Un vagón cualquiera del Transiberiano

Siento la ligera sacudida que significa la reanudación de la marcha. Abandonamos ya la estación de Taiga, donde nos hemos detenido cuarenta y seis minutos, y donde he bajado al andén para estirar mis piernas y comprar agua. Aún han de transcurrir dos horas y tres minutos hasta la siguiente parada, que tendrá lugar en la estación de Yurga 1, y que será solo de dos minutos. Con la indiscutible puntualidad de los trenes rusos, esta serie de datos que he consultado en el panel que informa de todas las paradas antes de sentarme, es toda una garantía. Miro mi libro. Decido aplazar la continuación de la lectura unos minutos, hasta que hayamos salido de Taiga y el paisaje vuelva a ser puro bosque, y más monótono. Una vez retomado el rumbo, compruebo cómo la vida en el vagón, que en realidad es una micro-ciudad ambulante, empieza a volver paulatinamente a la normalidad.

Las tres niñas que ocupan la estancia contigua a la mía, que justo tengo en frente, en el platzkart, la tercera clase de los trenes rusos, juegan a perseguirse por las camas, escalando a las de la parte superior con una facilidad pasmosa. Dos de ellas parecen casi de la misma edad, la otra aparenta ser un par de años menor. El padre, sentado, consulta un aparato electrónico, impasible. Miro de reojo hacia atrás, donde está la última estancia antes del final del vagón por ese lado, e incurro en que el hombre que había estado tumbado, roncando -por suerte no demasiado fuerte-, se ha incorporado, quizá como muestra de respeto hacia la mujer gorda, casi obesa, que ha subido al tren en Taiga, con una maleta descomunal, con una equivalencia más que adecuada hacia su dueña. Por cierto… Con ella ha entrado un chico joven, casi seguro su hijo, por lo grueso, y ahora no está ahí. Me doy la vuelta para mirar si al menos sí está la maleta de él, pero no es así. Quizá está ubicado en otro vagón, o tal vez no es su hijo. Fuera, Taiga da sus últimos coletazos, enseñándonos las últimas casas de madera, con tejado metálico a dos aguas. El número de vías se reduce, mientras quedan de nuevo en soledad los vagones de mercancías que esperan pacientes la siguiente vez que les toque ponerse en movimiento. Dos chicos sentados en sendos taburetes entre dos de los raíles miran cómo avanza el tren. Las casetas dan paso a las grises fábricas y a las esqueléticas grúas de trabajo, que suponen el último coletazo del núcleo urbano.

Voy al baño. No voy al que tengo a mi espalda, sino al del otro extremo del vagón, para hacer un poco más largo mi paseo. Las niñas “escaladoras” interrumpen su juego para mirarme al pasar. Una estancia más allá, un prototipo de mujer rusa, rubia y con los pómulos muy marcados, mira por la ventana, sentada a la derecha del que imagino como su marido. Avanzo otra estancia y veo a una chica de unos veinte años leyendo un libro que, no tardo en confirmar, está escrito en alfabeto cirílico. Justo antes de llegar a mi meta, paso por el compartimento-oficina-cocina del provodnik, el encargado de vagón, siempre presente en los trenes rusos. Me mira, quizá extrañado de que me haya saltado la norma no escrita de dirigirme al baño más cercano. Dentro del servicio, la ventana está cerrada, lo cual me impide ver el paisaje, haciendo la cumplimentación del trámite que me ha llevado hasta allí más aburrida de lo habitual. Termino y descubro que los mecanismos para accionar la cisterna y para hacer brotar el agua del lavabo son ligeramente diferentes a los que estoy acostumbrado. Salgo y vuelvo a mi sitio confirmando que todo el mundo sigue ocupando el lugar que le corresponde.

Leo un capítulo del libro que me acompaña durante el viaje. El final de ese pequeño rato de lectura coincide con el paso del provodnik a mi lado, en su trayecto hasta la estancia que está a mi espalda. Le entrega a la mujer gruesa su paquete con sábanas y toalla, y vuelve hacia su compartimento-oficina-cocina. La mujer gruesa ha empezado a hablar con el hombre roncador. Fuera, cables y postas eléctricas son el único indicio de obra de ser humano que puede apreciarse, insignificantes ante la inmensidad del bosque siberiano, que con distintos tonos de verde desafía imponente a todo aquel que ose mirarle. Pasados unos segundos, un grupo de edificios de viviendas a lo lejos, pertenecientes a quién sabe qué núcleo de población, rompen el encanto, demostrando lo efímero de cada vivencia y de cada sensación a bordo. Un tramo de enorme tubería metálica empieza a asomar, empeorando aún más el panorama. El bosque responde, contundente, expulsando de mi campo de visión a los dos molestos visitantes recién mencionados. Atravesamos una zona pantanosa, quizá fruto de unas horas de fuerte lluvia, tal vez retazo rezagado de la temporada de deshielo.

Detrás de mí, el hombre roncador ha empezado a partir en rodajas con un cuchillo la barra de chóped que llevaba en una bolsa con un cuchillo, y lo acompaña con pellizcos de un enorme bloque de pan. La mujer que está en frente suyo pasea su mirada por distintos lugares del vagón, aunque la detiene con relativa frecuencia en las viandas de su compañero de estancia. El prototipo de mujer rusa viene hacia el baño de nuestro extremo del vagón, mostrando su imponente escote, y repasando con la mirada la disposición de personas, bultos de equipaje y resto de objetos en las distintas estancias. Mi libro, apoyado sobre la pequeña mesa que tengo delante, retiene su mirada unos segundos. El llanto contenido, no desbocado, de la menor de las tres niñas de la estancia que tengo de cara, rompe el silencio que con frecuencia predomina en el ambiente del vagón. Por la ventana, unos girasoles, contentos por la presencia del sol, introducen el amarillo en la gama de colores que pueden apreciar los ojos de todos los que estamos a bordo. Decido que un nuevo capítulo ocupe los siguientes minutos del trayecto. No hay nada más maravilloso en los viajes en tren que esa alternancia entre capítulo de un libro, rato de mirar el paisaje, y observación de la vida en el vagón. Y vuelta a empezar…

Sergio Gonzalo

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