¡MALDITOS VIAJES!

Autor: Enric Balasch.

Editorial: Aguilar.

Por Antonio Picazo (Escritor y periodista especializado en reportajes de viaje y crítico de literatura de viaje)

                 ¡Malditos viajes… turísticos!

¡MALDITOS VIAJES! Enric Balasch.jpg

          Las comparaciones suelen ser odiosas, pero las que utiliza Enric Balasch en ¡Malditos viajes! son simplezas sin gracia alguna. Como este autor tuviera que ganarse la vida como humorista iría listo. Debe resultar atroz tener de compañero de viaje a este graciosete.

          Balasch es un pesebrero de tomo y lomo, es decir, va de viajero y por lo que cuenta, sus observaciones y vivencias se nutren principalmente de aquellos viajes a los que fue invitado por diversas oficinas de Turismo, o por agencias de comunicación, o sea, “…te pago y organizo el viaje y tú sé amable en tus escritos con los lugares que represento, te propongo y, desde luego, te invito a visitar con todos los gastos pagados”. Así, este hombre apenas cuenta con motivos provocados por la siempre mayor autenticidad que resulta de los viajes independientes, por cuenta  propia. Es lo que pasa cuando normal y habitualmente se viaja por invitación. Pero, bueno, en fin, con esas vivencias suaves y amables, va Balasch y se marca un libro de viajes, hay que tener valor. Así, por mero reflejo, este texto suele tener el mismo lenguaje y estilo que una guía turística. Por cierto, el autor desconoce los géneros periodísticos, confunde artículo con reportaje. Y patina con algunos términos, escribe “Treceava” en vez de “Decimotercera”.

          Este es el característico libro que todo viajero frecuente se siente en la obligación de escribir, de cara a unos posibles lectores que deberían tener la obligación de no leer.

          Claro que a veces, el autor dice cosas razonables tales como que la aventura en sí no existe, pero el espíritu de aventura sí. No es lo mismo que un beduino atraviese el desierto, o que esto lo haga un señor de La Rioja. No es igual que un beduino se desenvuelva por la Gran Vía de Madrid que lo haga un madrileño.

          El libro resulta mucho mejor cuando el autor se pone crítico, como cuando pone a caldo a ciertas ONGs, a ciertos cooperantes y a los turistas de aventura.

         Y algo que destaca mucho en ¡Malditos viajes! es que Enric Balasch ya que está hablando de viajes, aprovecha el libro para dejar fluir su obsesión agnóstica y su racionalidad. Derriba las supuestas verdades de las reliquias y de los relicarios que se distribuyen por todo el mundo, en especial a todas las falsedades que se identifican con los lugares santos de Jerusalén, La Vía Dolorosa, o también, en otra parte del mundo, con el Camino de Santiago y, ya por extensión, con los atractivos del turismo religioso. En relación a esto, recoge una cita del astrónomo, astrofísico y cosmólogo Carl Sagan: “No puedes convencer a un creyente de nada porque sus creencias no están basadas en las evidencias, sino en una enraizada necesidad de creer”.

Lo mejor:  

          El tono crítico de algunas partes del libro. Esta frase del actor Robert Morley, puede ser una muestra de ello: “El turista inglés es feliz en el extranjero, a condición de que los nativos sean camareros“.

       Los datos y observaciones que se ofrecen sobre la falsedad y poco rigor histórico de ciertos atractivos turísticos, especialmente aquellos grandes clásicos de aspecto religioso (Jerusalén, Camino de Santiago, etc.)

Lo  peor:

          La manera no independiente de viaje del autor, ese estilo de viajar soporta el cuerpo principal del libro.

           Las analogías humorísticas son lamentables.

           El capítulo “Balnearios y turismo de salud” es una estupidez.

Anuncios

RETRATO DE FAMILIA (Una novela de provincias)

Autor: Luis Reyes Blanc.

Editorial Almud. Ediciones de Castilla-La Mancha

Por Antonio Picazo (Escritor y periodista)

EL ALEGRE ENCANTO DE LA BURGUESÍA DE PROVINCIAS.

RETRATO DE FAMILIA. Luis Reyes.jpg

          Luis Reyes es un autor de escritura fácil, amena y fluida. Son sus mejores virtudes. Recuerdo cuando leí aquella crónica viajera: “Viaje a Palestina”, en que el ritmo del texto iba por delante del propio compás de la lectura. Claro que en “Retrato de familia” las referencias cultistas que van apareciendo a lo largo del trayecto de la narración, especialmente las de arte, historia y literatura, frenan un tanto, cuando no desconectan, el normal discurrir del relato. Cierto que esas referencias no son numerosas, lo contrario hubiera significado una vía abierta y directa hacia una siempre innecesaria pedantería.

