Kanchanaburi

Hoy ha amanecido brumoso y caliente, lo que ya es habitual. En Kanchanaburi no visitaré hoy los cementerios de los aliados o los museos de la Segunda Guerra Mundial, sino el tren sobre el río Kwai, y sus puentes, aprovechando para llegar hasta uno de los parques naturales de la región.

El “ferrocarril de la muerte” fue construido por los prisioneros de los japoneses durante la susodicha guerra. Gracias a su sufrimiento podemos hoy disfrutar con el recorrido de 75 km que hace hasta el pequeño pueblo de Nam Tok, a donde yo voy para visitar las cascadas de Sai Yok Noi. El tren, plagado de escolares uniformados, está equipado con asientos de madera y pequeños ventiladores de techo todavía en uso, además en primera clase sobreviven algunos cojines aplastados y el billete incluye un refresco indeterminado. En la estación un estimable pero inútil tablón de anuncios marca los horarios que nunca se cumplen, pues no prevén los cambios de locomotoras, maquinistas, ni vías, ni por supuesto la hora de las salidas. Siento bienestar porque parece que no hay muchos turistas hoy.

Tras media hora organizando a los colegiales, primero en el andén y luego en los vagones, el tren sale de la estación con alegría y retraso. Realiza una curva de noventa grados y,…se detiene en la siguiente parada que está en el mismo pueblo, hemos avanzado unos 800 metros. Hoy es día de mercado y en este rato se ha puesto a llover, los pequeños puestos están cubiertos con paraguas y lonas que fueron de colores antaño. Sin embargo el tumulto es considerable y permanecemos parados minutos y más minutos que se alargan sin sentido. Diez metros después comienza el afamado puente de aquella película. Hoy en día los pilares de piedra que sustentan el hierro del armazón sustituyen a la antigua estructura de madera. El viaje en sí es fantástico, comparto fotos y sonrisas con los pequeños excursionistas tailandeses y al asomarme en las curvas puedo ver la locomotora de madera y los vagones mitad azul mitad blanco brillando por la humedad, las plantaciones de arroz y maíz, un campo de concentración fantasma de la época de la guerra que parece construido en plan parque de atracciones y por supuesto el gran río, marrón y majestuoso bajo la incipiente luz del sol, atravesando la selva montañosa. Varias estaciones después los turistas a los que ya echaba en falta, suben al vagón colapsando los pasillos y puertas y elevando varios grados el sudor ambiental

Una vez en Nam Tok me toca caminar dos kilómetros desde la estación porque no había taxis ni “tuk-tuks”. Pago unos pocos bahts por la entrada, y quedo extasiada: las cascadas son maravillosas. El agua color turquesa tiene imán y aunque está invadida de chavales haciendo saltos mortales, encuentro un remanso de paz para refrescarme con un pequeño baño antes de continuar explorando el lugar, inmerso en la vegetación. La cascada principal está compuesta de dos alturas, y el agua resbala por la suave roca barriguda sin separarse apenas de ella, continuando después su bajada incontrolada por el desnivel de la colina. Sigo la pequeña corriente y me pierdo entre la vegetación junto con el agua libre.

El tiempo se ha evaporado y ya es hora de volver, el último tren permanece impertérrito en la estación, ajeno al grupo de alemanes que espera impaciente para recorrer las tres estaciones que les separan de su cómodo y acondicionado autobús turístico. Partimos, pero a mitad de camino, resulta que hay que esperar al ferrocarril que viene de Bangkok, y hacer un cambio de las dos locomotoras, de un tren al otro, ¿será que cada maquinista sabe solo conducir la suya y que tiene que volver a casa para cenar? Pues no, los maquinistas no cambian, las únicas que deben de llegar a casa son las locomotoras.

Celia Vl

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