¿De verdad existen?

 

Cuando al regreso de un viaje, en una conversación con amigos, alguien lanza esa pregunta al oír hablar de una de las minorías que, a mi, me parece tan popular… me quedosorprendida.  Mi amiga continúa: ¿no son de cine? yo los vi en una película… 

¿A que ya saben todos a quiénes me refiero? ¿A que recordamos a esa gente que parece que vive en el pasado y no quiere evolucionar? 

Pasear por las tierras de los amishen el condado de Lancaster (Pensilvania. EEUU), se convierte en un entretenido juego en el que mi hija y yo vamos intentando distinguir las granjas amishde las que no lo son ya que se mezclan unas y otras, no están aisladas ni forman un núcleo cerrado, como erróneamente creíamos.

Hay una forma sencilla de distinguirlas en la distancia, y eso lo hemos aprendido hace un rato en la granja-museo: todas las granjas amish tienen en su terreno un molino de viento, elemento importantísimo ya que va a abastecer de energía a la granja. Los amish no utilizan la electricidad. Estos molinos no se parecen a los que hay por La Mancha y que nuestro Quijote confundía con gigantes; son unas estructuras metálicas, altas, que tienen en la parte de arriba como una rueda con muchas palas que giran y producen la energía. Desde el coche, por las carreteras locales, vamos viendo qué granjas tienen molinos y son amish. Lo confirmamos viendo la ropa que tienen colgada secándose en el exterior. Es muy fácil distinguirla.

Una de las características de los amish es que siguen vistiendo como en el siglo XVII, cuando llegaron a América, procedentes de Suiza y Alemania. Las mujeres llevan vestidos de colores sobrios, con vuelo, a la altura de la rodilla y cubiertos por un delantal que sujetan a la falda con alfileres. Las mujeres no llevan botones. Lo que más gracia me hace son las cofias que llevan: blancas si están solteras y negras si están casadas. Las de invierno, negras y como de terciopelo recio, me gustaron cuando me permitieron probarme una. Los hombres cubren la cabeza con sombreros, de paño en invierno y de paja en verano, lucen una poblada y descuidada barba y llevan los cortes de pelo más decimonónicos que se pueden observar. Los chicos jóvenes nos parecían irreales con el pelo estilo Marcelino Pan y Vino.

Aunque se ven en algunos núcleos urbanos, incluso en Filadelfia, nos aseguraron que todos ellos viven en granjas y solo van a la ciudad para vender en los mercados muchos de sus productos, tanto vegetales cultivados de forma tradicional como mermeladas caseras y otros manufacturados por ellos. Sus cultivos, auténticamente ecológicos, son muy apreciados por el resto de la comunidad.

Otro de los aspectos en los que no han evolucionado los amishes en el medio de transporte que emplean. Siguen desplazándose de un lado a otro en carros tirados por caballos. Son unos pequeños carros negros que convive en las carreteras de la zona con los coches convencionales. Queríamos hacer algunas buenas fotos y pasamos un buen rato, entre risas, “cazando” con nuestra cámara los carros que pasaban mostrando, en muchas ocasiones, esos curiosos contrastes entre la modernidad que avanza veloz y la tradición que se desliza lentamente al trotecillo de alegres caballos. ¿Con cuál te quedas?

Según nos contaron, cuando llegan a la juventud, pueden pasar un año en la ciudad, vestir como los jóvenes urbanos, mimetizarse y vivir lo que ese otro mundo les puede ofrecer, en todos los sentidos. Curiosamente, para nuestra forma de pensar, algo más de un noventa por ciento vuelven a vivir a su comunidad y, en ese momento, se bautizan y empiezan a formar parte de su iglesia, la iglesia anabaptista, de pleno derecho.

Aunque sí acuden a los hospitales de las ciudades si lo necesitan, las escuelas son suyas propias y son como las de nuestros pueblos hace sesenta años, escuelas unitarias en las que se educan niños y niñas de todas las edades, juntos, y con esa atención personalizada que permite una escuela pequeñita. Las chicas se casan jóvenes y son madres pronto y los chicos aprenden todos esos oficios que, en sus pequeñas comunidades rurales, les permiten ganarse la vida.

Curiosamente, son una de las comunidades más ricas de EEUU, gracias a la austeridad que preside sus vidas, y gestionan sus propios bancos. Los hombres que trabajan en estos negocios manejan teléfonos y ordenadores sin problema ya que “por business” sí pueden hacerlo. No pueden tener coches en propiedad pero sí pueden conducirlos cuando lo necesitan para todas esas actividades económicas que tan bien les están funcionando.

Nos sorprendió mucho la cocina de las casas: están totalmente equipadas. Aunque no tienen luz eléctrica, tienen frigoríficos que funcionan con gas y las mismas comodidades que disfrutamos en nuestras cocinas. En todas las casas hay máquinas de coser ya que son las señoras las que hacen la ropa para toda la familia.

Son comunidades jóvenes porque tienen los hijos “que vayan viniendo” y me encantó ver los juguetes de los niños, muchos de ellos hechos con madera y pintados como antes teníamos nosotros. Unas lindas muñecas hechas con tejidos naturales y lana y mucha artesanía. En los muebles de las casas se aprecia la manufactura casera artesana que ya está dejando de existir en el mundo que nos rodea.

Como hace años, en el monasterio de Labrang, en China, los monjes tibetanos me hicieron experimentar una mágica sensación de paz, la vista de las granjas amish con sus molinos girando al pausado ritmo del viento, sus habitantes desplazándose a la tranquila velocidad de sus caballos, las grandes extensiones de tierra cultivada, me transmitieron aquella misma sensación y, por unos días, me hubiera encantado que me hubieran dejado ser una de ellos y experimentar su plácida vida aunque, eso sí, asegurándome la posibilidad de retorno a mi cotidiano “estrés en vena”.

Covadonga Contreras

 

 

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