Pero… ¿estamos en China?

Esa pregunta nos hacíamos al mirar a nuestro alrededor en aquel bus que nos llevaba a la ciudad donde vivía nuestra hija menor a la que íbamos a visitar. Estábamos muy lejos del continente asiático pero parecía que habíamos dado un gran salto espacial que nos sorprendía realmente.

Cuando uno está en un país extranjero y busca por internet billetes de autobús sin conocer todo el contexto se arriesga a encontrarse inmerso en China a pesar de estar haciendo el recorrido New York-Pittsburgh. Y eso es lo que nos pasó a nosotros en el último viaje a EEUU. 

Buscando los billetes de autobús vimos que había una diferencia considerable de precio entre unas compañías y otras y decidimos optar por los económicos (todo nos estaba pareciendo muy caro en esta ciudad) que, además, tardaban menos horas. 

A la hora de ir a la estación tomamos un taxi que, por cierto, en la cosmopolita Nueva York, lo conducía un sij de la India, con su característico turbante. Le tuve que mostrar el billete para que viera la dirección de la estación de bus a la que nos dirigíamos ya que su inglés y el mío eran incompatibles para el entendimiento. Para nuestro espanto, no tenía ni idea de dónde estaba esa calle y no llevaba GPS ni nada parecido. Teníamos prisa, el reloj iba más rápido de lo que nos convenía y el atasco era considerable. Preguntando conseguimos llegar a la dirección indicada pero… por ahí no se ve ninguna estación de autobuses. Yo miro el reloj dentro del taxi, con mi amigo el sij, mientras mi marido corre por la calle buscando la estación y !suerte¡, la encuentra en el número indicado lo que ocurre es que no existe tal estación: es una oficina pequeña y cutre, llena de chinos con sus petates, sus paquetes grandes, sus bolsas de viaje y un pequeño mostrador donde otro chino nos firma el billete y entendemos que nos quiere decir que esperemos ahí.

Con cara de póker me siento en un hueco entre dos chinos que ni se mueven un poquito para facilitarme el acople de maletas. Me doy cuenta de que no les importamos ni lo más mínimo. Voy observando al personal y entendiendo el precio barato del billete: es una compañía de chinos y para chinos que no tienen una infraestructura por la que pagar y en la que no hay comodidades excesivas. Desde una repisa, en un rincón, me mira con descaro el típico gato chino dorado que mueve rítmicamente el brazo arriba y abajo. 

De pronto, aparece un chino en la puerta y vocea algo que no entendemos pero como todos los chinos se levantan y agarran sus pertenencias, hacemos lo mismos y seguimos a la comitiva que avanza sobre la nieve, ya negra y pisoteada, hasta una calle más ancha en la que aguarda un autobús; nadie para colocar maletas, autoservicio, las depositamos con recelo esperando volver a encontrarlas cuando lleguemos a nuestro destino y nos subimos. Vamos juntos sentados, hacia el fondo, todo correcto. Va casi lleno y somos los únicos no-chinos por lo que pienso que parece que vamos de Pekín a Siam en lugar de ir de Nueva York a Pittsburgh; me fijo y también veo que el conductor que sube es chino. 

Anochece cuando salimos y, aunque saco mi libro de lectura, me resulta imposible leer con la tenue luz del foco de arriba. Enseguida el chino del asiento de delante, que va solo, se quita los zapatos y sube los pies en el respaldo del asiento contiguo y adopta una postura para dormir que me parecería impropia en cualquierautobús… excepto en uno de chinos. Observo a dos de ellos con sus tablets viendo películas, solo alcanzo a distinguir una de ellas y ¿por qué no me extraña que los personajes que descubro tienen rasgos chinos?

Detrás de mi empiezo a notar los movimientos de otro alguien que va intentando coger postura, agradezco que no me pongan los pies en la cabeza y cuando miro para ver cómo se ha situado, descubro a una china tumbada en los cuatro asientos, interrumpiendo cualquier posible movimiento en el pasillo y bien acoplada sobre el anorak de mi marido que lo había dejado en el asiento libre. Sigo comprobando que estoy en China!