          Estas memorias familiares –el libro no es una novela, a pesar del subtítulo la obra– son el testimonio de una época, sobre todo la infantil de Luis, en donde la memoria salva a un puñado de personajes muy atractivos, incluso novelables, y potencialmente de más recorrido. Un tal Florentino cuenta con uno de esos perfiles. También es una reunión de tientos literarios, como esa escena de los planchadores de raya de pantalón; o como el abuelo paterno del autor que encargaba a un sastre que le hiciera a medida un mono de obrero. Y por encima de personajes y escenas, el homenaje al abuelo materno, el superviviente José María Blanc.

          Son llamativas, y hasta originales, las imágenes de una guerra (la civil española), que lucen como destellos de fuegos artificiales en la noche, y especialmente de una posguerra, con tanta hemorragia de tragedia, tiempos y sucesos, habitualmente retratados en tono sepia y blanco y negro, que los Blanc se encargaron en transformar en paisajes y figuras a color. Reyes relata con naturalidad, con humor y hasta con simpatía, los horrores de aquella guerra tan incivil. También son sugestivas la descripciones provincianas, con una ciudad de Albacete de calles embarradas, de aceras rotas; de cortes de luz, del frío que entonces era como Dios manda y no como el de ahora; de silencio: el “no hables de eso” que se oía en cada hogar, en cada esquirla de uno de los peores miedos que existen, el terror provinciano. Y es que Luis Reyes a veces se embadurna de la ciudad que le educó –Uno es de donde hace el bachillerato–, diría Max Aub. Una pena que el relato pierda algo de fuelle al final, cuando precisamente se habla de las cosas de la escuela. ¡Hay tantos libros y tantos autores que nos cuentan sus horas de colegio!

           Tanto se cubre y recubre Reyes de aquella ciudad que a veces da por sabidas cosas que solo los albaceteños, y solo los de una cierta edad, pueden saber qué quieren decir, por ejemplo, “Mira que radio tan buena me he comprado en Cuevas“. “Casa Cuevas” era una tienda albaceteña de electrodomésticos.

           Una cosa que causa extrañeza es que mientras que la madre del autor aparece muy frecuentemente, y siempre con cariño y con bastante trayecto, su padre está presente por ausente. No se le menciona –y solo se le menciona– hasta la página 103 y luego solo tres o cuatro veces más, de pasada y de forma esmerilada. Un misterio que se queda en el tabuco de los recuerdos del escritor. Es más, queda patente su favoritismo en el contraste afectivo de sus abuelos. El brillo burgués y de adorable anarquía de los maternos, frente a la oscuridad y tristeza de los paternos. No hay color entre la decantación hacia unos y la cierta aversión hacia los otros.

         Lo mejor:

         -La franqueza del autor a la hora de admitir sin complejos de culpa su pertenencia a la pulida burguesía provinciana.

        -La facilidad de la escritura de Luis Reyes.

         Lo peor:

        -Los cultismos que a veces salpican e interrumpen el texto, alguno tan hermético que cuesta hallar su referencia.

CHINA FAST FORWARD

Autor: Sergi Vicente.

Editorial: Ediciones Península.

Por: Antonio Picazo. Escritor y periodista, especializado en reportajes de viajes y crítico de literatura de viajes.

