El bosque que estuvo millones de años sin contacto con el hombre

Fox · Nueva Zelanda

El Sol, perezoso, asoma ya en el invernal día de la Tierra de los Glaciares, en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Aunque le esté costando arrancar, se presume un día claro, al menos de acuerdo a la previsión meteorológica que comprobé el día anterior. Es eso precisamente, la presumible claridad del cielo en el día de hoy, lo que constituye el motivo principal para hacer la excursión prevista para esa mañana. No lejos de allí en el otro principal glaciar del país, el de Fox –yo he dormido en el pueblo del glaciar Franz Jozsef-, se sitúa el Lago Matheson, desde donde en un día como el que tendremos hoy, se pueden divisar los dos picos más altos del país: el Monte Cook y el Monte Tasman.

Salgo de la habitación y bajo las escaleras que conducen a la cocina y el comedor del albergue. Soy el primero en utilizar las instalaciones, por lo que debo rastrear unos instantes hasta que descubro dónde está el interruptor de la luz. Sin prisa, porque aún tengo tiempo suficiente antes de que alguien venga a buscarme para comenzar la excursión, saboreo una parte de la comida que compré en el supermercado del pueblo el día anterior. Cuando termino, aún debo esperar casi un cuarto de hora hasta que, por fin, un coche todo terreno dobla la esquina de la calle en la que se encuentra el hotel, una de las dos principales –y casi únicas- de Franz Jozsef, y emprendemos nuestro camino. Algo más de media hora más tarde, y tras atravesar un hermoso puerto de montaña, apreciando los finos hilos de agua que caen desde la parte más alta de las imponentes montañas, llegamos al aparcamiento del lago, punto desde el que ya es posible observar el perfil de las dos moles que constituyen el objeto principal de nuestra visita. De trazos similares, casi hermanos, dibujan sendos conjuntos irregulares dientes de sierra en el cielo, mientras que el deslumbrante blanco de la nieve solamente deja entrever algunas pequeñas porciones de la roca que se esconde detrás.

Los tres miembros de la expedición –un joven viajero coreano, el guía, y yo- comenzamos nuestro camino alrededor del lago, y pronto penetramos en una profunda maraña de verde bosque. Extraños helechos y contundentes raíces que pelean por salir al exterior, salpican la verde superficie cubierta de un musgo más mullido del que estamos acostumbrados a ver en otras latitudes, bajo el techo que forman espigados árboles que se elevan, altivos y orgullosos, para dominar sin complejos el paraje conformado por el precioso lago y sus alrededores. Algunos de esos árboles tienen también un aspecto poco común, al menos a los ojos de alguien que procede de la vieja Europa, circunstancia originada por el hecho de que estamos transitando por bosque autóctono y endémico de la isla. Me viene a la mente una afirmación que he leído hace unos días en la visita a una reserva natural cerca de Wellington: “llegar a Nueva Zelanda es lo más parecido a la experiencia de visitar otro planeta que nunca ha experimentado el hombre”. Y es que, tras haber estado la dos principales pociones de tierra que hoy constituyen Nueva Zelanda –una vez que se separó de la enorme masa que constituía Gondwana, la parte meridional del originario continente único, Pangea- aislada de todo contacto con el hombre durante aproximadamente ochenta millones de años, muchas especies permanecieron inalteradas, como no pudieron hacerlo en casi ninguna otra parte del planeta.

Seguimos el sendero hasta el primero de los miradores previstos para contemplar los dos colosos que reciben el nombre de los dos exploradores cuya labor fue más importante en el conocimiento del quinto continente del planeta. Dos patos nadan a través de la superficie del agua por el lugar inadecuado, emborronando la cristalina pantalla en la que hemos de ver reflejadas las imponentes moles de tierra. Nuestro guía nos insta a esperar para disfrutar de la visión, pero la imagen tarda en volver a configurarse con los firmes trazos que la dibujaban antes de la inesperada visita de las dos aves. Finalmente, aunque no de manera completa por la presencia de pequeñas olas provocadas por el creciente viento, conseguimos al menos una razonable aproximación de la imagen deseada.

Reemprendemos nuestro camino, y no tardamos en llegar al extremo contrario del lago, y aún más allá, en volver a acercarnos al punto de partida de nuestra caminata, ahora por el extremo contrario del lago. En ese otro costado, algunos de los árboles tienen un pequeño cartel informativo, para que los visitantes puedan conocer más acerca de ellos. Nos detenemos en uno de los pequeños miradores de ese otro lado, y nuestro guía nos ofrece tomar un té, preparado con el pequeño equipamiento que lleva en la mochila que ha portado a la espalda durante la caminata. Declino su ofrecimiento, y alterno momentos de conversación con mis acompañantes, con instantes de abstracción contemplando las quietas aguas del lago y la silueta de las montañas en el horizonte. Varios patos se elevan en el aire, y atraviesan el lago mientras graznan agitados. El guía apura la visita, contándonos algunas curiosidades adicionales del lago, como el hecho de que se formó hace catorce mil años en plena retirada desde el mar del cercano glaciar de Fox, o de su escasa profundidad.

Ya caminamos para completar la ruta circular, y finalmente, mientras nuestro compañero coreano fuma un cigarro –después de haber pedido permiso de manera cortés- en el aparcamiento poblado de caravanas –es el medio de viaje favorito en el despoblado país oceánico-, le hago algunas preguntas sobre el glaciar que voy a visitar ese mismo día, y sobre las rutas que permiten una mejor aproximación a él. Es la Isla Sur de Nueva Zelanda, que mucho menos tocada por la mano del hombre que su vecina del Norte, aún tiene un buen número de maravillas naturales, tal vez más propias de otras eras de la Humanidad, para fascinar al visitante.

Sergio Gonzalo

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