LA CONQUISTA DE LOS POLOS.

Autores: Jesús Marchamalo (Texto) y Agustín Comotto (Ilustraciones)

Editorial: Nórdica Libros.

Los exploradores polares de siempre.

“La conquista de los polos” es una obra excelentemente bien editada, un trabajo habitual de la siempre cuidadosa editorial Nordica Libros. En este caso, se trata de una intención divulgativa – quizá su texto resulta un tanto básico– de las más conocidas e históricas expediciones polares, una idea dirigida principalmente a quienes conocen poco, o nada, acerca de aquellos hombres que las llevaron a cabo. El libro cuenta con el apoyo de las ilustraciones del dibujante argentino Agustín Comotto.

Aquí se habla de los noruegos Fridtjof Nansen y Roald Amundsen, de los ingleses John Franklin, R. F. Scott y, cómo no, del perejil de todos los relatos polares, Ernest Shackleton. Aunque en estas páginas, como en tantas y tantas biografías y tratados, se les presenta como héroes triunfadores, la historia y la realidad dicen que, salvo en el caso de R. Amundsen, todos fueron unos plenos fracasados.

Como se sabe, Amundsen fue el primer ser humano que pisó el Polo Sur, igualmente capitaneó la primera travesía completa del Paso del Noroeste. Eso sí, en el libro se advierte una confusión de fechas en el calendario de aquel recorrido. En el texto hay algún error más, por ejemplo, se confunde Polo Norte geográfico con Polo Sur geográfico.

Sin embargo, Nansen si bien consiguió cruzar por primera vez la isla de Groenlandia, su gran objetivo, llegar al Polo Norte, no lo pudo llevar a cabo. Además, este tipo era un soberbio nacionalista, y habría que mantener una cierta sospecha de que también tenía su puntito racista.

        El libro incluye un capítulo sobre la búsqueda del Paso del Noroeste por parte de la expedición de John Franklin. El  tratamiento del libro de este desastroso y dramático viaje resulta algo escaso, sobre todo a la vista de la cola que ha traído este fenómeno hasta prácticamente nuestros días,.

         Aunque no está expresamente dicho en el texto, queda en estado flotante el juego de ambiciones y egos tan habituales en las exploraciones –no solo polares, por cierto– de procedencia anglosajona o centro y norte europeas. Entre líneas se puede leer que, por ejemplo, la defenestración de Fredik Hjamar Johansen por parte de Amundsen, se debió, no tanto a un simple acto de indisciplina en el seno de su expedición, sino que, posiblemente, mucho tuvieron que ver los recelos de Amundsen al comprobar que ese hombre podía hacerle sombra ya que se trataba de un serio, preparado, experimentado y potencial líder y, por lo tanto, su directo competidor.

         Otro tema muy sugerente que se expone en el libro es la crueldad de sacrificar a los perros que tiraban de los trineos en la diversas expediciones de las que se habla: con estos animales se alimentaban los exploradores, incluso los otros canes que viajaban con ellos. Resulta estremecedor el hecho de que a veces los perros se negaban a comer la carne de sus compañeros. El gran perdedor Scott lamentaba y no compartía, esa manera de actuar de los expedicionarios y evitaba que se utilizara a los perros como alimento, tanto para otros perros como para los propios humanos. Un poco de ética viene bien y contrasta en ese mar de codicia de gloria que era/es el mundo de la exploración.

         Y finalmente, como ya queda dicho, “La conquista de los polos” es una constatación más de la buena prensa que tienen algunos aventureros del universo del hielo, es decir, los fracasos presentados como éxitos y como el sumun del heroísmo. El fracaso de Nansen, sí, pero sobre todo el de Ernest Shackleton, síntoma, este último de la habitual habilidad de los británicos –aunque Shacklenton era de origen irlandés hizo su carrera en Inglaterra– en hacernos creer que fueron grandes éxitos de su gente lo que en realidad resultaron ser grandes frustraciones y desengaños ya que, por ejemplo, en el caso de Shackleton, el objetivo que este se había propuesto, cruzar  la Antártida de extremo a extremo pasando por el Polo, no se llegó a conseguir. Tanto Nansen como Shackleton llevaron a cabo grandes y épicos viajes, con resultados científicos y humanos interesantes, pero no consiguieron lo que su ambición demandaba de manera preferente, lo demás, fueron valores ejemplarizantes, pero añadidos.

Lo mejor:

                  -La edición de la obra. Esmerada y muy grata de ver y leer.

                   -El olor a tinta y papel que se siente al abrir el libro.

Lo peor:

-Nada nuevo. Trata de los exploradores polares habituales, los de siempre.

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FANTASMAS DE HIELO

Autor: Paul Watson

Editorial: Península.

Por Antonio Picazo (Escritor y periodista especializado en reportajes de viajes y crítico de literatura de viajes.)


La historia interminable de un fracaso.

