La zambra jerezana


Zambra, juerga flamenca y gitana que nos gusta a los guiris y nos transporta a sentir su emoción, es típica de Granada pero como los guiris no distinguimos, los gitanos nos lo bailan en cualquier sitio, momento o situación. Eso veníamos a buscar, flamenco del bueno a la cuna del idem, además de conocer la ciudad de Jerez. Jerez es luminosa, señorial, cuna de infinidad de artistas, como Tía Anica La Piriñaca, que decía “cuando canto a gusto me sabe la boca a sangre”, toreros como Rafael de Paula y políticos como Primo de Rivera, entre otros.

Nuestro primer destino fue la oficina de turismo para que nos guiasen sobre monumentos y zonas de flamenco. Digamos que a Jerez se le da importancia a su casco antiguo, situado entre las que fueran sus murallas que guardan los monumentos e infinidad de iglesias asentadas sobre antiguas mezquitas. Existe otro Jerez fuera de las murallas que nos lo enseñaron nuestros amigos los gitanos. Sobre el Jerez que te enseña la Oficina de Turismo cabe destacar el soberbio Alcázar que conserva una Mezquita y unos baños árabes dignos de visita, las bodegas donde te hacen disfrutar y distinguir la gran variedad de vinos de Jerez y sus graduaciones donde una de las más importantes es la de González Byass y su emblemático Tío Pepe. Resulta que el que más me gustó fue el Pedro Ximenez, que antes de conocer, consideraba el típico vino dulce para viejitas que juegan al Bridge, la escoba o el tute. De abolengo pero pelín rancias. Será la edad que no perdona y me acerca a la mesa camilla, oye, o que voy tomando cierto rancio abolengo, el caso es que me considero una ferviente admiradora desde este viaje. También nos dieron un folleto sobre Tabancos, lugares donde se sirve vino de Jerez, se canta flamenco y se promociona a los cantaores. Justo, este es nuestro sitio.

Después de ver la parte monumental de Jerez nos dirigimos al Tabanco donde canta Ignacio Fajardo “El Bombi”, según nos explica porque nació muy calvito y con cuatro pelos en lo alto; nos recuerda a Camarón pero con la voz más fina, junto a él una guitarra que suena llena de sentimiento. Y jaleando, aplaudiendo y dando palmas, los que posteriormente serían nuestros compañeros de noche, Nicolás, vendedor de bragas y sujetadores en mercadillos y el Moscatel, trapicheador de tabaco, todos de familias flamencas con solera y arte, todos con carencias de tres o cuatro dientes juntos, todos gitanos y a mucha honra. El Tabanco en concreto se llama “El Pasaje” tiene un mostrador largo, de madera y la cuenta la apuntan con tiza en el mismo, (observamos una diferencia de 10 céntimos a su favor, la suma con flamenco se desvía a favor del Tabanco). De las paredes cuelgan carteles de actuaciones flamencas y corridas de toros desde que abrió (1925) hasta la fecha. Tienen botellas de todos los vinos de Jerez, botas (aquí no son barriles) y un pequeño escenario desde donde sale todo el arte. Frente al escenario todos los guiris deseosos del buen flamenco, que lo es, mujeres rubias de Alemania y alrededores que como posesas siguen la música con emoción y esa expresión en la cara de “esto es flamenco y lo estoy viviendo” que te miran y sonríen como “tu que tienes pinta de española y estás aquí viéndolo es seguro que es del autentico” aunque sea de Madrid, muy morena sí, pero tan guiri como ella, como el resto que estábamos allí. Los coreadores del arte en el descanso nos ratificaron lo bueno de los artistas, si provenían de tal o cual familia, Nicolás se puso a bailar zapateando como un loco ante un grupo que acababa de llegar y le jaleaban e incitaban al baile. El Moscatel nos habló de la otra Jerez, la de los gitanos, de la que no habla la Oficina de Turismo y que está fuera de lo que fue la muralla. El barrio de Santiago y el barrio de La Plazuela, el nos dijo que los de Santiago eran muy fiesteros pero que al él le gustaban mas los de La Plazuela, con mas sentimiento. Según él hay que saber istinguir entre uno y otro, cuando en un momento de la conversación digo distinguir, me corrige y me dice. No, no. Yo digo istinguir. En el barrio de La Plazuela encuentras la calle del Sol, famosa y sentida en Viernes Santo, donde nació Lola Flores y encuentras una estatua de La Paquera de Jerez. Vaya par de dos.
Nicolás, que no es su nombre auténtico, es un gitano guapo, cincuentón de los de la nariz chata y piel cetrina bonita, su pelo canoso parte de la mitad de la cabeza, en la otra mitad no peina nada, lleva un abrigo gris con bufanda rosa anudada con estilo, le gusta mucho la cerveza pero si le ofreces whisky se contenta. Vemos que hay causa efecto una y mil veces cuando el grupo le jalea y el baila. Nos cuenta que tiene 5 hijos de cada mujer y no me queda más que echarle la bronca cuando me cuenta que su mujer está en casa con su hijito de dos años y medio malito. No me hace ni caso como es natural. Sólo baila, toca palmas y entra en ese ego que tienen todos los flamencos donde tienen que demostrar lo bien que cantan, como se mueven y lo bien que palmean. Me dice que me queda muy bien la barra de labios roja, le digo que se llama Dragon Girl y el colorete Orgasm, ojiplático entiende que yo también soy algo chunga.

El Moscatel, también con nombre ficticio, prefiere no hacer nada y le da ventaja a Nicolás, nos comenta en voz baja y con la cara vuelta que a él le llamarán y que el resto solo quiere ir con él para oírle cantar porque es mucho mejor. Es enjuto, quizá le falten más de tres dientes a este, sobrino de un famoso cantaor de Jerez, canoso, no tan elegante ni guapo pero con ojos tiernos y limpios, sólo bebe cerveza, nos habla de cómo se celebran los bautizos de los gitanos, que duran cinco días y que el flamenco a veces se tiene que escuchar no solo interpretar. Ya metido en tiernos brazos de cebada, El Moscatel nos baila, nos canta, toca con los nudillos hasta ponerlos rojos.

Estos gitanos están orgullosos de serlo, te lo dicen una y mil veces. Se dejan invitar, se quieren dejar invitar. Te hace un cantito el Nicolás y el Moscatel lleva el ritmo en el vaso de cerveza que obviamente sale disparada a borbotones. En el momento de ir al baño es cuando El Moscatel te llora lo mal que está la vida y te pide quince euros por llevarte a ver otra buena Zambra, nos negamos en rotundo y se queja de que lo está pasando mal, como nos ve seriamente enfadados, rectifica, recula y vuelve a cantarnos y bailarnos con sus zapatillas azules y amarillas. Es un ganapán con jeta pero al fin y al cabo un ganapán. Mi última imagen de Nicolás es guardándose los cacahuetes de los platillos en el bolsillo, directamente, del plato al bolsillo incluidos los que se cayeron en el mostrador, y cuando hubo terminado, pedaleando su bici se perdió por Jerez. El Moscatel nos acompañó hasta el final de la calle, sinceramente no sé para qué pero nos acompañó, nos cantó, nos bailó y volvimos con una sonrisa en la cara habiendo disfrutado de una noche de auténtica Zambra.

Ana Rodera

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s