Yo a los palacios subí

Yo a los palacios subí, yo a las cabañas bajé. Y las siete colinas de Roma escalé…    Y al Capitolio vencí, y de las fuentes bebí.

Alguien que permanece 48 horas en Roma la Ciudad Eterna y no siente el deseo, la necesidad de regresar, es un depravado,alguien sin entrañas. Sin corazón. Sin alma.

Esas grandes avenidas, esas pequeñas calles, esos edificios que te rodean constantemente, como si quisieran decirte que no te vayas.

Esos museos, muchos museos, tantos museos que en toda la vida que me resta no podría verlos, verlos comprendiéndolos, haciéndolos míos porque reflejan la vida y la vida es eterna. Son nuestro pasado, son parte de nosotros. Ese trasiego incesante de personas sin parar, sin detenerse más que el tiempo preciso para que quede dentro de los pensamientos todo aquello que se ve y se mira cuando se observa.

 ¡Insensible! Es como acariciar a una mujer y marcharte cuando te implora que la ames, es como empezar un caramelo y no terminarlo, es como no vibrar ante una pieza de música, como no levantarte ante un desfile militar. Es nada.

Y la nada es el vacío, y el vacío eres tú, tú a los efectos del mensajero que llega a Roma, da su mensaje al emperador y se marcha, sin volver la vista atrás, sin mirar alrededor.

Los leones en las calles, el furor popular y tú pasas indiferente ante los cristianos, siendo incapaz de oir sus gemidos y sus gritos ante la persecución de que son objeto por placer.

Y allá en lo alto el castillo de San Angelo, desafiando el tiempo con su orgullosa plaza y más adelantes, las termas de Diocecliano, donde se rendía culto al cuerpo, y al espíritu y donde los seres humanos buscaban el yo.

 Y…Y…Y…pero ¿ para qué seguir? ¿Para qué?

Es como hablarle a un ciego de los colores, como hablarle a un paralítico de la montaña, como hablarle a un impotente del placer.

Es la pérdida de tiempo de ofrecer todo a aquel que lo ha tenido al alcance de su mano y que lo ha rechazado sin apreciar su valor. ¿ Cómo hablar a alguien de la belleza, de la búsqueda, de la contemplación, del arte?

¿A alguien que lo ha vislumbrado ya y no ha sentido la necesidad vital de regresar.?Roma, Ciudad Imperial , la eterna, la única, ciudad que no envejece nunca porque es vieja, porque entre sus paredes se encierran la vida, el amor, el dolor, el pasado y nuestro futuro.

 

El Foro Imperial, el Capitolio, es imposible, es inútil intentar luchar contra la imaginación y no ver las calles como hace tantos siglos, no ver a los romanos, y sus carrozas y sus dioses. ¿ Y la Capilla Sixtina? A veces no hay palabras. Esa uniòn del hombre con su dios, ese vacío, esa súplica del hombre de no ser abandonado. Y esa mano que se extiende inutilmente. ¿ Y las catacumbas? Esa muestra del horror.Por si aún no lo sabías estoy como una cabra…pero ¿ y lo bien qué me lo paso?

 Para darle el lado humorístico a estas chorradas, añadiré .Llegando a las catacumbas, ese espacio de horror donde, a pesar de ello, latió la vida y la esperanza, vi mi camino interrumpido por un hermoso romano, un efebo alto, rubio, sonriente, vestido con bella túnica, y se ofreció para enseñarme las catacumbas, me habló de entrar en la oscuridad de las mismas, de recorrer sus caminos, uno a uno, poco a poco y de entrar y salir para poder apreciar mejor su belleza, y obtener un mayor placer de cada rincón y esquina. Susurraba en mi oído para no perturbar el silencio y sus susurros parecían una tentación para olvidar, olvidar todo aquello que me alejara de su voz y tuve que hacer un tremendo esfuerzo para contestar con voz muy tenue, como si no quisiera ser oída:

“Io lavoro, o lo que es igual, primero la obligación y luego la devoción. Y mi trabajo era hacer turismo. Y cuando se alejó sonriendo, despojado de la túnica, una luz cegadora me hizo cerrar los ojos y a la vez una voz de ultratumba gritó dentro de mi cabeza que la Ciudad Eterna es y será eterna, pero los que pasamos por ella tenemos nuestros días contados. Y entonces noté el ruido infernal del tráfico, y vi las miles de motos que se desplazan por la ciudad y pude observar que los romanos no llevan túnica y que las pizzas me iban a hacer engordar dos kilos…

pero VOLVERÉ……..

M. Dolores López Serrano

 

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