                    De vigilantes y tramposos

CHINA FAST FORWARD. Sergi Vicente.jpg

          Sergi Vicente fue corresponsal en China del canal catalán TV3. Con esa credencial tan chunga, uno empieza a leer “China Fast Forward” con una gordísima y panzuda mosca tsé tsé detrás de la oreja. Menos mal que Vicente, a lo largo del libro nada y, por los pelos, guarda la ropa. Camina por un filo de la navaja que en cualquier momento le puede hacer caer hacia el independentismo remolacha que pincha y corta la citada emisora de TV. Sí, el autor huele a nacionalista catalán, aunque, como digo, en general intente nadar entre dos aguas. A pesar de la habilidad de S. V. para no tintarse demasiado de color amarillo, en muchas frases y párrafos hay un tufillo separatista que se avienta espontáneamente entre las páginas del libro. A eso, y por otra parte, hay que añadir su filofeminismo sumiso tan al uso en estos tiempos. Total, una joyita de autor.
           Menos mal que S. V. ofrece una cuota de testimonio lo suficientemente documentado, práctico e interesante como para que el lector se olvide un poco de tanto ruido procedente del piso de arriba. El retrato que presenta de China en algunos casos es sobrecogedor y eso que este hombre, casado con una ciudadana de aquel país, a veces se torna excesivamente comprensivo con uno de los fenómenos sociales, económicos, políticos y poblacionales más tóxicos que habitan nuestro planeta.
           Habla Sergi Vicente de váteres comunes no compartimentados, un indicador de la sorprendente capacidad que tienen los chinos de ignorar a sus semejantes. También de la estigmatización que otorgan las grandes ciudades a aquellos que llegan desde el campo o las provincias. Es lo que allí se llama “hukou“, una fisura enorme que divide, no solo de manera prejuiciosa a los chinos del campo y la ciudad (capítulo de “La gran brecha”) sino que a veces incluye limitaciones de derechos sociales, en perjuicio de la gente rural, una especie de discriminación.
           Igualmente, en el libro se habla de la histórica y atroz tendencia a la esclavitud del pueblo chino. Dice S. V. que hasta hace poco, incluso todavía hoy, los chinos tomaban, o disponían, de solo un día libre ¡¡al mes!! La costumbre milenaria china de prácticamente carecer de vacaciones, es exportada, explotada y transportada al exterior. Que alguien me diga que ha visto en España un cartelito veraniego colgado en un comercio chino que diga “Cerrado por vacaciones” Los chinos de a pie que se asientan en occidente hacen lo mismo que en China, trabajan todos los días, a cualquier hora. Son rebabas, pues, de un pueblo tradicionalmente esclavo. Es la manera de vivir para trabajar de los chinos. Parece que han venido al mundo solo para respirar, comer, defecar y… para ganar dinero y, en consecuencia, adorar a esto último. Su mundo es su tienda, (que a veces es también su misma casa) su negocio, o su lugar de trabajo, o su chanchullo.
          Otra cosa de traca es la absoluta carencia de sentido ecologista de los chinos, esa numerosa plaga tan dañina para el medio ambiente. O la falta de escrúpulos a gran escala de los negocios tramposos y mentirosos chinos: las falsificaciones, por ejemplo, esta gente tiene una palabra, “shanzhai“, para referirse al mundo de los artículos falsos. Otra parcela vacía de escrúpulos es la que acoge a las adulteraciones de alimentos, o a la propia contaminación (capítulo “Llenar la barriga”), la insalubridad, en fin: o sea carencia de valores.
          O si añadimos a todo lo anterior el tránsito de las adopciones de niños en China, incluidos los secuestros, se va formando un gran forúnculo de difícil extirpación, esta gente, con su excepciones, claro, es así.
          Y ya como verbena final, la cuestión burocrática, corrupta y malvada del aparato estatal chino. El despotismo oficial. Los fulleros, represivos y corruptos elementos del armatoste gubernamental chino. El control comunista en China llega hasta el punto de crear iglesias (por ejemplo, la católica) paralelas, esto supone que los verdaderos feligreses formen otras iglesias propias y clandestinas. Por cierto, el capítulo “Mercado de almas” (sobre las religiones en China) es muy flojo. El autor resulta más superficial que en cualquier otro capítulo. Hay conceptos aclaratorios en los que no se atreve a entrar por la complejidad de los planteamientos doctrinales.
          Está bien, muy bien, que en varias partes del libro el autor critique y condene el derecho y sistema judicial chino, pero podía haberse ahorrado estos capítulos, porque la injusticia es inherente al comunismo. Injusticia y comunismo resultan ser términos redundantes, o mejor, son términos sinónimos. China, un Estado policial que no duda en emplear siete u ocho policías para vigilar a un solo corresponsal de TV. Pero igualmente, China emplea su aparato vigilante de la población como control orweliano. Eso sí (tufillo) el autor emplea mucho la palabra “Partido”, pero poco, o casi nada, “Partido Comunista”.
         En suma, que es casi un milagro que en algunos ambientes sociales de China, pueda haber algunos brotes de resistencia que germinan en el seno de una población cuyos surgimientos reciben, a cambio de su contestación, el fruto hueco de la nada, o la sombra a alargada de la cárcel, o quizá las tinieblas definitivas de algo peor.
            Lo mejor:
            El capítulo “Efectos colaterales”. Sobre los desahucios debidos al gran crecimiento de China y al despotismo oficial. Una buena aventura narrada por el autor con muy buen pulso y ritmo.
            Lo peor:
         – El optimismo del autor –sí, quizá es demasiado optimista– con la posible apertura democrática de China, con una futura libertad y liberación de los ciudadanos chinos. Como el autor afirma, él no la verá, yo tampoco.
        – La a veces defectuosa traducción (del catalán al español) de algunos fragmentos del libro.
         – Abusa de términos que no explica, cosa impropia en un periodista, por ejemplo: “Joint ventures” = Empresa conjunta. Alianza estratégica o consorcio. Unión de dos o más empresas. “Stand up”= El periodista in situ, es la aparición de un reportero que informa sobre unos hechos desde el lugar en el que han ocurrido.
        – En los capítulos en los que el autor hace análisis económicos, el libro pierde brillo y color. El capítulo “Potencia mundial”, está lleno de obviedades.