la alta temporada. Tiene una piscina de tamaño mediano, jacuzzi, barbacóa, y una pérgola con mesas y sillas, vestidas con mantelitos azules y blancos. Todas las habitaciones tienen un balcón de madera oscura que resalta sobre el blanco de las paredes. El vecindario es cordial y amable: la vecina más cercana, utiliza los envases de yogur de 2 litros para plantar flores, que luego tiene que regalar, porque no le caben en el patio. A veces nos regala también pan que está cocinando en el momento en que pasamos por delante, o un trozo del bizcocho que hizo para desayunar. 

Seguro que Dalyan será otro pueblo dentro de “unas semanas”.

Celia Vl

 

 

 

 

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