Ovidio


Ovidio es cubano, de la ciudad de Trinidad, ronda los 70 años, de pelo cano, enjuto y mirada pícara llena de vida. Es elegante contando con sus posibilidades y su estilo caribeño. Huele a limpio y a fresco. Aquella era mi primera noche en Trinidad. Después de cenar en un paladar, restaurante en una casa particular, donde el mantel pertenecía al hotel donde me alojaba (tenía el logo estampado)y los cubiertos a una conocida compañía aérea; fuimos a la Casa de la Trova, pub mojitero donde menear el esqueleto y cadera a ritmo de sones cubanos. Se asemeja a un patio andaluz, lleno de flores, plantas y alegres azulejos, tocan los músicos canciones de amor y desamor. El mojito muy rico. En plena degustación se acerca Ovidio y me invita a bailar. Manda narices, Cuba, noche y el único que me saca a bailar es este setentón, que cojea, en fin, tendré que exagerar mi desconocimiento del baile pisándole unas cuantas veces y poner cara de tontona europea a la vez que digo no sé, no sé. Aguantó Ovidio todo, con una gran sonrisa y ojos donde no sé si se leía menuda lerda o vamos a ver qué voy a encontrar aquí; y, me acompañó hasta la mesa, se sentó y tomamos otro mojito. Estuvimos hablando toda la noche: su vida, la vida de sus antepasados en el campo, la Revolución, su pasado en el ejército pro Fidel, sus batallas en la Sierra del Escambray donde le estalló una bomba y eso le motivó su cojera y baja de las filas. Sobre Cuba y esa forma desesperada de inventarse cada día para sobrevivir. Sobre el amor, las relaciones, las mujeres y los hombres, las malas y los buenos. Cantamos. Entre risas y canciones terminamos la noche, nos acompaña al hotel y desde el balcón le despedimos mientras cruza la plaza colonial empedrada, se aleja cojeando. Después de un estupendo día en Playa Ancón, a escasos 12 km de Trinidad, volvemos a la Casa de la Trova, allí está una noche mas, sentado en una mesa, de vez en cuando habla con algún conocido pero siempre siguiendo el ritmo de la música con su mano y su pie derecho. Nos saluda y se acerca, empieza otra noche recordando a las grandes glorias de la música cubana y confesiones. La suya es estupenda, hace una colección de fotos con turistas de todas las nacionalidades en pleno acto, su acto, su pasión, bailando. Promete enseñarla. Está muy orgulloso de sus camisas, dos, relucientes cada noche, sus bolcheviques (nombre que le da a sus gorras). De su televisor y de su casa, donde no podíamos dejar de ir antes de salir de la preciosa y vivida ciudad. Encontramos su casa en una de esas calles de Trinidad donde todo el mundo está en la calle, y si no está en la calle tiene ventanas y puertas abiertas para estarlo, donde faltan varias manos de pintura y la decoración es minimalista pero de la rama de la carestía, no por las líneas puras. Entramos y allí estaba sentada su madre, de pelo cano y mirada amable, desde su mecedora nos miraba y detrás de ella al lado de seis medallas ganadas con el cuerpo, colgadas las fotos de Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto “Ché” Guevara. Ellos también nos observan.

Nuestro amigo sacó del fondo del cajón de su cómoda, en su dormitorio, los gramos de café que le quedaban para una gran ocasión, lo preparó con todo su amor. Al fondo de la cocina se veían en el patio sus camisas colgadas, limpias, oreándose hasta la noche donde volverían a pegarse a la piel de Ovidio y caminarían juntos, elegantes, a la Casa de la Trova. Tomando ese café, que ponía los pezones como para colgar abrigos, nos enseñó por fin su gran tesoro. Álbumes de fotos bailongas con australianas, japonesas, españolas, francesas, inglesas, alemanas, no le faltaba ni una nacionalidad, nos tenía a todas y ahora me añadía a mí. Todo un placer pertenecer a su colección. La despedida fue dura, saliendo por la puerta de su casa, esa casa donde faltaba de todo nos regaló su bolchevique blanca. Sin mediar palabra, con el corazón encogido y ya en el coche no pudimos parar de llorar. Aún hoy y cuando os lo cuento nos emociona esa generosidad absoluta de alguien que no tiene nada, eso sí, tanta vida que dar y tanto que bailar.

Ana Rodera

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