El poblado maya

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Como viajera incauta que soy (según catálogo de viajeros de Antonio), cuando me hablan de “poblado” no puedo pensar más allá de unas chozas de adobe decoradas y amuebladas con hamacas tejidas con hilos de colores. En el interior de la selva maya alguna choza de estas características se mimetiza entre los árboles de troncos delgados y esbeltos. Salen a saludar de su interior las personas bajitas que la habitan, mujeres rudas y calladas, niños descalzos y mocosos, hombres desgastados.

Pero nada más lejos de la realidad, estos sólo son nómadas de la selva…. Cuando aparece el “poblado”, es otra cosa. Casitas bajas de ladrillo a medio terminar (o medio derruidas), en calles sin asfaltar cubiertas por el barro, con hamacas, sí, tiradas en las puertas de las casas a lo largo de toda la calle.

La gente es tranquila, no se altera al paso del coche, parece que todos descansan. No hacen nada. Se respira sosiego. Hasta que paramos el coche… En ese justo momento se activa un radar en la población, todos se avisan y se abalanzan sobre el coche corriendo descalzos, niños y mayores, y hacen fila. Todos esperan que les des algo, lo que sea. Las ancianas te piden cerveza, los niños te piden chuches y refrescos. En ese momento la viajera incauta se siente abrumada por la situación, aparece el sentimiento de lástima (ese mismo sentimiento que se tiene cuando debes comprar al pobre vendedor porque si no lo haces parece que hoy no va a poder comer). La viajera incauta va a un supermercado y compra la bolsa más grande de chuches que hay para repartirla entre los niños, mira en la mochila y saca todo tentempié que lleve (refrescos, galletas, chicles….) y reparte.

Cuando ya no queda nada que dar, la gente se dispersa, se vuelve a sus hamacas, a su no hacer nada y te dejan seguir tu camino.

Atraviesas el poblado con un cierto sabor agridulce. Al final, después de un rato y tras alejarte lo suficiente, no sabes si has hecho bien repartiendo las chuches. Desaparece el sentimiento de heroicidad que te proporciona la subida de adrenalina al ver a los niños mocosos con una inmensa sonrisa al recibir un caramelo. Vuelves a la realidad y te sientes engañada por no haber visto un “poblado de verdad”. Regresa la incauta. Regresa la ingenua.

Marisol

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