Conociendo a los Molokanes

¿Quiénes son los Molokanes?
Siempre que vamos a un país en el que sigue habitando alguna minoría étnica nos gusta acercarnos, en algún momento, a husmear un poquito para ver cómo viven, a qué se dedican, qué características les hacen ser diferentes.

En tres provincias de Armenia hay pequeños núcleos habitados por molokanes. Haciendo las oportunas gestiones, que no deben ser costosas, fuimos “invitados” por una señora molokana a desayunar y conocer su hogar, en Lermontovo, pequeña población de la provincia de Lori.

Al entrar en la población no me atrevo a decir que se retrocede en el tiempo -esa impresión me acompaña en muchos otros lugares de Armenia- pero las calles sin asfaltar y las casas de madera con la pintura de tonos pastel desvaída por el paso de los años, a uno y otro lado, sí parecen de otra época. Se respira un cierto abandono, como si estuviéramos entrando en un núcleo poblado por tristes y decrépitos ancianos que añoran otros tiempos mejores… pero, no, llama la atención, enseguida, ver mujeres jóvenes en grupo o con hijos, todas ellas vestidas con falda de muy variable longitud aunque no hay ninguna minifalda, con ropas de alegres y vistosos colores y con algo en común: llevan la cabeza tapada con un pañuelo que nada tiene que ver con el pañuelo musulmán; son pañuelos de colores, pequeños, con una cierta coordinación con la ropa y puestos sin rigidez dejando asomar alegremente el pelo por todas partes.

La casa de nuestra anfitriona es una cualquiera que no se distingue para nada de las demás, Irina nos cuenta que es la de su suegra y que ella vive al final de la calle. Para entrar atravesamos una zona en la que las malas hierbas se han comido el camino sin que nadie venga a cortarlas, hay frondosos árboles verdes y una escalera, bastante deteriorada, con cierto tembleque cuando subimos varios a la vez, que nos introduce en el hogar de la suegra de Irina, en una casa de una familia molokana.

El recibidor es un espacio en el que se alinean, sin armonía alguna, un viejo frigorífico en uso, un armario de madera, de dos puertas que ya no encajan y, por lo tanto, permanecen descuidadamente abiertas y algunos accesorios de limpieza. El suelo es de terrazo y las paredes están empapeladas como en nuestro país hace 50 años. El ahora viejo y descuidado papel está ennegrecido por el paso del tiempo y tiene unos dibujos simétricos que, alguna vez, supongo, debieron ser elegantes y estar de moda. Las cortinas azules y la alfombra verde completan la destartalada decoración.

A través de un cuarto pequeño en el que vuelven a alinearse los muebles carentes de gracia, entramos al salón donde la señora molokana nos ha preparado un desayuno. Nos disponemos en torno a la mesa y no dejamos de observar las ennegrecidas y tristes paredes cubiertas con el mismo papel del recibidor; sobre la mesa un hule malva y gris con otro encima, imitando un blanco encaje nos hace sonreír. Nos recuerda la España de los años 60 pero en zonas rurales. De nuevo el estampado de la cortina que separa una estancia de otra no tiene nada que ver con el papel de la pared ni con la vieja y desgastada alfombra.

Irina nos ha preparado un sencillo desayuno en el que destacan unos cuencos de cristal con mermeladas caseras de frutos del bosque, recogidos el día anterior por ella misma, que probamos rapidamente con el pan y que saben a auténtica mermelada elaborada siguiendo las recetas tradicionales que, en muchas comunidades, pasan de madres a hijas y se conservan siempre. La mermelada está exquisita, estamos todos de acuerdo. Pan, galletas y unos caramelos que no pegan nada con lo demás, han sido comprados en establecimientos convencionales ya que no viven aislados.

La estrella del desayuno es el té que Irina nos prepara en un tradicional samovar. Parece ser que es característico en la comunidad molokana el uso de este utensilio que ya habíamos conocido en Uzbekistán y que me parece muy bonito; no me atrevo a decir práctico, en la actualidad.

El samovar procede de Rusia, mismo origen de los molokanes, cristianos rusos que no aceptaron obedecer a la Iglesia Ortodoxa rusa y tuvieron que huir de la Rusia zarista en tiempos de Catalina la Grande; ellos siguen manteniendo el uso de este instrumento como vínculo con su patria de origen, de la que se siguen sintiendo hijos, así como algunas otras de sus tradiciones.

Es metálico como una cafetera, pero con dos asas laterales y bastante más alto ya que, en suinterior, se mete el combustible, que suele ser carbón, para calentar el agua y mantenerla caliente largo tiempo. En la parte superior se pone la tetera que, con el calor, permite que se infusionen las hojas de té.

Irina, una mujer grande, alta, con una tez rubicunda y una amplia sonrisa resulta entrañable y simpática. Lleva el pañuelo en la cabeza, como todas las molokanas y un vestido largo, oscuro, estampado con un chaleco abierto en un tono beige igual que los zapatos. Su pañuelo, estampado en tonos lilas, le cubre totalmente el pelo y la frente aunque al anudarlo deja al descubierto algún mechón de la zona del cuello. Con amabilidad y paciencia responde a todas nuestras preguntas y nos introduce un poco en el tradicional mundo en el que se encuentra encantada de sobrevivir. Nos cuenta que intentan mantener sus hábitos y tradiciones aunque creo que, cada vez, se van asimilando más a la sociedad que les rodea.

Algo propio de esta minoría es su carácter pacifista. Su negativa a tomar las armas y a hacer el servicio militar fue una de las razones por las que salieron de Rusia y es una de las características de las que se mantienen orgullosos. Nos cuenta que se reúnen a celebrar sus misas en su “capilla” pero que no es visitable por lo que nos aguantamos sin ir.

Una vez acabada la amable charla en la que nuestra guía-acompañante nos sirve de intérprete, salimos tranquilamente curioseando, sin prisa, por la casa y los alrededores. Vemos gallinas en casa de los vecinos de Irina e, incluso, una bandada de patos paseando tranquilamente por la calle, sin prisa ninguna.

Nos despedimos de esta acogedora mujer y continuamos nuestra ruta atravesando la calle principal de la población en la que seguimos viendo casas de aspecto descuidado en contraste con la gente en la calle que sonríe y da imagen de felicidad.

Covadonga Contreras

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