El país de nunca jamás

EL PAÍS DE NUNCA JAMÁS
¿O el de irás y no volverás? ¿Cómo se puede visitar un país que no existe? Y, encima, nos hacen solicitar visado! ¿Dónde solicito el visado? ¿Quién te abre la puerta?, ¿barrera? ¿Y si luego no nos dejan salir?, ¿quiénes? ¿Qué motivo pongo en el visado para querer entrar a un no-país?, ¿la curiosidad?, ¿el morbo?, ¿la sensación mágica de atravesar una frontera a algún lugar secreto cargado de misterio?, ¿la búsqueda de aventuras?…
Cuando la pasada primavera planeaba la visita a Armenia, mientras ojeaba las pocas guías existentes y la historia del país, no pude evitar las ganas de recorrer ese lugar con nombre de cuento: Nagorno Karabagh. La pregunta que se repetía una y otra vez ¿qué se te ha perdido ahí? ¿Nagor…. qué? hacía que, cada vez, me llamara más y me apeteciera más conocerlo.
Y ahí estábamos, un cálido día a mediados de agosto, avanzando en nuestro renqueante minibús, al encuentro de esa misteriosa frontera que nos abriría la posibilidad de entrar, como en las crónicas de Narnia, a un país de ficción.
Durante un rato recorrimos una franja de “tierra de nadie” que los armenios consideran suya y que en su desnudez resultaba carente de atractivos mientras el calor iba aumentando. Tanta expectación fue transformándose en frustración ya que un sencillo edificio de ladrillo, donde los funcionarios revisaban el visado y los pasaportes -en realidad, solo uno por grupo- con un gesto casi molesto por haber osado interrumpir su letargo… era todo lo que encontramos en esa vía de entrada al no-país que me había empeñado en conocer.
Nos adentramos por una carretera tan poco transitada como la que nos había conducido hasta allí hasta llegar a la ciudad de Shushi que fue, en otra época, un importante centro cultural y clerical en el Cáucaso. Las edificios de las afueras reflejan todavía el paso de los conflictos entre armenios y azeríes que terminaron con toda la población de Azerbaiyán, minoritaria, expulsada de la zona o eliminada lo que ha generado una evidente despoblación. Esta autodenominada república de Nagorno Karabagh (que legalmente sigue siendo territorio azerí) vive una paz inestable salpicada de conflictos “fronterizos”; de hecho, estando nosotros allí hubo una escaramuza que hizo que pasaran más miedo nuestras familias en España que nosotros mismos que ni vimos ni oímos nada extraño.
En Shushi han construído una gran catedral, después de la guerra, que es lo más representativo actualmente y que encierra un curioso efecto sonoro en la cripta. Un amable cura, con su negra sotana, nos condujo al lugar en deferencia por ser visitantes extranjeros, !!qué suerte¡¡ y, colocados todos en círculo, cual grupo de masones conspirando, nos invitó a escuchar nuestro interior y a ubicarnos, de uno en uno, en un punto donde todo se oía extraordinariamente amplificado como si la voz de la conciencia de cada uno quisiera, por fin, aparecer. Cuando eché un vistazo a mi alrededor y vi a los diez del grupo tan serios y concentrados, tan obedientes, no pude reprimir una sonrisa y pensé que eso era lo más surrealista que íbamos a vivir en el no-país por el que transitábamos.
Comprobé que me equivocaba cuando nos llevaron a comer a un lugar en el que, al acercarnos, nos parecía oír el rugido de un león, cada vez más fuerte… pero con un ritmo constante y !!horror¡¡ apareció a nuestra derecha, aprovechando las formas de la montaña, la cara de un gran león, ridículo como él solo, que pretendía atraer “turistas” cuando, lo que hizo con nosotros, fue espantarnos. Un barco de madera que parecía el del capitán Garfio, un coche descapotable colocado como techo de unos servicios públicos y un restaurante donde todo estaba a precio de absurdo turista, todo ello nuevo y reluciente, completaban el horrendo lugar en el que la mano del hombre, una vez más, destrozaba la naturaleza.
Nos alejamos del león rugiente para ir a comer nuestros bocatas a la orilla de la carretera, en una zona cercana al cantarín río Jachén, sin un solo lugar donde sentarnos, ante la mirada sorprendida y despectiva del chófer y la guía que no entendían cómo no habíamos apreciado el encanto del paraje anterior. !!Qué grupo más raro¡¡
Subimos al complejo monástico de Gandzasar y, ese sí, era un bonito y tranquilo lugar envuelto en el silencio que, desde el s. XIII, ha contemplado el paso de muchas personas y muchos avatares históricos entre otros a los poderosos invasores otomanos, los soviéticos… Un lugar que ha contemplado algunas guerras, la más reciente entre armenios y azeríes pero que se ha mantenido, tal vez porque está en lo alto de un monte y no en una zona de paso, sereno y acogedor hasta nuestros días.
Entrando a la capital, Stepanakert, encontramos el monumento símbolo de Nagorno Karabagh (o Artsakh como les gusta llamarla a los armenios), popularmente conocido como “el abuelo y la abuela” pero cuyo nombre, “Nosotros somos nuestras montañas” quiere simbolizar la firmeza y lealtad de los armenios a su territorio.
La capital permite pasear con absoluta tranquilidad ya que tiene muy poco tráfico y es una ciudad tranquila en la que no hay nada que hacer. En un rato se pasa por los edificios de Gobierno, el Artsakhbank que es el banco central, el Ministerio de Asuntos Exteriores (¿qué asuntos exteriores tendrá un país que no existe?) y se puede uno sentar en una plaza a ver un espectáculo de luces y sonido en unas bailarinas fuentes con la gente sentada alrededor, como nosotros, dejando correr el tiempo. Creemos que nos engaña el oído…pero, no, la megafonía deja oír una canción de Julio Iglesias en castellano y hasta nos podemos creer que mi no-país, en el que no se ve ni un loco turista, nos da la bienvenida en nuestra lengua.
Un magnífico hotel, la piscina cubierta y una buena cena nos conectan con el mundo real. Aún antes de acostarnos volvemos a pasear hasta la plaza y nos vuelve a asombrar el cartel de “wifi free” que ya hemos visto en varios sitios… como si este perdido lugar necesitara gritar !!”aquí estoy”, “existo”¡¡.
Por la mañana, después de un paseo y un desayuno, salimos en el bus de nuevo hacia “la frontera”. Deshacemos el camino hecho el día anterior porque no hay más opciones para llegar donde queremos ir. Mientras, en silencio, sigo mirando a mi alrededor tratando de dejar en la retina plasmadas esas imágenes.
El paso por la frontera es un trámite rápido. Me gustaría que hubiera la misma magia que en la escena en la que atraviesan la puerta del armario y vuelven de Narnia los protagonistas de la película… pero no, estoy saliendo de un no-país sin más magia que la que siento en mi con la satisfacción interior, el romanticismo absurdo, difícil de explicar, de haber estado en un país que no existe. ¿Es eso posible?

Covadonga

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