A principios del siglo XIX, Inglaterra se había quedado sin guerras a donde ir. Tras las batallas marítimas contra Napoleón y sus aliados y, ya desde mucho antes, después de robar y usurpar territorios en donde esquilmar y producir sus genocidios habituales, los ingleses, se dedicaron a explorar, fundamental y generalmente por motivos mercantiles, tierras que hasta ese momento, todavía eran una incógnita para los mapas.

         De esta forma, se planteó la búsqueda del llamado Paso del Noroeste, una ruta que podría comunicar el océano Atlántico con el océano Pacífico y que por lo tanto, facilitaría el transporte de mercancías de un lado a otro del mundo.

El 19 de mayo de 1845, partía desde Greenhite, en la desembocadura del río Támesis, una de las expediciones en que con aquellos fines potencialmente comerciales, el Almirantazgo inglés había puesto sus más altas miras y esperanzas. Para ello, se eligió a John Franklin, un navegante experto que incluso había participado en la batalla de Trafalgar. A pesar de ello, este hombre partía con dos inconvenientes: su edad, 59 años, y sus ya menguadas y menguantes capacidades para el mando, y es que al parecer, en esos momentos, no había otro mejor comandante de barco disponible. Tanto John Franklin como su mujer, Jane Griffin, deseaban que el desprestigio (injusto) que había supuesto el fracaso de J. F. como gobernador de la Tierra de Van Diemen (Tasmania) se diluyera gracias a la expedición en busca del Paso del Noroeste. El empuje de la esposa de Franklin fue fundamental para que su marido se dispusiera a dirigir la empresa.

Aquel viaje acabó fatalmente, murieron todos los expedicionarios, se perdieron los barcos y el suceso resultó una catástrofe de la que Inglaterra, anímicamente, tardó mucho tiempo en reponerse.

El libro “Fantasmas de hielo” recoge aquella tragedia, aquel gran fracaso, así como las diversas historias de búsqueda y rastreo que desde la desaparición de Franklin y su gente, se llevaron a cabo a lo largo de los años y hasta tiempos recientes. Solo en el periodo de 1847 a 1869 hubo 36 expediciones de búsqueda.

En el arqueo positivo, la obra destaca por la demostración, una vez más, de que el fracaso de Franklin fue debido, en muy buena medida, al propio Franklin y a su prejuiciosa y racista negativa de apoyarse en la sabiduría esquimal para poder sobrevivir y desenvolverse y en uno de los ambientes más hostiles de la Tierra, los páramos helados del Ártico. Por eso en el libro el mejor personaje que aparece entre sus páginas es el del esquimal mestizo Kamookak, un verdadero y sincero antropólogo cultural. Las lecciones étnicas de este hombre son de lo más interesante de “Fantasmas de hielo”. Y sobre todo porque, en lo que se refiere a los asuntos del propio libro, Kamookak explica, aclara y testifica que si los europeos hubiesen dejado aparte sus ofuscaciones etnocentristas y hubiesen recabado información de los inuit, no solo se hubiesen ahorrado muchos esfuerzos, costes económicos y, claro, tiempo en las búsquedas, sino que es posible que al menos un puñado de hombres de la expedición de Franklin se hubiese salvado. Y es que no es necesario remontarse al siglo XIX para encontrar en el Ártico ese persistente desprecio blanco hacia los inunit, solo hay que ver la forma en que, en tiempos recientes, tenía el gobierno canadiense de aculturar a la gente de los hielos: arrancando a los niños esquimales de los campamentos familiares para llevarlos internos a unos colegios en donde todo les era extraño.

         Y otra cosa, los inuit daban una lección de practicidad a los europeos. Otorgaban nombres (topónimos) a lugares de una manera descriptiva y utilitaria, fijándose en alguna característica del territorio que le pudiera ayudar a orientarse, sin embargo, a los europeos les podía el ego, buscaban la inmortalidad asignando sus nombres propios a los mismos lugares que los inuit ya habían dado nombre con su criterio práctico y hasta poético, una razón que se diluía entre una solución a base de soberbia e ignorancia.

También resulta admirable la resuelta decisión, tan obsesiva, como determinante, de la esposa de Franklin para organizar expediciones de búsqueda y, en su caso, de rescate de la expedición de su marido. La tozudez de Jane Franklin a seguir y seguir con la búsqueda de su marido, quizá solo se justifica, como si esa pesquisa fuese su “juguete” existencial. Ella siguió promoviendo la indagación hasta su muerte, a los 83 años.

Pero por otra parte, el libro es exhaustivo, demasiado, se derrama en detalles muchas veces prescindibles, por ejemplo, la lista del equipamiento de los barcos de la expedición, el Erebus y el Terror. Igualmente desperdicia páginas en  el capítulo “El comité ártico”, una confusa narración en donde nombres, rutas, hechos, fracasos y logros, se reúnen en una complicada maraña que se convierte en un relato difícil de seguir y descifrar. La última cuarta parte del libro, es un batiburillo de nombres, proyectos, misiones, etc., que se reúnen para formar una absoluta confusión. A una obra de divulgación como esta le sobra tanta paja científica y por lo tanto, páginas y páginas que hablan de métodos e informes. Esas partes resultan tediosas y algunos pasajes son un verdadero embrollo. Un ejemplo: cuando se relatan las características de los motores de los barcos de última generación al servicio de un rastreo de naves del siglo XIX. O las técnicas de sondeo más recientes; o como cuando se relacionan detalles de la composición de los desayunos de esos modernos equipos de búsqueda.

