D. Chico

A las cinco de la mañana ya estaba en pie. Un pequeño taxi compartido me llevo a la terminal. No conocían el te caliente así que partí  en ayunas hacia Peñas Blancas en un colorido y nuevo bus. De mecánica estábamos bien, al menos. A penas salimos de la ciudadciudad y el amanecer se acerca tiñendo el horizonte de un rojo encarnecido, jamas observado. Dos paisanos de sombrero ranchero calado y bigotones desgranan su conversación acerca del ganado, el precio del terreno, las cosechas, el cultivo del cafe, con lo que me ilustran el panorama agrario del lugar. 
El conductor decide ponernos rancheras, rap y canciones de amor sin orden ni concierto y a un volumen infernal., intercalados con los sucesos luctuosos de la comarca: asesinatos con cuchillos filosos, ataques de machete, algún acoso sexual, y robos a turistas en visita a cascada. Otro par de señoras hablan de lo suyo a grito pelado y me tapan, si se puede aun, la conversación ranchera.
Llueve fuera, los pasillos atestados de pasajeros y las ventanillas cerradas. Los vendedores de pollo calentito y de mazoncas cocidas inundan de olores el espacio,y el personal da cuenta de las tajadas en un abrir y cerrar de ojos. Sentado con medio culo fuera, y el resto de culos y codos amenazando apoderarse del poco espacio que me queda.  Lucho por abrir alguna ventana, pero los chorretones de agua en la cara del vecino la vuelven a su original posición. El olor se masca. Tres horitas y estoy al pie de la carretera a punto de comprobar si el lugar al que me dirijo existe, y alguien tiene una cama para mi. 
 
De entrada me reciben con un estupendo desayuno sin elección posible: gallo pinto (arroz y frijoles,queso acido y huevos fritos). Y cafe, criado, tostado, molido y hervido en la finca. A un par de pasos, un colibrí hace su pase matinal, de flor en flor.
He elegido a D. Chico como mi hospedero. Un rústico establecimiento, acogedor, con una sola cama, cama rehundida en el centro, una cocina de leña, ahumada y el dueño, del lugar, padre de nueve hijos, setenta y seis años, de cómico bigotillo, botas de plástico blanco, que se ha ofrecido a guiarme en una caminata por los cerros que dan nombre al paraje. Peñas Blancas. He creído que a su edad no me mataría por esos andurriales y peñas. Iba a ser un error fatal.
     
De entrada me parto de risa porque repite todas mis intervenciones y comentarios, como una cacatúa. Enseguida me doy cuenta de que es una enciclopedia viva. Me alecciona sobre plantas medicinales, cortezas curativas…. Esta la quina para la malaria, el sandegrao para la anemia y la ulcera de estomago, la colcumeca para la diabetes, el torito para la tos chifladora, la santamaria para sacar el aire, la conteza del alguayan para la diarrea, la diquidamba para el tétanos y el dolor de estomago. Ademas, es una maquina de subir, sin descansos sin respiros. Yo me hago el remolón dedicado a mis fotos y gano tiempo para tomar resuello. La jungla humeda exibe ejemplares de arboles multicentenarios de un porte descomunal, como el matasanillos, caprichoso, que crece encima de las rocas.” Este árbol es el el granadillo; de el salen buenas tablas”, y el comentario derrumba toda mi idealización sobre su persona. Es un personaje. El ha trazado todos los senderos a base de machete, y ademas los mantiene en condiciones transitables. Este sendero lo abri cuando una muchacha americana, hace ocho años, queria llegar a la quebrada de donde venimos, para bañarse. Imita el canto del quetzal y de los monos a la perfección. “Aquí se cayo una americana por este precipicio”, me comenta con sus orejas con sendos haces de pelos. 
Esta mañana llovió, así que el terreno esta suave y proclive a resbalones. Las peñas que tenemos que salvar son de pronostico reservado. Solo la inconsciencia ha dado con mis huesos en estas peñas… Cuando llegamos arriba el panorama no puede ser mas bello. Una gran cascada vuelca sus aguas al vacio de una jungla primigenia, inmaculada, impresionante. Me describe el paisaje, nombra los cerros, me cuenta los dueños de algunos sembrados y se nombra poseedor de la jungla que tenemos a nuestros pies.
   
“Este árbol gigantesco se llama aguacate canelo, para vigas”. ¡Nooooo, grito para mis adentros. No me quiero imaginar este árbol derribado!
   
Quizás veamos huellas de jaguar, comenta de pronto, aunque son muy huidizos. Y a mi no me extraña. Tiene colgada la foto de uno de ellos que un paisano abatió porque dice que hizo daño a dos de sus perros. Dimos con el meadero del felino, pero parece que se ha mudado a otros parajes.
     
Le pregunto por los tapires.” Después de la guerra, quedaron muchas armas y la gente se dedico a la caza y acabaron con ellos”‘, me cuenta.
     
Ha bautizado las cascadas, y me describe la historia de cada una de ellas y por donde esta estudiando trazar nuevas trochas para mejorar las existentes.
   
De pronto aparece una liana y se encarama a ella subiendo mas de seis metros. Me mira y no dice ni pío, pero se cuales son sus intenciones. Ante el desafío me agarro con fuerza y trepo con toda mi habilidad hasta superar la marca que ha dejado. Esta en juego el amor propio ante un casi-octogenario; y lo salvo por los pelos.
Desciendo sonriendo y con un jadeo difícil de disimular. Se ofrece a hacerme alguna foto, me cuenta algún que otro accidente cuando pasamos por una zona pisando a penas una hojarasca al borde mismo de un cortado de cientos de metros. Ya me he dado un culazo de barro y nos queda un descenso mas que vertiginoso. Me estoy jugando el tipo a cada paso. Un resbalón  significa caer rodando ladera abajo, sin remisión. Me cuenta sobre las caídas y peripecias de sus acompañantes. Que si fulana se puso a llorar y tuvo que llevarla de su mano. Que si tuvo que volver a trepar todo el camino porque un suizo perdió su celular…
  
Final de la tarde de aseo y descanso, para mi cuerpo fatigado.El sigue con sus faenas agrícolas, el desollado y lavado del cafe.
     
A la mañana siguiente ordeño de sus vacas. Y las atenciones al cerdo, al que dara su sanmartin para el día veinticuatro.Yo me dedico a localizar tucanes entre los cafetales y las higueras, y guardabarrancos, el ave nacional.
   
El frío de la noche se cala hasta los huesos, y  ya cenado, mientras me dedico a mis mundanos asuntillos observo a D. Chico que se acerca colgandose  un acordeón; se sienta frente a mi y desgrana unas cuantas tonadas.  Desde el ventanuco que da a los fogones no prestan la minima atencion a lo que para mi es pura magia. No puedo menos que cantarle alguna canción castellana para compensar la función.
 
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