El viaje es rápido, los chinos no tienen tiempo que perder y, excepto una parada para echar gasolina, no hay más posibilidades de estirar las piernas. Agradezco la rapidez porque no consigo dormirme; los chinos sí lo hacen y, algunos, roncan estrepitosamente; el pasillo está bloqueado por los que han tenido la idea de tumbarse en los cuatro asientos invadiéndolo; veo dos pies más, con grises calcetines, en otro respaldo y me divierto tomando notas mentales para luego poder dejar constancia escrita de ese extraño viaje.

En la llegada a Pittsburgh nos recibe la nieve que cae dulce y mansamente, la temperatura es de menos 15 grados por lo que intentamos buscar refugio en la estación en cuanto rescatamos nuestras maletas… ¿Estación? solo encontramos otra pequeña oficina, cutre, impersonal, atestada de chinos donde ya no cabemos. Es muy tarde, no se ve ni un alma por allí, los chinos que venían con nosotros han ido haciendo llamadas desde sus móviles y han ido viniendo a recogerlos y los que estaban en la oficinucha se han subido al autobús que vuelve a partir, con el mismo conductor, para hacer ,creemos, el recorrido inverso.

Para los chinos somos invisibles. Nos hemos dirigido a unos cuántos pidiéndoles ayuda para llamar a un taxi pero ninguno se ha inmutado ni ha puesto el menor interés en intentar echarnos una mano. Nos han mirado soltando alguna frase en chino y han desaparecido como engullidos por los coches que iban a recogerles. 

Por aquí no pasa ni un coche, ni un taxi, ni nadie. No sabemos en qué parte de la urbe estamos aunque tenemos claro que hemos reservado un hotel cerca del aeropuerto… a 13 Kms de la ciudad por lo que andando, seguro, no vamos a poder llegar.

Una china, a punto de irse, se dirige a nosotros en castellano y nos cuenta que vivió en Valencia y, tal vez por eso, intenta que el chino de la oficina nos haga el porte al hotel. De mala gana, el chino habla con ella y le dice, según explica, que en cuanto cierre nos puede llevar pero nos pide un dinero que nos parece excesivo por lo que decimos que no.  Nos parece que solo se mueven por interés!

La que hablaba algo de castellano se va, el chino cierra y nos encontramos en medio de la calle, con las maletas, acompañados del sereno caer de la nieve. Nos han abandonado a nuestra suerte! La falta de solidaridad china con los demás vuelve a hacerse patente. 

Algo más allá vemos una iglesia que parece que tiene luz en el interior y nos dirigimos hacia allí. Se llama “El altar” y es una especie de pub con un joven gordo gordísimo en la entrada que se apiada de nosotros y nos dice que, cuando cierre, en unos minutos, nos hace el favor de llevarnos y que le demos lo que queramos para la gasolina. Se ríe cuando entiende que hemos venido en el autobús de los chinos que nos han dejado en la calle, nevando, sin resguardo, sin ningún problema.

Unos días más tarde decidimos ser reincidentes y volvemos a sacar billetes en otra compañía china para el desplazamiento de Filadelfia a Nueva York, ya de regreso. Esta vez es de día y Nueva York nos resulta familiar por lo que nos vemos, de nuevo, rodeados de chinos que sienten que el autobús es como un pedazo de su China lejana. Algunos se descalzan y ponen los pies donde les parece cómodo, otros miran a sus pantallas y, el de detrás, come noodles sorbiendo y haciendo un desagradable ruido.

Nos miramos y nos reímos. Recordamos anécdotas de nuestra estancia en China y comentamos, una vez más, lo curioso que resulta sentirse tan cerca del gigante asiático estando a tanta distancia. 

Covadonga Contretras

 

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