El pájaro que suena como una gota de agua

Leticia, Amazonas (Colombia)

Sí, definitivamente, es él. Aunque inicialmente he tenido dudas, el chico de la panadería de en frente del lodge me lo confirma. Walter, la persona que va a ser mi guía en la caminata por la selva del Amazonas, es la misma a la que he visto extremadamente borracha dos días antes, en la celebración de Año Nuevo. No queda otra que reírse, y confiar en las, por otra parte, más que demostradas habilidades de mi guía en lo que aquí llaman “el monte”.

Comenzamos a caminar por la carretera a Tarapacá – una ciudad también colombiana 162 kilómetros al norte-, o mejor dicho, por la carretera que pretendía llegar a Tarapacá, pero que la selva no permitió terminar. Hacemos ese trayecto mientras hablamos sobre la etnia de indígenas huitoto, a la que pertenece Walter –a quien en la zona se conoce más como “Panero”- y sobre algunas de sus costumbres y tradiciones. Trascurren unos quince minutos y nos adentramos, por fin, en la selva. Lo hacemos por un sitio en el que ni siquiera parecía haber un camino, pero donde sí lo hay. El inicio de la caminata es sencillo, con apenas una serie de zonas encharcadas, consecuencia de las doce horas seguidas durante las que ha llovido en la noche, que solventamos sin problemas gracias a las botas de caucho que nos han facilitado en el lodge.

Los primeros momentos ya me sirven para constatar que, efectivamente, tal y como me habían adelantado, no es nada fácil avistar animales en la selva. No solo son, por lo general, mucho menores en tamaño que los grandes mamíferos africanos, sino que además aquí las posibilidades de esconderse son mayores, especialmente en el dosel –techo- de la jungla. Apenas algunas aves vistosas y un puñado de extraños insectos, todos ellos semi-escondidos tras la exuberante vegetación, amenizan nuestra caminata. No tardo en escuchar de manera repetida el canto de ese pájaro cuyo canto suena muy similar a la caída de una gota de agua, que noche tras noche escucho al amanecer desde mi cama, en mitad de la selva. En uno de los momentos del trayecto, Walter detiene nuestro avance para mostrarme un árbol del caucho. Con un halo de misterio, rasga el tronco con una uña, y apenas tarda unas décimas de segundo en aparecer un líquido blanco y viscoso que, procesado de la manera adecuada, permite la obtención del preciado polímero que tanta devastación natural y humana ha provocado en el Amazonas en los siglos pasados. También me muestra un ejemplar de bejuco, esa planta trepadora capaz de proporcionar agua en mitad de la jungla, y de otra curiosa planta que responde al roce con cualquier cuerpo extraño encogiendo sus hojas con rapidez alrededor del estrecho tallo.

El camino se hace más difícil por momentos. Zonas encharcadas en las que el agua ya llega muy cerca del borde de la bota de caucho, otras en las que la profundidad es aún mayor y hay que pasar en equilibrio por troncos de árboles, o tramos en los que el suelo resbala de manera notable, son algunas de las dificultades que nos encontramos. Mientras avanzamos por esa parte del camino, Walter me cuenta que el animal que más peligroso le ha parecido a lo largo de su larga experiencia en la selva es, sorprendentemente, el oso hormiguero, cuya tremenda fuerza y temible abrazo, le hacen ser muy difícil de tratar. También ha tenido problemas serios con escorpiones. Al cabo de un rato nos sentamos a descansar, en un pequeño claro, en el que aparecen unos signos de presencia humana que me desconciertan de manera inicial, precisamente hasta el momento en que Walter me cuenta que lo utilizó también como lugar de descanso apenas dos días antes en otra caminata.

Aprovecho para comer una banana que llevo en la mochila y para rociar mi cuerpo con el repelente de mosquitos que he comprado días antes, en vista de que aunque va por zonas, creo percibir una mayor presencia de mosquitos en los últimos instantes. Emito un suspiro, esperando que al menos no se trate de mosquitos zancudos, la variedad presente en la zona que, según cuentan los locales, con la picadura deposita en la piel unos huevos que en pocas semanas derivan en un desagradable salpullido de la piel.

Al cabo, reanudamos nuestra marcha. Según indica mi compañero de fatiga de ese día -aunque la fatiga exista en mucha mayor medida para mí que para él- no queda mucho para que la caminata llegue a su fin, casi unas 3 horas después de haberla iniciado. Avanzamos ahora por una senda más ancha, más transitada por la cercanía del pequeño asentamiento que los indígenas han construido muy cerca de allí, y que constituye la meta de nuestra caminata. Está comenzando a llover. Walter lo ha avisado apenas cinco minutos antes. Es cierto que el cielo estaba cada vez más gris, pero incluso así me sorprende la precisión de su pronóstico. Todo lo rápido que puedo, saco el chubasquero de la mochila y lo coloco por encima de la misma para evitar que se moje todo el contenido. Por suerte, el techo de la selva atenúa mucho la cantidad de agua que cae sobre nosotros, pero aun así, no tardo en notar cómo en pocos minutos estoy completamente calado. De repente, Walter se detiene y señala un agujero en el suelo. Me dice que es hogar de tarántulas. Busca por el suelo, y tras unos segundos encuentra un pequeño palo que comienza a introducir en el agujero. No tarda mucho en salir un peludo ejemplar de esos animales, que se aferra al palo con firmeza. Tras unos momentos allí, reanudamos nuestra marcha.

Llegamos por fin al fin de nuestro trayecto. El espacio en el que hay construcciones no es grande, y apenas consta de la enorme maloka, el lugar en el que celebran con cierta periodicidad las reuniones convocadas por el abuelo de esa comunidad, y dos cabañas construidas en madera y hojas de palma que utilizan como viviendas y dormitorios. En el pequeño asentamiento me reciben un hombre de edad avanzada, dos mujeres de edad indefinida y un chico de unos veinte años que luce unas modernas gafas, de quien después descubriré que es un joven que, tras haber estudiado en la Universidad, tiene un empleo fijo en Bogotá, y solo ha venido a visitar a su familia por unos días. Dentro de la maloka, me muestran con detalle las distintas partes de las que consta: el lugar en el que se sienta el abuelo en las reuniones, rodeado de algunas de sus personas más cercanas, la zona dedicada a cocinar las diferentes viandas que se disfrutan en las fiestas, la parte en la que se suele elaborar el mambe, un preparado de hoja de coca y semillas de otra planta de la selva, todo ello machacado y cocinado de la manera conveniente, que disfrutan en algunas celebraciones especiales… Alrededor de las rudimentarias construcciones, la chagra o huerta sí se extiende por una porción de terreno considerable. Las diferentes plantas cultivadas están intercaladas entre sí para evitar que toda la cosecha de uno de los productos se eche a perder en caso de que algún animal acuda a darse el festín.

Llega la hora de la comida. Una de las mujeres que nos ha recibido, cocina para nosotros, envuelto en hojas de banano, un pescado local, la arenga. Disfrutamos de él, solo molestados por los mosquitos, y una vez que terminamos, emprendemos nuestro camino para acercarnos hasta el río Tacana, cuyo cauce no discurre lejos de allí. Sin embargo, no llegamos muy lejos, pues la mayor parte del camino está inundada a tal nivel que, continuar nos supondría caminar una buena parte del trayecto con el agua por encima de la cintura. Una vez más, la selva impone su superioridad sobre el ser humano. Ahora, si ella nos lo permite, debemos volver a nuestro lugar de partida.

Sergio Gonzalo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s