Lo mejor:  

         -La figura del personaje llamado Kamookak. Una enseñanza de modestia y sabiduría ofrecida por este esquimal mestizo, dirigida a la soberbia etnocentrista del hombre blanco. Con tanta prepotencia no se puede ir al Ártico.

         -Algunas claves y teorías interesantes para despejar las incógnitas del desastre de la expedición de John Franklin.

Lo peor:    

         -El componente innecesariamente exhaustivo del libro. Se pierden páginas y tiempo refiriendo datos y detalles prescindibles, parece que el ánimo del autor es llenar más y más páginas.

         -Los defectos de traducción, así como la redacción del texto: además de construcciones de frases que resultan contradictorias, faltan muchísimas comas.

         -El autor utiliza mal en término “Inuit”, empleándolo a veces como singular cuando es plural, Inuk: singular; Inuit: plural.

¡MALDITOS VIAJES!

Autor: Enric Balasch.

Editorial: Aguilar.

Por Antonio Picazo (Escritor y periodista especializado en reportajes de viaje y crítico de literatura de viaje)

       Malditos viajes… turísticos.

¡MALDITOS VIAJES! Enric Balasch.jpg

          Las comparaciones suelen ser odiosas, pero las que utiliza Enric Balasch en ¡Malditos viajes! son simplezas sin gracia alguna. Como este autor tuviera que ganarse la vida como humorista iría listo. Debe resultar atroz tener de compañero de viaje a este graciosete.

          Balasch es un pesebrero de tomo y lomo, es decir, va de viajero y por lo que cuenta, sus observaciones y vivencias se nutren principalmente de aquellos viajes a los que fue invitado por diversas oficinas de Turismo, o por agencias de comunicación, o sea, “…te pago y organizo el viaje y tú sé amable en tus escritos con los lugares que represento, te propongo y, desde luego, te invito a visitar con todos los gastos pagados”. Así, este hombre apenas cuenta con motivos provocados por la siempre mayor autenticidad que resulta de los viajes independientes, por cuenta  propia. Es lo que pasa cuando normal y habitualmente se viaja por invitación. Pero, bueno, en fin, con esas vivencias suaves y amables, va Balasch y se marca un libro de viajes, hay que tener valor. Así, por mero reflejo, este texto suele tener el mismo lenguaje y estilo que una guía turística. Por cierto, el autor desconoce los géneros periodísticos, confunde artículo con reportaje. Y patina con algunos términos, escribe “Treceava” en vez de “Decimotercera”.

          Este es el característico libro que todo viajero frecuente se siente en la obligación de escribir, de cara a unos posibles lectores que deberían tener la obligación de no leer.

          Claro que a veces, el autor dice cosas razonables tales como que la aventura en sí no existe, pero el espíritu de aventura sí. No es lo mismo que un beduino atraviese el desierto, o que esto lo haga un señor de La Rioja. No es igual que un beduino se desenvuelva por la Gran Vía de Madrid que lo haga un madrileño.

          El libro resulta mucho mejor cuando el autor se pone crítico, como cuando pone a caldo a ciertas ONGs, a ciertos cooperantes y a los turistas de aventura.

         Y algo que destaca mucho en ¡Malditos viajes! es que Enric Balasch ya que está hablando de viajes, aprovecha el libro para dejar fluir su obsesión agnóstica y su racionalidad. Derriba las supuestas verdades de las reliquias y de los relicarios que se distribuyen por todo el mundo, en especial a todas las falsedades que se identifican con los lugares santos de Jerusalén, La Vía Dolorosa, o también, en otra parte del mundo, con el Camino de Santiago y, ya por extensión, con los atractivos del turismo religioso. En relación a esto, recoge una cita del astrónomo, astrofísico y cosmólogo Carl Sagan: “No puedes convencer a un creyente de nada porque sus creencias no están basadas en las evidencias, sino en una enraizada necesidad de creer”.

Lo mejor:  

          El tono crítico de algunas partes del libro. Esta frase del actor Robert Morley, puede ser una muestra de ello: “El turista inglés es feliz en el extranjero, a condición de que los nativos sean camareros“.

       Los datos y observaciones que se ofrecen sobre la falsedad y poco rigor histórico de ciertos atractivos turísticos, especialmente aquellos grandes clásicos de aspecto religioso (Jerusalén, Camino de Santiago, etc.)

Lo  peor:

          La manera no independiente de viaje del autor, ese estilo de viajar soporta el cuerpo principal del libro.

           Las analogías humorísticas son lamentables.

           El capítulo “Balnearios y turismo de salud” es una estupidez.